Poesías, Enrique de Mesa

En pleno cruce de tendencias poéticas, la obra de Enrique de Mesa (1879-1929) es de difícil clasificación; sin embargo, podemos descubrir en ella dos elementos esenciales: el recuerdo constante de Rubén Darío, que sitúa a muchos de sus poemas en la línea última del modernismo, y su afición decidida y declarada por los temas y las cosas de España y concreta­mente de Castilla, que le coloca en cierto modo junto a los poetas de la generación del 98.

Su nacionalismo es evidente: «Soy poeta y español/y no quiero más que sol/ y mujer en mi camino», afirma en una de sus poesías, y el lenguaje mismo revela una cuidada precisión y un decidido pro­pósito en la estructura clásica del mismo. El paisaje domina la poesía, y aquél es a su vez, con frecuencia, víctima de la anéc­dota; sin embargo, en no raras ocasiones el poeta logra desprenderse del dato concreto para alcanzar la cumbre de un elevado lirismo, como sucede en varios fragmentos de su libro El silencio de la Cartuja.

Gusta de los motivos populares que puedan im­primir un color de vivo realismo a su poesía; en «Dime la copla, Jimena», por ejemplo, la cancioncilla: «Ya se van los pastores/a la Extremadura…» se descom­pone en la trama sobre la que se engarzan las estrofas de la poesía, logrando un vivo cuadro de ambiente pastoril. La más fa­mosa de sus composiciones cantando a Castilla es aquella que figura en su Can­cionero Castellano, titulada «Sin caballero»: «Un molino,/perezoso a par del viento./Un son triste de campana./Un camino que se pierde polvoriento,/surco estéril de la tierra castellana». Del peso de la anécdota en su poesía sirva de ejemplo la composición «Ayer noche vino el lobo», que trasciende, sin embargo, en un hálito de trágica poesía, dentro de su contenida mesura y su sen­cillez estructural.

A. Pacheco