Poesías, Pablo Neruda

La obra poé­tica del autor chileno Pablo Neruda (pseu­dónimo legalizado de Neftalí Ricardo Reyes, nacido en 1904) cuenta con los siguientes títulos: La canción de la fiesta (Santiago de Chile, 1921); Crepusculario : Poemas (1919) (id., 1923); El hondero entusiasta (id.,. 1923-1924); Veinte poemas de amor y una canción desesperada (id., 1924); Ten­tativa del hombre infinito (id. 1925); Ani­llos (en colaboración con Tomás Lago, id., 1926) ; Residencia en la Tierra (aparece en 1933 en Santiago de Chile un volumen así titulado que recoge los poemas escritos durante algunos años).

En 1935 «Cruz y Raya» de Madrid publica dos volúmenes bajo el mismo lema, con indicación de las fechas de composición: I: 1925-1931; II: 1931-1935. Ambos volúmenes han sido re­editados en uno solo: Residencias en la Tierra (19251935) (Buenos Aires, 1944); España en el corazón (id. 1937); Tercera Residencia (1935-1945) (id. 1947, que in­cluye el libro precedente); Canto General (México, 1950, del que ya se conocía desde 1948 el poema «Alturas de Macchu Picchu»); Las uvas y el viento (id., 1954); Odas elementales (Buenos Aires, 1954); Nuevas Odas elementales (id., 1955). En 1957 apareció en Buenos Aires un volu­men de Poesías completas.

La poesía de Pablo Neruda se caracteriza por su auda­cia verbalística y por su originalidad de estilo. La importancia de Neruda dentro de la poesía americana es semejante a la que en su tiempo tuvo Rubén Darío, y como el nicaragüense también Neruda ha influido hondamente en la poesía española contemporánea. Las formas simbolistas y modernistas las representa primordialmen­te el libro Crepusculario. Pero la poesía de Neruda empieza a tener un valor ex­cepcional y empiezan a aparecer las formas que habrán de ser genuinas del autor de Residencia en la Tierra, de Canto General y de Odas elementales, en El hondero en­tusiasta, en Tentativa del hombre infinito (libros que han sido reeditados reciente­mente con el título El habitante y su es­peranza) y en Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Hay en estos poe­mas una actitud sentimental. El poeta exalta la mujer, la angustia, la tristeza, la ausencia y el recuerdo. Son todavía poemas autobiográficos y están invadidos por una gran melancolía: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche»; el poeta canta la soledad acompañada sólo de sus pala­bras, antes de que la llenara el recuerdo de la amada: «Antes que tú poblaron la soledad que ocupas/y están acostumbra­das más que tú a mi tristeza»; la desespe­ración: «Soy el desesperado, la palabra sin ecos,/el que lo perdió todo y el que todo lo tuvo»; la tristeza: «He dicho que can­tabas en el viento/como los pinos y como los mástiles./Como ellos eres alta y taciturna./Y entristeces de pronto como un viaje».

Estos versos tienen un acento de infinita melancolía. Pero ya en ellos Ne­ruda da una dimensión cósmica, desmesurada, a los términos de comparación: «Cuerpo de mujer, blancas colinas, mus­los blancos,/te pareces al mundo en tu ac­titud de entrega». Cualquier sensación que­da siempre vinculada a un elemento, a un acontecimiento cósmico: arrastrado por su impetuosidad el poeta buscará la com­paración con todo lo que sea grande: mon­tañas, ríos, viento, mar, fuego, noche, etc.; la amiga encontrada en el crepúsculo conservará el fuego del día que acaba de fenecer («llena de las vidas ^del fuego,/ pura heredera del día destruido»), o las raíces de la noche crecerán de súbito des­de su alma.

