Redburn, Hermán Melville

Novela del norteamericano Hermán Melville (1819-1891), publicada al mismo tiempo en Inglaterra y en Estados Unidos en 1849. Narra, en primera persona, las aventuras juveniles de Wellingborough Redburn, retoño de una vieja y noble fa­milia de orillas del Hudson, ya en decaden­cia. Después de algunas peripecias prelimi­nares, Redburn consigue embarcarse en el «Highlander», un barco mercante que se di­rige a Liverpool, realizando así uno de sus sueños de chiquillo; pero la fatigosa vida de a bordo, el trato brutal de los superio­res y la rudeza de sus compañeros (entre los cuales está el horrible Jackson), produ­cen las primeras decepciones en el corazón del joven.

Llegado a Liverpool, Redburn busca en una guía anotada por su padre las emociones experimentadas por éste en su visita a la ciudad, hace ya muchos años; pero la ciudad se ha desarrollado entretan­to y muchas cosas han cambiado de as­pecto y carácter; durante sus solitarios, me­lancólicos y mortificados vagabundeos por las calles de Liverpool ocurre uno de los episodios de mayor intensidad poética de la obra: paseando por una calle sórdida, a través de la rendija de una puerta, en un solar, una mujer y dos niños están murien­do de hambre; ninguno de los transeúntes a quienes se dirigen tiene corazón para preocuparse por los desgraciados; Redburn roba y les entrega un pedazo de pan; al acercarse, descubre junto a la madre el ca­dáver de un tercer niño: durante dos días distribuye el pan a través de la rendija; el tercero, los gemidos han cesado, los cuer­pos han desaparecido y en su lugar hay un montón de cal viva…

Durante las seis se­manas que el «Highlander» pasa en Liver­pool, Redburn conoce a Harry Bolton, un joven huérfano de rica familia arruinada, con un pasado misterioso y que quiere embarcarse con él. En espera de la partida, Bolton persuade a Redburn a que le acom­pañe, en secreto, a Londres, y Redburn acepta de buen grado, excitado ante la idea de conocer el objeto de sus sueños infanti­les. Llegan, paran en un local de lujo, y Bolton conduce a Redburn a una habita­ción suntuosamente amueblada y decorada con preciosos cuadros y le ruega que es­pere allí, mientras se ausenta por una razón misteriosa, insinuando la posibilidad de que no vuelva. Pasadas algunas horas, llega gesticulando desesperadamente, pero a poco se duerme, sin que Redburn pueda recobrarse de su asombro. Al día siguiente, de madrugada, Bolton despierta a Redburn y ambos vuelven a Liverpool, con tiempo ape­nas para coger el «Highlander», que está ya zarpando; es cuanto Redburn ha podido ver de Londres.

Durante el viaje de vuelta — el barco ha tomado como pasajeros a al­gunos emigrantes —, el horrible Jackson en­ferma, aunque sigue tiranizando desde su catre a la tripulación acobardada. En cuan­to se perfila la costa americana, Jackson, agonizante, sube a cubierta y mientras un vómito de sangre surge de su boca, se arro­ja al mar. Los marineros detestan a Bol­ton, que no quiere abandonar sus maneras de aristócrata. Entretanto, una epidemia causa víctimas entre los emigrantes aglo­merados en la bodega y alcanza a algunos de la tripulación y de los pasajeros de pri­mera. Llegados a Nueva York, el capitán niega la paga a Redburn por su ausencia injustificada al zarpar de Liverpool; por otra parte una carta urgente reclama a Red­burn junto a su familia. La separación de Bolton es conmovedora. Pasados muchos años de busca infructuosa, Redburn se en­tera de que su amigo, embarcado en una ballenera, murió, en las costas del Brasil, por el topetazo de una ballena contra la nave. Melville pretendió (en un diario es­crito en 1849, 6 noviembre) que Redburn era una nimiedad, «escrita solamente para comprar un poco de tabaco».

En realidad, la obra, publicada el mismo año de Mardi (v.), un año antes de Cazadora blanca (v.) y dos de Moby Dick (v.), contiene, por sus personalísimos rasgos, por la vivaz des­cripción de casos y figuras y sobre todo por el fuerte acento trágico de algunos episo­dios, un anuncio del mejor Melville: mé­ritos todos que disimulan la pobreza y mo­notonía de la intriga y la desconexión de la estructura.

G. Baldini