Quizás Sí, Quizás No, Gabriele D’Annunzio

[Forse che si forse che no]. Novela de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), publicada en 1910. Desde el punto de vista del número de personajes y sucesos, es la novela más densa de D’An­nunzio; encontramos en ella a dos herma­nas, Isabella y Vana, la primera viuda y experta, la segunda virgen; las dos enamo­radas del aviador Paolo Tarsis; el hombre sufre por la esclavitud sexual que le ata a la primera, pero no sabe liberarse de ella; Vana ama locamente, destrozada por los ce­los y el rencor; Isabella, buscando en la voluptuosidad un continuo motivo de dolor para su hermana, se alimenta de sus sufri­mientos, y llega a ser incestuosa iniciadora en el amor de su hermano Aldo.

Vana la denuncia a Paolo, para destruirla en su cora­zón, pero inútilmente; entonces se mata; Isabella, golpeada violentamente por su ho­rrorizado amante, logra de nuevo hacerlo su esclavo, pero acaba enloqueciendo; sólo a través de estos horrorosos sucesos Paolo reconquista la libertad que le permite dedi­carse a sus quehaceres de aviador. Vuelve con Paolo el Superhombre, con Isabella la Superhembra, Giorgio (v.) e Ippolita (v.) del Triunfo de la muerte (v.), Marco y Basiliola (v.) de la Nave (v.); lo mismo que entonces, el hombre no puede elevarse a héroe sin liberarse de la mujer; vuelve el tema de la voluptuosidad, feroz en Isabella, hasta el incesto, arrollador en Vana hasta él suicidio. Sin embargo, a pesar del número de cosas ya conocidas, el libro es nuevo.

Entre los restos de las antiguas falsillas, la novedad de la obra consiste en mantener ambiguos y reducidos a indicios los per­sonajes y las situaciones: quizás sí, quizás no; y en el crear, con todos ellos, sólo una ansia fluida e indistinta, una morbidez pun­zante, un halo de sombra, donde el tono lírico se concreta así en los sucesos narrados, pero con una perpetua y muy vaga distancia con respecto a ellos. Así el incesto se vislumbra aquí y allá, pero nunca es expresado; así, siempre un fondo nuevo de recuerdos y complicaciones sentimentales mueve el misterio de los personajes como telas cambiantes; y las últimas páginas, que narran las peripecias de Isabella enloque­cida, si resultan de oscuro significado alegoricomoral, si exponen demasiado fielmente los verdaderos sucesos ocurridos a la mujer, descritos ya con palabras casi iguales en el diario autobiográfico Solus ad solam (v.), sin embargo no quieren ser oscuras en la intención, que también esta vez van más allá de la crónica y de la alegoría moral: crear nuevos marcos de horror y de mis­terio a la figura de la mujer.

«Lo descono­cido», «algo de vago», rostros que «un sen­timiento misterioso modulaba como una melodía siempre igual y siempre distinta», palabras comunes, pero de «un sentimiento indefinido»; tales imágenes son . frecuentes en el libro. Basta el tema de la voluptuo­sidad, en Paolo, para crear este temblor, el antiguo temor del hombre fascinado por el placer, que quiere sustraerse a él y no puede, «como el niño lleno de un indefi­nido horror, que imagina una presencia terrible a su lado y la ve con la vista sin pupila». Así basta en Isabella el temblor del insaciable placer, cuando en los breves instantes de lucidez frente al mal que ha hecho, también ella sentía «algo de pa­voroso y suplicante, algo que era como un indistinto horror y como una temblorosa interrogación». Pero ya se comprende que el tema heroico del hombre, el tema luju­rioso de la mujer, lo que en uno queda de Corrado Brando (v.) del Más que el amor (v.), y en la otra de Basiliola de la Nave, son tentaciones demasiado recientes y pode­rosas para no destruir la delicada trama sensible que quisiera ser creada; y el tono vacuamente heroico es por un lado la causa mayor de la falta de poesía en la novela, como lo es por otro lado la sublimación de la lujuria, hasta la casi cómica teoría del amor que para ser perfecto ha de ser reali­zado por tres personas, y a la celebración elegiaca del incesto.

Por eso las más fre­cuentes ocasiones de poesía se encuentran en el personaje de Vana: una Gigliola de la Antorcha bajo el celemín (v.), pero más concreta por el sentimiento exquisitamente dannunziano que la sostiene, que es la vo­luptuosidad y no el odio; llena de relámpa­gos y de rencores, de amarga sabiduría, de ímpetu destructor y ponzoñoso, de punzante elegía. Sólo que también los motivos de este personaje están estropeados aquí y allá (especialmente en la escena de la vela fúne­bre, y en los callados pensamientos de ella mientras canta) por una ola periódica que inunda la picante o cambiante calidad del nuevo estilo; es decir, por la oratoria «ore rotundo» del Fuego (.v.), que desde las partes heroicas y solares de la novela se propaga para contaminar también las noc­turnas. [Trad. española por Julio Gómez de la Serna (Madrid, 1920)].

E. De Michelis