Al lado de estas imágenes grandiosas encontramos otras con elemen­tos concretos y materiales, como si el poeta procurara evitar a toda costa la idealiza­ción en un afán por mantenerse dentro de lo elemental: «Para sobrevivirme te for­jé como un arma,/como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda», «cuerpo de piel, de musgo», «brazos de piedra», etc. Esta fuerza elemental y cós­mica es lo que proporciona interés a esta poesía. La amada llega a confundirse, en la pasión del poeta, con la tierra: «Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/y hace saltar al hijo del fondo de la tierra», «En ti los ríos cantan y mi alma de ellos hu­ye». Neruda busca siempre la materiali­zación de sus sensaciones, ya sea en cosas muy concretas, ya sea en imágenes gigan­tes: la amada tendrá ojos oceánicos; ju­gará con la luz del universo; el amor ten­drá lugar bajo el viento («Innumerable corazón del viento/latiendo sobre nuestro silencio enamorado»).

Pero a su vez las palabras serán como las yedras, los besos como un vestido, la cabeza un racimo, etcétera. Y junto a todo esto, la imagen centelleante, de clara procedencia moder­nista: «las flechas latientes de los pájaros», las palabras adelgazadas «como las huellas de las gaviotas en las playas», la noche que desparrama «espigas azules» sobre el campo, la comparación de la amada con una «abeja blanca», la alegría del canto como «un campanario en las manos de un loco», los crepúsculos como «abanicos gigantes», «cruces azules», «árboles de luz», «sonrisa del agua». Toda esta poesía de raíz román­tica se caracteriza por su profundidad y por su desesperación. Hay en ella algo que nos anuncia ya al poeta de Residencia en la Tierra: la angustia constante, la vio­lencia, los saltos de un concepto a otro, la falta de transición entre las situaciones.

También lo que se ha llamado «feísmo» se anuncia ya en estos poemas (los besos en barco, las comparaciones con el piloto, el buzo, etc.). Con la aparición de Resi­dencia en la Tierra cambia completamente el panorama de la poesía de Pablo Neruda: se torna difícil y hermética. Afortunada­mente existe un libro del filólogo Amado Alonso que ha puesto en claro los proble­mas de Residencia en la Tierra: Poesía y estilo de Pablo Neruda. Interpretación de una poesía hermética (2.a edición, Buenos Aires, 1951) que vamos a seguir en la ex­posición de esta obra. Residencia en la Tierra, al contrario de los anteriores, es un libro de poesía objetiva, en el sentido de que aunque el poeta nos ofrezca su propia visión del mundo, lo hace sin mez­cla de situaciones personales, sin hacer autobiografía.

La soledad, la desesperación, la angustia, se acentúan en estos poemas; el autor ve el mundo como un naufragio total, como una destrucción constante, como una desintegración incontenible. La retina del poeta («como un párpado atroz­mente levantado a la fuerza») ve cómo todo fluye («agua feroz mordiéndose y sonando») hacia la muerte y la descom­posición: las cosas más heterogéneas, que en su misma heterogeneidad no hacen sino representar al universo todo («Como ceni­zas, como mares poblándose,/en la sumer­gida lentitud, en lo informe,/o como se oyen desde lo alto de los caminos/cruzar las campanadas en cruz,/…y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra/se pudren en el tiempo infinitamente verdes»). «No hay página de Residencia en la Tierra — dice Amado Alonso — donde falte esta terrible visión de lo que se deshace…

Los ojos de Pablo Neruda son los únicos en el mundo constituidos para percibir con tanta concreción la invisible e incesante labor de autodesintegración a que se entregan todos los seres vivos y todas las cosas inertes, por debajo y por dentro de su movimiento o de su quietud. Son los únicos condenados a ver el drama «del río que durando se destruye», verso espléndido donde se en­cierra la imagen definitiva de esta dolorosa visión de la realidad». Las cosas se empujan a sí mismas y el poeta intenta expresar y describir este caos; de ahí esta imagen múltiple que encontramos. constantemente en sus composiciones.

