La obra poética del autor español Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) comprende los siguientes títulos y fechas: Gritos del combate y Raimundo Lulio, 1875; La última lamentación de Lord Byron, La selva oscura y El vértigo, 1879; La pesca, 1884; Maruja, 1886; La visión de fray Martín, 1888; en 1911 se publican en Barcelona Obras escogidas.
En el prólogo que Menéndez Pelayo puso a la obra dramática del autor El haz de leña (v.), tras hacer unas consideraciones sobre la función de la poesía, destaca el valor social y político de las composiciones de Núñez de Arce, con todas las consecuencias de orden literario que pueda tener esta actitud. Como Quintana y como Campoamor, para Núñez de Arce la poesía no es otra cosa sino un medio educativo, algo que debe llevar implícita una tesis. Pero Núñez de Arce no es tan rígido como Quintana ni sus ideas filosóficas, a pesar de llevar la carga y la señal de su tiempo, no son tan pedantes como las de Campoamor.
A pesar de los títulos de sus poesías, nuestro autor es más burgués que Quintana, o mejor dicho, más civil — como advertía Menéndez Pelayo—, puesto que en la expresión de los sentimientos burgueses quien brilla con más esplendor es Ramón de Campoamor. Núñez de Arce vive su momento histórico con más conciencia que éste, se apasiona por los problemas del momento e intuye las consecuencias que tendrá para el futuro. El tema de España llega a ser una preocupación para nuestro escritor y a veces parece que se coloque en la línea de Quevedo o de la inmediata Generación del 98: «En medio de esta universal mentira,/de este viento de escándalo que zumba,/de este fétido hedor que se respira,/de esta España moral que se derrumba».
Esta poesía, como es lógico, lleva consigo todo el lastre del tiempo y del momento; y de ahí surge la crónica de los acontecimientos políticos de España y de América, las referencias a las luchas de los partidos, a los pronunciamientos, entremezclada de consideraciones generales, de lamentaciones y versos que pretenden ser apocalípticos, pero que se quedan a medio camino. Uno de los temas constantes de la poesía de Núñez de Arce es la duda, a la que dedicó una epístola, que pone un acento de tragedia a su obra, y que Menéndez Pelayo afirma que seguramente es más bien fruto de la retórica que de una sinceridad auténtica o más bien fruto del ambiente histórico y de la ideología que reinaba en aquel tiempo: «…Núñez de Arce se cree obligado a dudar, no porque su .entendimiento propenda al pirronismo, ni porque su corazón esté seco de afectos y de creencias, sino porque es hijo del siglo, y en vano se resiste a su impiedad.
Resulta de ahí una situación de ánimo indecisa y flotante, que quizá se desharía como niebla si el señor Núñez de Arce precisase los términos del problema. El pesimismo de Leopardi tiene una base filosófica, la afirmación de lo absoluto del mal». El pesimismo de nuestro poeta, en cambio, es relativo y no tiene demasiada justificación, no tiene fundamento filosófico suficiente. Este juicio del gran crítico español puede valer incluso como juicio referente a la calidad literaria. Todo esto se transparenta en los versos, muchos de los cuales hoy día nos suenan algo falsos.
Junto a esta actitud que él dice escéptica encontramos la defensa de los principios de la civilización cristiana: combate el evolucionismo materialista, afirma la personalidad de Dios, la existencia de la ley moral, los derechos de la conciencia, la responsabilidad, la necesidad del ideal. Y todo esto el poeta nos lo dice entre mucha retórica, con versos que pretenden ser grandilocuentes y que él quiere teñir de un tono naturalista. En Raimundo Lulio (v.), poema en tercetos encadenados, el poeta recoge la leyenda del filósofo y mártir mallorquín y nos lo presenta en dos planos: en uno el drama humano, la gran tragedia; en otro, el plano alegórico, al simbolizar en Raimundo y en la dama, a la razón y la ciencia.
El primer libro, Gritos del combate, recoge las poesías referentes a los acontecimientos políticos y fue el que dio fama al poeta. En los libros siguientes el poeta da entrada a nuevas formas métricas y su estilo pierde algo de aquella solemnidad que había heredado de la escuela de Quintana, haciéndose más realista algunas veces, tendiendo otras a un romanticismo exagerado, como en El vértigo, o a un alegorismo inoportuno, como en La selva oscura y en La visión de fray Martín. La última lamentación de lord Byron es una interpretación del mundo poético del autor inglés a la manera del español.
La tendencia de Núñez a escribir poemas largos le perjudica en el sentido de que son en primer lugar un género anacrónico en el que es muy difícil mantener la inspiración, originándose por tanto las caídas en lo vulgar, en los prosaísmos o en los confusos simbolismos que aparecen en muchos de ellos. Núñez de Arce, por encima de estas caídas tiene siempre un sentido de la estrofa que ha llevado a algunos críticos a notar cierto «parnasianismo» en sus versos. En general su obra queda difusa, poco dibujada, y más que mirar al presente, su pensamiento y su obra miran al pasado, y hoy la sentimos muy alejada de nuestra sensibilidad.

