La obra poética de la escritora uruguaya Juana de Ibarbourou (n. en 1895), cuyo verdadero nombre es Juana Fernández, pero que después de casada adoptó el de su marido, la componen los siguientes títulos: Las lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920), Raíz salvaje (1922), La rosa de los vientos (1930), Loores de Nuestra Señora (1934), Estampas de la Biblia (1934), Los sueños de Natacha (1945) , Perdida (1950), Azor (1953), Romances del destino (1955).
En 1953 aparecía en Madrid la primera edición de sus Obras completas, incluyendo dos libros de poesía inéditos: Dualismo y Mensajes del escriba. Juana de Ibarbourou publicó sus primeros poemas en «La Razón» de Montevideo; su total consagración la logró en 1929 al ser proclamada por los poetas del Nuevo Continente Juana de América. La literatura uruguaya de este siglo presenta el curioso fenómeno de la aparición de una serie de poetisas, de ellas tres de innegable importancia: María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou; cada una con un acento propio y característico; así mientras la primera representa la altiva castidad, y la segunda la mujer en espera anhelante, la Ibarbourou es el equilibrio de la entrega espontánea. Pero es con la chilena Gabriela Mistral (v. Poesías de Gabriela Mistral) con la que se halla más unida; las dos poseen la misma sensibilidad exquisita y arrebatadora, la misma sinceridad de pasión, la misma facilidad y sencillez en la expresión; las separa el mundo anímico que expresan: Gabriela Mistral está poseída de un espiritualismo cristiano; Juana, al menos en sus primeras obras — en las últimas se aproxima al tono de la poetisa chilena—, aparece loca de vida, pagana, desbordando toda ella vitalidad, sensualidad: «tómame ahora que aún es temprano/y que llevo dalias nuevas en la mano».
Juana de Ibarbourou partió de la poesía modernista, pero paulatinamente su poesía se desviste de pompas para ganar en efusión y sinceridad. En su producción poética encontramos una continua evolución que ha sido comparada al ciclo de la vida humana; así se ha dicho que Las lenguas de diamante equivalen al nacimiento a la vida, Raíz salvaje a la apasionada juventud, La rosa de los vientos a la madurez y Perdida a la vejez; en cada uno de esos libros el paso del tiempo, en continua progresión, va adquiriendo una mayor importancia. Estampas de la Biblia y Loores a Nuestra Señora acusan una evolución religiosa. Toda su poesía tiene un protagonista, ella misma, que se enfrenta a la Naturaleza, a un ser que la personifica, o que huye de su propia soledad. El escritor venezolano Rufino Blanco Fombona ha dicho de ella que su filosofía se reduce al horror a la nada; por eso concebirá a la muerte como una continuación de la vida, casi como su evolución natural.
No existe un verdadero horror a la muerte; en «Vida garfio», uno de sus mejores poemas, se imagina muerta, pero, en realidad, continúa sobreviviendo por el amor: « ¡Por la parda escalera de raíces vivas/yo subiré a mirarte en los lirios morados!». Nada menos intelectual que esta escritora; todos sus pensamientos arrancan de sus propias sensaciones. La naturaleza le atrae, la siente, habla con ella, con el río, con el árbol, les da carne y sangre y hace que aparezcan ante nosotros con sus sufrimientos y alegrías; a veces recurre para ello a atrevidas imágenes que recuerdan las greguerías de Ramón; así del ciprés dirá: «Parece un grito que ha cuajado en árbol/o un padrenuestro hecho ramaje quieto». Pero ante todo Juana de Ibarbourou es la voz del amor juvenil y ardoroso, de la mujer que se sabe admirada y deseada por el hombre, que lleva dentro de sí toda la fuerza de esa naturaleza que ama — «Besarás mil mujeres, más ninguna/te dará esta impresión de arroyo y selva/que yo te doy» — y para la cual el amor no es sino una forma de participación en el misterio continuo del mundo: «somos grandes y solos sobre el haz de las campos» le dirá a su amado.
Siempre encontraremos en ella, exigida por la fuerza de sus sentimientos, una sinceridad total en el pensamiento, y al mismo tiempo la expresión violenta e ingenua de su pasión: «Desnuda, con el puro impudor/de un fruto, de una estrella o de una flor. /Desnuda y toda abierta de par en par/ por el ansia de amar». Otras veces sus palabras maravillosas nos recordarán a Quevedo: « ¡Polvo que buscas al polvo sin sentir su miseria!» El aspecto más flojo de su producción nos lo ofrecen sus versos narrativos, ejemplo de ellos su último libro Romances del destino, de clara y no muy feliz influencia lorquiana; lo mejor, su protesta juvenil y apasionada contra un orden impuesto: «Caronte: yo seré un escándalo en tu barca./Mientras las otras sombras recen, giman o lloren,/y bajo tus miradas de siniestro patriarca,/las tímidas y tristes, en bajo acento, oren,/yo iré como una alondra, cantando por el río,/y llevaré en tu barca mi perfume salvaje».
S. Beser
Su poesía tenía la juvenil frescura de una vida sin trabas; pero el paso del tiempo le trajo la melancolía. (P. Henríquez Ureña)