Es que la poesía se hunde en la misma materia y se deja arre­batar por ella: «o sueños que salen de mi corazón a borbotones,/polvorientos sueños que corren como jinetes negros, / sueños llenos de atrocidades y desgracias». Así surge esta poesía tumultuosa, de alucina­ción, de urgencia y de aluvión. Estas mate­rias, además, están ya rotas, polvorientas, sucias, desvencijadas. Por este motivo se ha calificado de «feísta» a esta poesía. Residencia en la Tierra es una visión de la realidad y del mundo muy parecida a ciertas formas de la pintura actual. Amado Alonso nota acertadamente que en este período de la poesía de Pablo Neruda hay un predominio del sentimiento sobre la realidad, es decir, que el sentimiento del poeta pugna por encontrar una imagen o comparación en el mundo real, comparación que a menudo sale fragmentada, barajada o caótica.

Por esta razón su poesía está llena de incoherencias «objetivas y racionales». El poeta se ve obligado a repetir, a precisar porque él mismo tiene conciencia de que la representación del sentimiento no es como debería ser: vemos cómo intenta ex­presar una sensación a base de dos, tres y hasta cuatro imágenes, en busca siempre de una precisión, de una representación adecuada. Sus poemas son a la vez borra­dores y lecciones definitivas que nos ilus­tran acerca de su quehacer poético y de cómo la palabra va penetrando en la reali­dad. El mismo poeta dice: «pero de otra manera», «no sé si se me entiende», «pero no es eso», cuando se da cuenta de que no acierta. Ahora bien, esta incoherencia, es­tas «imágenes ensayadas» — como las llama Amado Alonso — constituyen la visión que del mundo tiene Neruda, constituyen lo esencial de su poesía.

El poeta no podría expresarse de otra manera, tiene que aten­der a lo caótico, al tumulto de las cosas, a las sensaciones simultáneas, etc. La téc­nica estilística de Pablo Neruda tiene su origen en el surrealismo: imágenes ilógi­cas, símbolos oscuros, enumeración caótica, libres asociaciones. Todo ello unido a su peculiar visión del mundo y a su sintaxis hace de este poeta un caso digno de la mayor atención. Destaquemos de Residen­cia en la Tierra los poemas: «Galope muer­to», «Arte poética», «Entierro en el Este», «El fantasma del buque de carga», «Bar­carola», «Enfermedades en mi casa», «Oda con un lamento», «Entrada a la madera», «Apogeo del apio», «Estatuto del vino», «Oda a Federico García Lorca», «El reloj caído en el mar», etc.

Residencia en la Tierra es un libro esencialmente materialis­ta — como lo indica el título —; el poeta — como en algunos poemas anteriores — evita siempre idealizar y sus comparaciones o tienen un carácter ‘gigantesco, desmesu­rado y monstruoso o se refieren a cosas cotidianas, vulgares, que dentro del ímpetu que lleva en sí esta poesía adquieren un extraño valor simbólico y nos sumergen en una atmósfera angustiosa. Muchos de los poemas de Residencia en la Tierra tie­nen un carácter eminentemente social, y su preferencia por las cosas vulgares y cotidianas prenuncian ya al poeta de las Odas elementales. Resumiendo podríamos decir que Neruda canta, en este libro, las cosas vulgares con tono épico.

Y esta ca­racterística continuará en los primeros poe­mas del volumen titulado Tercera Resi­dencia. Pero en «Las furias y las penas», «Reunión bajo las nuevas banderas», Es­paña en el corazón y en los poemas alusi­vos a la Guerra Mundial — incluidos en Tercera Residencia — Neruda encuentra la materia para su canto épico: a partir de este momento, el poeta será el cantor del movimiento comunista. Sus cantos tendrán la grandeza de la lucha, del fuego y del fer­vor incondicional. Esta poesía comprometida fluye directa, sin las vacilaciones de Resi­dencia en la Tierra, llena de exclamaciones y de imágenes deslumbrantes. El universo de Pablo Neruda tiene ya un sentido, su poesía propone un ideal.

