Poesías, Josep Maria Sagarra

La producción poé­tica del escritor catalán Josep María de Sagarra (n. 1894), ha sido publicada en los siguientes libros: Primer llibre de poemes [Primer libro de poemas], editado en 1914; El mal caçador [El mal cazador], en 1916; Cançons d’abril i de novembre [Canciones de abril y de noviembre], en 1918; Cançons de tavema i d’oblit [Canciones de taberna y de olvido], en 1922; Cançons de rem i de vela [Canciones de remo y de vela], en 1923; Cançons de totes les hores [Canciones de todas las horas], en 1925; El comte Amau [El conde Amaldo], en 1928; El poema de Nadal [El poema de Navidad], en 1931; La rosa de cristáll [La rosa de cristal], en 1933; Ancores i estrelles [Anclas y estre­llas], en 1936; Entre l’Equador i els trópics [Entre el Ecuador y los trópicos], en 1938; Obra poética [Obra poética], en 1947, que incluye todos los libros anteriores,, y Poema de Montserrat, publicado en el año 1950 en edición de bibliófilo y en 1956 en edición corriente.

La posición inicial de Sagarra, el poeta más popular de Cataluña después de Verdaguer, es la de un adolescente maravi­llado e inquieto ante el esplendor y el mis­terio de la naturaleza. El poeta goza de la vida, palpita con ella, se anega en ella. La leyenda de «Joan de l’Os», con que se abre su Primer llibre de poemes, recuerda la pureza de las baladas germánicas; «Chora» y «Rogatives a muntanya» son un reflejo del vitalismo alegre y confiado de Sagarra en esa época. Riba ha escrito que «Chora» «es la física, la metafísica y la estética de Sagarra». Ternura, bondad y un sensua­lismo desbordante, pero amable, están en la raíz de este poema: «Sentó la térra! I veig totes les coses/tan dintre meu, i tot tan viu, tan ciar,/que jo pensó el mateix que les aloses,/i com el bou i Tase del quinta» [«¡Siento la tierra! Y veo todas las cosas/ tan dentro de mí, y todo tan vivo, tan cla­ro, /que pienso lo mismo que las alondras,/ y como el buey y el asno del quiñón»].

Y luego exclama» enardecido: «Sentó la sang que em puja de la terra/i va pujant fins a enardir-me el cor» («Siento la sangre que me sube de la tierra/y va subiendo hasta exaltarme el corazón»]. «Mater lacrimarum», otro largo poema de este su primer libro, nació de los recuerdos de la infancia del poeta y de la lectura de Tennyson; en él adivinamos el procedimiento proustiano de la^ memoria involuntaria. De estos poemas de tipo rural y descriptivo, con incursiones en lo popular y en Francis Jammes, pasó el poeta a cantar en Cançons d’abril i de novembre el hogar con una serena dulzura, que anda muy lejos de todo sentimenta­lismo dulzón; el amor del poeta es alegre y puro y sus madrigales recuerdan el mejor Coleridge. Sin embargo, en Cançons de tavema i d’oblit, la poesía de Sagarra toma un giro inesperado. Es muy posible que su actitud vital influyera decididamente en ello. Su concepto idealista de la vida se trocó en este libro en una actitud vital escéptica.

Y su lírica perdió así su más puro «charme». La ingenuidad del adolescente y su espe­ranzada actitud amorosa se transforman en un erotismo cansino y desengañado, a veces casi vulgar. Parece como si el poeta se avergonzara de su puro mirar ante las co­sas de la naturaleza. Esta postura perdura en todos los libros de canciones. Sólo en algunos poemas de Cançons de totes les hores, vuelve al tono popular de balada o de canción finamente sentimental, para en­lazar con lo mejor de su primer libro. El mal cagador, basado en una conocida leyen­da, contiene en germen la fuerza épica y dramática que Sagarra desarrollará más tarde (v. El cazador feroz). El cazador maldito es una especie de fauno que en­carna la infinita plenitud de la naturaleza. El comte Arnau constituye ya el primer gran poema épico de Sagarra. Basándose en la famosa canción popular catalana, el poeta vuelve a contar en varios miles de endecasílabos la tragedia del conde Arnal- do, condenado por causa de sus pecados a ir errabundo por toda la eternidad.

La vi­sión sagarriana de la conocida leyenda es personal, y se aparta a menudo de la inter­pretación que le dieron Guimerá, Anicet de Pagés, Maragall, Verdaguer y Carner. Las descripciones de paisaje o de las bestezuelas del bosque poseen la magia que sólo pueden alcanzar en manos del buen conocedor. El poema de Nadal es una excepción en la nueva actitud lírica de Sa­garra y recuerda, a menudo, el intimismo y la delicadeza de los primeros libros. Pero en Ancores i estrelles, La rosa de cristall y Entre l’Equador i els trópics, el poeta insiste en cantar un amor agrio, descarnado y amargo, aunque en algún momento pugne por espiritualizarlo. En estos últimos libros Sagarra busca la alegoría y la imagen oní­rica o abstracta. Pero él no es un vidente ni un surrealista. El valor de su lírica ra­dica en las imágenes vivas y directas. Sa­garra, a pesar de su cultura y de la excep­cional experiencia de haber traducido con maestría La Divina Comedia (v.) y casi todo Shakespeare, es, en su poesía, un espon­táneo, movido por una fuerza elemental y un instinto salvador.

Y esta poesía quiebra su encanto cuando pretende reflejar, no la vida de un adolescente puro e inquieto, sino la de un hombre duro y probado en las lides de la vida. Su poesía es vitalista y no de ideas; su pensamiento es imaginativo y no abstracto; por ello puede apli­cársele lo que en cierta ocasión se dijo de Claudel: que pensaba con los sentidos.

A. Manent