Quodlibeta Septem, Guillermo de Occam

Es decir, «siete cuestiones que tratan un poco de todo».  Tratado de filosofía y teología del filósofo, teólogo y político franciscano inglés Guillermo de Occam (o de Ockbam, hacia 1290- 1349), compuesto probablemente al mismo tiempo que las Cuestiones sutilísimas sobre los cuatro libros de las Sentencias (v.) entre 1318 y 1324.

Hay en este libro un poco de todo, pero apenas nada que no haya apare­cido en el mencionado Libro de las Senten­cias (v.) y en la Suma de toda la Lógica (v.). Sostiene la tesis de que escolástica­mente es una herejía filosófica que «la materia puede subsistir sin la forma», y que «Dios puede producir en nosotros el co­nocimiento intuitivo de un objeto que no existe». Vuelve sobre la idea de que el orden del universo «nada añade a lo que las partes son por sí mismas»; protesta con­tra la distinción de los atributos de Dios, contrarios a su simplicidad, y admite sólo una «diferencia verbal» en la denominación. Adoptando la acostumbrada distinción averroísta, Occam sostiene que «si por alma intelectiva se entiende una forma inmate­rial, incorruptible, que está toda en el todo y toda en cualquiera de sus partes, no se puede evidentemente saber, ni por medio de la razón ni por medio de la experiencia, si existe en nosotros y es forma del cuerpo», excepto por la fe.

De la independencia de la voluntad con respecto a la inteligencia, predicada de Dios en las Cuestiones sutilí­simas, hay un reflejo en la criatura, la cual está dotada de una libertad de querer que escapa a cualquier justificación racional y que se puede comprobar por la experiencia; porque después que la razón ha tomado una decisión, el hombre siente que la volun­tad puede quererla o no quererla. Al lado de éstas, figuran otras cuestiones fútiles, por ejemplo, si un ángel puede moverse libre­mente en el vacío o hablar a otro ángel. Tratando del problema de la justificación, reconoce también que nada es meritorio en el hombre sino por el libre albedrío; sos­tiene que nada se opone a que Dios desti­nase a la vida eterna un alma en la que no infundiese la gracia; y que, viceversa, Dios no necesita ni un acto moralmente bueno, ni la propia caridad infusa, para conceder la bienaventuranza, ya que todo lo domina el arbitrio divino.

Sobre el argumento de la regresión causal para probar la existencia de Dios, dice que ésta podría muy bien detenerse en un cuerpo celeste, cuya causalidad nos es dada por la experiencia; y que con la demostración de una primera causa efi­ciente estamos aún muy lejanos del Ser Pri­mero, único y perfecto, cuya unicidad es demostrada por su perfección. En sustancia, volvemos a encontrar aquí, con menor pe>- sadez y con un estilo que a veces se acerca al impresionista-escandaloso del Centiloquio teológico (v.), la misma doctrina de las Cuestiones sutilísimas.

G. Pioli