Pero donde Pablo Neruda llega a la total posesión del obje­tivo bajo la forma de un ideal es en el extenso poema Canto General, terminado de escribir en 1949 («Así termina este libro, aquí dejo/mi Canto general escrito/…Hoy 5 de febrero, en este año/de 1949, en Chile, en «Gondomar/de Chena», algunos meses antes/de los cuarenta y cinco años de mi edad»). El poema se divide en quince partes. En la primera, «La lámpara en la tierra», canta el nacimiento de la vegetación en las tierras americanas: el jacarandá, la arau­caria, los alerces, el ceibo, el tabaco («El tabaco silvestre alzaba/su rosal de aire imaginario»), el maíz («Como una lanza terminada en fuego,/apareció el maíz»); la aparición de las bestias, de los pájaros; la formación de los ríos («Amada de los ríos, combatida/por agua azul y gotas transparentes,/eras tatuada por los ríos»), de los minerales y de los hombres.

Esta primera parte es el canto de la formación de América, y tiene toda la grandeza que merece el tema. El tono épico aparece constantemente transitado por formas de un exquisito lirismo. Toma semejante de­sarrollo la segunda parte, «Alturas de Macchu Picchu», exaltación de la natura­leza ya formada, pero todavía virgen, de la América amada por el poeta: «más abajo, en el oro de la geología,/como una espada envuelta en meteoros,/hundí la mano tur­bulenta y dulce/en lo más genital de lo terrestre». Estas alturas son símbolo de la pureza perdida, son lo más representativo del continente: «Puse la frente entre las olas profundas,/descendí como gota entre la paz sulfúrica,/y, como un ciego, regresé al jaz­mín/de la gastada primavera humana».

El tema de la América virginal e intacta se repetirá en Odas elementales. La tercera parte lleva por título «Los Conquistadores»: esta América pura e intacta es destruida por los conquistadores. El poeta los acusa duramente y los insulta: a Cortés, Alvarado, Ximénez de Quesada, Valdivia, etc., porque a su parecer sumergieron las tierras ameri­canas en una profunda agonía. Viene a continuación la exaltación de «Los liberta­dores», título de la cuarta parte; Neruda pondera la acción de los primeros indígenas (Cuauthémoc, Caupolicán, Lautaro), de los insurrectos del siglo XIX (O’Higgins, San Martín, Sucre, Martí, etc.) y de los líderes del Partido Comunista.

«La arena traicio­nada», quinta parte, es un alegato contra todos los que, a juicio del poeta, han in­tentado corromper América: dictadores, poetas, literatos, diplomáticos, exploradores, compañías anónimas, etc. VI: «América, no invoco tu nombre en vano» desarrolla te­mas parecidos al canto anterior. VII: «Canto general de Chile»: evocación de la patria, de los amigos y de las luchas. VIII: «La Tierra se llama Juan»: piezas dedicadas a los revolucionarios, que el poeta, en el poe­ma final, simboliza en Juan, el trabajador anónimo. IX: «Que despierte el leñador»: Neruda se pronuncia contra los dictadores y la influencia tutelar americana. X: «El fu­gitivo»: el destierro y la peregrinación del poeta. XI: «Las flores de Punitaqui»: trata problemas enfocados desde el punto de vista social. XII: «Los ríos del canto»: cartas y conmemoraciones. XIII: «Coral de Año Nuevo para la patria en tinieblas»: recuento de luchas, alegato contra el dicta­dor, invitación a la lucha. XIV: «El gran océano»: nuevo canto a América, a su gran­deza, a su vegetación y geografía. XV: «Yo soy»: el poeta da fe de sí mismo y de sus actividades.

