Poesías, Márius Torres

La obra poética del escritor catalán Márius Torres (1910-1942) fue publicada, póstuma, bajo el título de Poesies de Márius Torres (México, 1947). Una serenidad triste, un tono gravé, musi­cal, casi como una sola nota, dan íntima unidad a todos sus poemas.

Su quehacer poético es rectilíneo, monocorde, sin aspec­tos contrapuestos. Márius Torres no es bri­llante en el sentido, por ejemplo, de Ros- selló-Pórcel, ni tampoco un virtuoso de la poesía. No es dramático ni estremecido, sino delicadamente trémulo. Continúa parcial­mente la experiencia pura y carismática de Maragall, pero sin el escollo de la teórica «palabra viva» y después de pasar por el clima lingüístico de Camer y la rigurosa y definida experiencia de Riba. La temá­tica y la métrica de Márius Torres son tra­dicionales; de ahí que el poeta sea más in­temporal que revolucionario y — como ha escrito Caries Cardó — «porque prefería la gracia de la insinuación grávida a la fuer­za de la expresión estallante», Torres es el antibarroco; al trasluz de su obra no adi­vinamos a Góngora, sino a Verlaine y a Maragall.

No deslumbra ni es inabordable, porque es claro sin que sea fácil; y aquí radica uno de sus posibles peligros: el pen­samiento lo domina y entonces no llega a resolver el poema como un objeto acabado y puro en su armonía. Dos temas se repi­ten con insistencia en la poesía de Márius Torres: el del nacimiento y el de la muerte. Le preocupa «aquest món amplíe, canviant i fuga?» (Maragall escribió: «Aquest món tan divers, tan extens, tan temporal»). To­rres insinúa que «les branques d’ametller senten sota l’escorca un moviment suau i obscur». Su pasión por la pintura del Rena­cimiento influyó en algunos de sus poe­mas; sus paisajes son límpidos, de una pura plasticidad. Pero la presencia de la muerte, a la que el poeta llama Amarga, se conjura en el ambiente de su poesía. Poemas como «La Mort, en un matí d’abril», «El temple de la Mort», «Arbor mortis», «La Mort i el jove» y «Dolg ángel de la Mort…», nos brindan lo más esencial y duradero de su obra.

Torres sintió también la inmensidad, tenía un profundo sentido religioso y nos habla de la vasta paciencia del mar, ve la noche como un gran palacio a medida del espíritu y la Divinidad como un abismo de luz. Pero su religiosidad no es un vago sentimiento panteísta como el de Leopardi en «L’infinito», porque Torres creía en un Dios que está «més enllá de les nostres paraules».

A. Manent