Miroirs, Maurice Ravel

Cinco piezas para piano de Maurice Ravel (1875-1938): «Noctuelles», «Oiseaux tristes», «Une barque sur l’Océan», «Alborada del gracioso», «La Vallée des cloches» (1905). El título pretende caracte­rizar la posición simbolista de la obra: el mundo como representación del artista, la escena como reflejo de su particular modo de ser; las cosas como imágenes reflejadas en el espejo de la propia sensibilidad. «Noc­tuelles» es un episodio expresivo circundado por la inagotable circulación de armonías dirigidas hacia puntos indeterminados: di­bujo profundo entre rasgos caligráficos; «Oiseaux tristes» es una sucesión de armo nías que provocan una sutil e indefinible melancolía.

Ravel consideraba esta pieza como la más significativa, y declaraba ha­ber querido evocar aquí «los pájaros per­didos en un bosque sombrío, en las horas más cálidas del estío»; «Une barque sur l’Océan» es, igualmente, un continuo on­dear entre lejanas e indistintas atracciones tonales. La belleza de estas tres primeras piezas es incomparable, basada siempre en el ambiguo juego de acordes que se enlazan mediante un sonido común, el cual cambia de improviso la función tonal por una es­pecie de refinado virtuosismo modulativo. «La alborada del gracioso» es, en cambio, una sabia caricatura del iberismo tradicio­nal: una serenata entonada por un cantor que se retuerce con madrigalismos de toda especie, acompañándose con una guitarra animada por un loco martillear de ritmos españoles; diferente por completo es «La vallée des cloches», que tiene el carácter amable de un sueño, entre místico y voluptuoso, donde se perciben ecos y se al­canzan profundidades espaciales por el oído; es casi una exaltación artística de los fe­nómenos acústicos.

La transcripción para orquesta, realizada por el autor en 1907, es una especie de cálculo sublime de los valores tímbricos. Pero, no obstante su belleza, no consigue igualar en preciosismo la versión pianística original. La crítica está de acuerdo en que estas piezas, junto con los Preludios (v.) de Debussy, fueron el punto de partida de un tipo nuevo de música para piano, la del siglo XX, como las obras de Schumann y de Chopin ha­bían representado el punto de partida para la música pianística de mediados del si­glo XIX.

E. M. Dufflocq

… uno de los maestros de la escuela im­presionista. Tal vez en -profundidad va más allá que C. Debussy, pero, como éste, in­tenta interpretar sensaciones, describir co­sas exteriores, más que expresar sentimien­tos y suscitar emociones. (Combarieu)

Un enmarañado embrollo de curvas, su­mergido en una marea sonora de audaces soluciones, que interrumpe el revoloteo de mariposas nocturnas. (L. Vallas)