Gaspar María de Nava Álvarez de Noroña (1760- 1815) no es un poeta de gran relieve, y sin embargo su obra desempeña un importante papel en el momento literario que le cupo en suerte vivir. Dos características esenciales definen su poesía: por una parte su afición por los temas orientales, por otra su gusto por las anacreónticas, que tanto cultivaron los poetas de la escuela sevillana a que este autor pertenecía.
En 1816 publicóse en Madrid su Omníada, poema en dos volúmenes, obra de escaso valor literario, en la que la abundancia de recursos propios del siglo XVIII ahoga la inspiración primera del poema cuyo tema pudo haber sido plenamente romántico; con todo, sus dieciséis mil versos son «una interesante contribución al renacimiento medieval»: el héroe del poema es el fundador de la dinastía omeya, y Noroña se enorgullece de haber descubierto uno de los pocos asuntos de tema histórico que según él quedaban por explotar.
Su afición a los temas orientales, que es ya una introducción de los temas exóticos en la literatura, representaba para él una actitud española y antifrancesa: «Me prometo que los amantes de la verdadera poesía distinguirán estas composiciones, llenas de fuego e imágenes pintorescas, de las insulsas filosofías rimadas que han venido de algún tiempo acá de allende los Pirineos…», dice en el prólogo de sus Poesías asiáticas, que son una traducción del inglés. En el cultivo de la anacreóntica llega Noroña a alcanzar vivas expresiones de finos y delicados sentimientos; sirva de ejemplo la titulada «El clavel». Tanto en una como en otra tendencia, Noroña se manifiesta, por su colorido y vigor poético, como precursor de las corrientes románticas.
A. Pacheco