Cierran este canto y el libro unos testamentos («Dejo a los sindicatos/ del cobre, del carbón y del salitre/mi casa junto al mar de Isla Negra»), unas dispo­siciones («Compañeros, enterradme en Isla Negra,/frente al mar que conozco»), y un «explicit» donde declara la causa del canto y la fecha en que fue terminado. Canto ge­neral es un libro complejo, con toda la grandeza que tiene la poesía de Neruda, pero a la vez con todo el lastre que lleva siempre la poesía comprometida. En Odas ele­mentales y Nuevas odas elementales, Ne­ruda se convierte en un poeta sencillo, afa­ble. Como indican sus títulos, canta el autor las cosas simples y elementales: la alcachofa, el cobre, la cebolla, el caldillo de congrio, el hilo, la madera, la pobreza, él tomate, el traje, el aceite, los calcetines, el jabón, la lagartija, la papa, etc.

Parece como si las cosas desvencijadas, polvorien­tas, en estado de desintegración, que apa­recían en Residencia en la Tierra, cobraran de pronto su plena personalidad, afirma­ran su ser, su necesidad de existir. Neruda llega en estas Odas a la total conquista de lo objetivo. El poeta las canta en fun­ción de la necesidad que tiene el hombre de ellas y, por tanto, estas Odas son autén­tica poesía social. Les queda todavía algo del aire marcial del poeta de Tercera resi­dencia y de Canto general. Y junto a los temas enunciados encontramos desarrolla­dos otros que parecían insospechables: el aire, el amor, la flor, la claridad, el día feliz, la alegría, la esperanza, el otoño, la poesía, la sencillez, la tranquilidad, el ve­rano, la vida, las estrellas, la luna, etc.

Una de las odas que mejor explican esta trans­formación del poeta es la titulada «Oda a la alegría»: «Te desdeñé, alegría./Fui mal aconsejado./La luna/me llevó por sus caminos./Los antiguos poetas/me prestaron anteojos/y junto a cada cosa/un nimbo os­curo/puse/… equivoqué mis pasos/y hoy te llamo, alegría./…¡Contigo por el mundo!/ ¡Con mi canto!/…No se sorprenda nadie porque quiero/entregar a los hombres/los dones de la tierra/porque aprendí luchando /que es mi deber terrestre/propagar la alegría./Y cumplo mi destino con mi canto». Algunas de estas odas son puros juegos, otras son exaltaciones de la naturaleza ame­ricana (especialmente las dedicadas a los pá­jaros). Neruda empieza narrando un hecho minúsculo para ascender, a través de una expresión sencilla y de un metro corto, a deslumbrantes comparaciones; así en «Oda al libro» (II): «Libro/hermoso,/libro/míni­mo bosque,/hoja/tras hoja,/huele/tu papel /a elemento,/eres/matutino y nocturno ./ce­real,/oceánico…» Algunas de estas odas están dedicadas a poetas: a César Vallejo, a Jorge Manrique, a Rimbaud y a Walt Whitman.

He aquí cómo interpreta a Jorge Manrique: «Adelante, le dije,/y entró el buen caballero/de la muerte./Era de plata verde/su armadura/y sus ojos/eran/como el agua marina./Sus manos y su rostro/eran de trigo./…tus estrofas./De hierro y som­bra fueron,/de diamantes/oscuros/y corta­das/quedaron/en el frío/de las torres/de España,/en la piedra, en el agua,/en el idio­ma». Y Neruda contrapone su estilo al del clásico, a quien hace afirmar que si ahora cantara de nuevo, «No a la muerte/daría/mi palabra»… «Es la hora/de la vida». Frente a la actitud de Residencia en la Tierra, las Odas elementales son una afirmación de vida y de esperanza y constituyen tal vez la obra mejor y más valiosa del gran poeta chileno. A fines de 1957 apareció en Buenos Aires el Tercer libro de Odas elementales, que sigue la tónica que caracteriza los an­teriores.

A. Comas