Poesías, Maria Antonia Salva

La obra poética de la escritora catalana Maria Antonia Salva (1869-1958) está reunida en los siguientes libros: Poesies [Poesías], editado en 1910; El retom [El retomo], en 1926; Espigues en flor [Espigas en flor], en 1926; Llepolies i joguines [Golosinas y juguetes], en 1946; Cel d’horabaixa [Cielo de crepúsculo], en 1948, y Lluneta de pagés [Pequeña luna campesina], en 1956.

Ha traducido al cata­lán Mireio y Lis isclo d’or, de Mistral, además de poemas de Santa Teresita del Niño Jesús, Pascoli, Manzoni y Jammes. Ma­ria Antonia Salva ostentaba el decanato de los poetas catalanes, y toda su poesía respon­de a aquella «flor de rustiquesa» de que ha­bló Alcover. Su simplicidad maravillada, su lenguaje espontáneo y heredado sin esfuer­zo, su religiosidad natural y nada sensiblera que proviene de una íntima fortaleza, su «pietas» generosa y muy femenina, nos acer-can al mundo de las cosas pequeñas, cuyo esplendor y cuyo orden minúsculo revive en sus poemas. Es un mundo limpio y entra­ñable donde «los colores, las vibraciones de la luz y los misterios del silencio» — se­gún escribió Francesc Matheu — están liga­dos a la presencia del prudente árbol mile­nario, del pueblecito isleño dormido entre las serranías, o de una aleluya pascual.

Y a todos los abraza el paciente e ingenuo amor de la poetisa por todo lo creado. Sin em­bargo, esta ingenuidad no es fruto de una impotencia para la abstracción metafísica, sino que nace de su profunda inteligencia poética y es el cauce más apropiado y na­tural para que nos lleguen el aliento, el gesto invisible y el relumbre del amoroso mundo de la poetisa. Pero junto a esta pre­sencia, casi militante, de la alegría y del sosiego, Maria Antonia Salva vuelve también el rostro hacia el pasado, con serena me­lancolía. Así en el poema «La petxina»: «L’amor i son record que de la gent/i del lloc i del temps em feien lliure,/magicament poblaven el meu viure/amb belles lluíssors d’or i d’argent./Un cap al tard vingué desfent miratges,/jo li doní comiat — tot passa mor —,/i fiu engrunes mig a contracor/una petxina de llunyanes platges».

La presencia elegiaca, pero estimulante, del pasado llena todo el «Poema de l’Allapassa», donde la ternura femenina de Maria Antonia Salva se une a una expresión viril, y el canto vibra gravemente. El poema evoca una vieja alquería a la que desde hace cinco siglos está vinculado el linaje de la poetisa. Caries Riba ha escrito que «en toda la riqueza de la escuela mallorquína, estos veintidós tercetos humildes, opacos, entre tiernos y melancólicos, forman una cumbre. Se emparejan y contrastan en lo más alto con “La Serra” de Joan Alcover».

A. Manent