Poesías, Getrudis Gómez de Avellaneda.

Los primeros versos de la escritora cubana Getrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) aparecieron en 1839 con el pseudónimo «La Peregrina» en un periódico de Cádiz titu­lado «La Aureola».

La primera edición de sus versos líricos se hizo en 1841 con un prólogo de don Juan Nicasio Gallego; la segunda, muy aumentada, en 1851. El texto de esta última, que comprende la mejor parte de sus composiciones, es el que debe preferirse, a juicio de Menéndez Pelayo. Hay una colección de sus Obras literarias publicada en 1869, que se titula completa, pero que dista muchísimo de serlo. Como poetisa lírica la Avellaneda fue magistral­mente juzgada por don Juan Valera.

No sólo le otorgó la primacía que ya le había asig­nado Nicasio Gallego «sobre cuantas per­sonas de su sexo han pulsado la lira castellana, así en este como en pasados siglos», sino que llega en su entusiasmo hasta a declarar que la poetisa cubana no tiene ri­val ni aun fuera de España, a no ser que retrocedamos hasta las Safos y Corinas de los gloriosos tiempos griegos, etc. Tres son las principales fuentes de la inspiración de la Avellaneda: el amor humano, el amor divino y el entusiasmo por el arte de la poesía que ella profesaba. Entre las compo­siciones amorosas suyas sobresale «Amor y, orgullo»: «Cobarde corazón, que el nudo estrecho/gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho/tu presunción altiva? / ¿Qué má­gico poder en tal bajeza,/trocando ya tu indómita fiereza,/de libertad te priva?».

También son hermosísimos sus versos reli­giosos: de imitación bíblica los de su juven­tud, en los cuales no sólo hay extraordina­ria pompa de imágenes y grandilocuencia y valentía, sino elevadísimos conceptos teoló­gicos expuestos con rara precisión: místicos o afines al misticismo los de su vejez, en que su fe, siempre ardiente y robusta, fue tomando carácter más íntimo y abismándose cada vez más en el torrente de la contem­plación. La diferencia entre ambos períodos puede reconocerse tomando por tipo del primero el asombroso canto «A la cruz», en que el beneficio de la Redención humana está considerado principalmente desde el punto de vista social o histórico, y como tipo del segundo, los versos que se titulan «Dedicación de la lira de Dios».

En persona tan enamorada de su arte como ella lo fue, el concepto mismo de la poesía tenía que ser fuente de alta inspiración lírica, y más poeta resulta la Avellaneda en su oda «A la Poesía» y en sus octavas «Al genio poético», que en las composiciones harto numerosas que de su pluma brotaron con ocasión de tal o cual acontecimiento ruidoso.

C. Conde