Recuerdos Políticos y Civiles, Francesco Guicciardini

[Ricordi politici e civili]. Es la obra en la que Francesco Guicciardini (1483-1540) confió sus más profundos pensamientos y en la que revela el fondo de su alma: por tanto, la obra que, con las Consideraciones en torno a los discursos de Maquiavelo (v.), constituye el fundamento de toda su acti­vidad de historiador.

El profundo sentido de la realidad individual, única en sus cir­cunstancias, le hizo escéptico sobre la po­sibilidad de una ciencia política: era natu­ral, por lo tanto, que no escribiese un tra­tado, sino pensamientos diseminados en los que se condensase cuanto podían sugerir la humana discreción y la humana expe­riencia. Mientras que Maquiavelo descubrió en la mutabilidad de los acontecimientos la inmutabilidad del espíritu humano que los gobierna, y en las leyes del espíritu des­cubrió el fundamento de las que regulan la historia, Guicciardini, mente menos especu­lativa que la de su amigo, afirma que «es gran error hablar de las cosas del mundo indistinta y absolutamente», ya que ellas difieren entre sí «según la variedad de las circunstancias» que sólo «la discreción» lo­gra discernir.

Alegar, por tanto, ejemplos del pasado para demostrar los principios po­líticos es falaz, y yerran «los que a cada palabra ponen como ejemplo a los roma­nos». Si bien al refutar la lección de los antiguos Guicciardini se nos aparece como menos humanista y más moderno que Ma­quiavelo, su obra está privada de los fer­mentos vitales que hicieron de los Discursos sobre la primera década (v.) y del Príncipe (v.) dos libros inmortales; por otra parte, su concepción de la vida se disuelve en el escepticismo, causa de la languidez moral que contristó a Italia y que fue la más verdadera y profunda causa de los trágicos acontecimientos que tuvieron lugar en ella. Sin embargo, aunque a éstos puedan llamarse los límites espirituales del autor de los Recuerdos, su inspiración inmediata los ha­ce a veces tan varios y ricos de humana sabiduría, que todo lector puede encontrar en ellos enseñanzas vivas aún.

En todos hay una actitud seria y reflexiva, y a veces el autor se eleva sobre sí mismo conside­rando las pasiones que fueron las fuerzas motrices de su infatigable actuación, viéndolas como son en realidad: fútiles y vanas, capaces sólo de infundir al alma un sentido de desconsuelo y de hacer germinar en ella el deseo de las cosas eternas. Los Recuerdos, que son 403, fueron varias veces publicados con la Historia de Italia (v.) desde la se­gunda mitad del siglo XVI en adelante con el título de Advertencias y consejos; sólo a mediados del siglo XIX consiguieron una edición más correcta y su verdadero título, gracias a Giuseppe Canestrini y a Barbera.

G. Franceschini

Guicciardini corresponde a una genera­ción ya resignada. Carece de ilusiones. Y como no ve remedio para aquella corrup­ción, se mezcla con ella y la convierte en su sabiduría y en su aureola. Sus Recuer­dos son la corruptela italiana codificada y elevada a regla de vida. Su prosa, sobre todo en los Recuerdos, posee la precisión lapidaria de Maquiavelo, y la rapidez, sim­plicidad y perfecta evidencia la avecinan a los ejemplos más acabados de la prosa francesa, sin tener los defectos de ésta. El estilo y la lengua llegan en estos dos es­critores, gracias al vigor intelectual, a un grado tal de perfección que después no ha sido superado. (De Sanctis)