La obra poética de Gutierre de Cetina (15209-1554?) es conocida o a través de fragmentos sacados de manuscritos, o por ejemplos y testimonios, o, finalmente, formando parte de antologías. Bartolomé J. Gallardo, en su conocido Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos, presentó abundantes muestras de la obra poética de Cetina; pero hasta que el erudito sevillano Hazañas y La Rúa no publicó sus poesías (1895) puede decirse que faltó la verdadera base para estudiarlas, al igual que ocurrió con su biografía, acerca de la cual carecemos de datos seguros, a pesar de que muchos investigadores han dedicado a ello sus esfuerzos.
Sus obras poéticas están constituidas por madrigales (cinco en total, entre ellos el conocidísimo «A unos ojos», al que debe buena parte de su popularidad), sonetos, canciones, diecisiete epístolas y quince composiciones varias, pero todas ellas inspiradas en la manera italianizante inaugurada por Boscán y Garcilaso. Es quizás el único poeta español de su época del que no se conoce alguna composición de carácter castellano en versos cortos, excepto una anacreóntica de cuya paternidad se duda. Además, debemos señalar que no todas las poesías publicadas por Hazañas son de atribución segura; pero éste es un problema del que no podemos tratar aquí.
Teniendo en cuenta que estas poesías debió escribirlas entre los veinte y los veintiséis años, podemos considerar que se trata de una producción abundante. En efecto, parece cierto que Cetina partió a los veintiséis años para México y que allí ya no compuso nada más. Pero, a pesar de que esa producción sea esencialmente de juventud, raras veces ocurre que produzca tal impresión, y esto, indudablemente, se debe a la preocupación constante de Cetina por seguir los grandes modelos clásicos e italianos. Entre los primeros figuran Marcial, Juvenal y Ovidio; de éste es probable que Cetina tradujera algún fragmento de las Heroídas (v.), si las traducciones que se le atribuyen son en verdad de Cetina.
Entre los autores italianos, en primer lugar se halla Petrarca y luego, en orden decreciente de importancia, Tansilio, Bembo y Ariosto. Entre otras influencias importantes se aprecia en Cetina — como en muchos contemporáneos suyos—: la de Ausiás March, que quizás sea la más importante si prescindimos de Petrarca. Todo esto contribuyó a formar la personalidad de Cetina, y justifica un juicio muy acertado del gran poeta sevillano del siglo XVI, Femando de Herrera: «si se hubiese preocupado de la fuerza como lo hizo por la dulzura y la pureza, nadie le habría superado — dice —; en cuanto a número, lengua, dulzura y sentimiento, nadie podría negarle un lugar entre los primeros», y esta frase de poeta es acertadísima: «a veces es tan generoso y rico que no cabe en sí mismo».
Habiendo visto lo que Cetina tiene de común con otros poetas y que, por consiguiente, va en menoscabo de su personalidad, veamos ahora qué le es propio y, en consecuencia, qué contribuye a afirmar su individualidad, a la que le falta no sólo esa espontaneidad que debiera ser natural por su juventud, sino también la energía que Herrera ya lamentó. En primer lugar debemos señalar — aunque no sea necesario insistir demasiado en ello — el contenido moral de sus epístolas a don Diego Hurtado de Mendoza. Es conocido el origen clásico de la actitud de superioridad que adopta, pero es la primera vez que esta actitud es utilizada de una manera tan patente y eficaz. Además, hay otros elementos de origen clásico: entre ellos podemos citar los pocos, pero selectos, versos dictados por una inspiración heroica, como el soneto a Cartago o el dedicado a los soldados caídos en Castelnovo.
Pero su poesía es casi exclusivamente amorosa, y precisamente en este tema han de buscarse sus más logrados éxitos, sobre todo en sus sonetos, llenos de sorpresas que saltan por doquier a los ojos del lector, y en sus madrigales. En sus composiciones de mayor empeño, las bellezas no son menores que en las breves, pero con notables diferencias a pesar de que en cada caso posean auténticos valores poéticos. Las amadas a las que el poeta alude en sus obras amorosas son principalmente tres. Una va designada con el nombre de Amarilis; por ciertas alusiones geográficas que figuran en los pasajes en que habla de ella, se puede colegir que el poeta la conoció en España.
Otra dama, que también debió conocer en España y a la que cortejó unos diez años, si hemos de creer sus palabras, aparece con el nombre de Dórida. Pero el enigma más interesante es el de la tercera dama, que alguien ha creído identificar con la ilustre Laura Gonzaga. El uso constante de la palabra «lauro», que aparece a menudo y con diversos sentidos, y la certidumbre de que el poeta tuvo familiaridad con la bellísima mujer, ha inducido a algunos eruditos a formular esta hipótesis. Es indudable que los versos de Cetina resultan dignos de la excepcional fama del altísimo linaje y de la famosa belleza de la dama y no puede decirse que malogre la gracia y la belleza del más popular de los madrigales del poeta, dedicado «A unos ojos». Por otra parte, el hecho de que Cetina haya elevado mucho a sus amores lo atestiguan muchos de sus amigos, de nombre ilustre y perfectos conocedores de la sociedad italiana, que el poeta trataba, como Urrea, don Luis de Leiva, el príncipe de Ascoli y la princesa de Molfetta.
Y todo ello son razones para que no rechacemos sin más la sugestiva hipótesis. Entre los poetas españoles italianizantes, Cetina es, a excepción — naturalmente— de Garcilaso, el más notable y el más perfecto, y no se le puede negar el derecho de ocupar el lugar más destacado del parnaso español después de la media docena de celebridades de su época.
J. M. de Cossío
En sus versos se reconoce la belleza y la gracia de Italia… pero le falta vigor, y por ello dice muchas cosas dulcemente, pero sin fuerza. (Herrera el Divino)
La poesía de Gutierre es un claro eco de las voces de su época, un reflejo de los ambientes en que vivió, entre galanterías de cantor a la toscana y arrogancias de soldado del Imperio español. (A. Valbuena Prat)

