Poesías, Eduard Mórike

[Gedichte]. Colec­ción de poesías, idilios y leyendas de Eduard Morike (1804-1874), publicada en 1838. El grupo más importante, desde el punto de vista poético, está formado por las poesías a Peregrina, de 1824, extraídas del Pintor Nolten (v.).

Fue «Peregrina» (María Mayer) una muchacha misteriosa y vagabun­da, que apareció en la vida de Mórike como una llama, para desvanecerse en seguida. De estas cinco poesías brota menos fuego pa­sional que tormento oculto, como una brasa que ardiese bajo las cenizas de la nostal­gia. Es ésta, por otra parte, una de las ca­racterísticas de la poesía de Mórike, la de dejar, no diremos enfriar, pero sí clarificar toda pasión, para pulir la intensidad de la emoción en una serenidad y musicalidad perfectas. Poeta que se satisface con «pe­queñas cosas», parece que, por una especie de humildad, no cante, sino hable; así con­sigue, sin el ansia crepuscular de la impo­tencia, alcanzar la grandeza a que aspira.

Capta la realidad destacada en la imagen; sus mañanas son claras, y sus noches sin hálito de misterio; su sol no deslumbra, sino que delimita «las cosas», y «las cosas» con la luz se vuelven importantes. Carac­terístico bajo este aspecto es «El gallo del campanario», donde se vive y describe la vida de un humilde párroco de aldea. No falta en algunas poesías, como en el «Idilio del lago de Constanza», de tema aldeano, una sonrisa humorística, que no tiene el carácter mordaz del romanticismo, sino la indulgente bondad de quien ama a los hom­bres y quiere comprenderlos. La maestría de la forma es alcanzada a través del per­fecto dominio de los metros clásicos y de los alemanes tradicionales. Algunas de estas poesías fueron puestas en música por Hugo Wolf. El volumen tuvo mucho éxito y agra­dó en especial a Storm y a Keller.

G. F. Ajroldi

Examiné de nuevo a ese tal Mórike y lo encontré, a excepción de cuatro o cinco cosas, al estilo de los cantos populares ale­manes, débil y antipoètico. En primer lu­gar, le falta claridad de visión. Y lo que en él llamamos musical, sólo sirve para de­mostrar lo poco que la gente sabe de mú­sica, que es algo más que un zum-zum y un don-don dulzón y tierno. (Nietzsche)