[Vermischte Gedichte]. Así se titulan dos series de las poesías más conocidas de Wolfgang Goethe (1749-1832), incluidas posteriormente en el volumen Poesías (v.), pero que en la edición de 1829 se colocaron después de Los años de peregrinación de Wilhelm Meister (v.).
La primera serie comprende ocho composiciones de diferentes épocas, publicadas ya antes por Goethe entre las producciones dramáticas menores y otros breves escritos; probablemente porque cada una es por sí misma una obra completa con su significado propio. Considerándolas en sus mutuas relaciones, se pueden agrupar entre sí las Parábolas (v.), las «Leyendas» y «La misión poética de Hans Sachs», de las que la una imita el estilo, la otra narra una leyenda y la tercera nos da el retrato del viejo poeta alemán, cuya revaloración literaria se debió precisamente a estos versos de Goethe. La última, publicada en el Deutsches Mercar (v.) de 1776, lleva como subtítulo: «Explicación de una vieja xilografía», y nos presenta vivo y real al rudo Hans Sachs en su tiendecilla de zapatero remendón, mientras en su cerebro germina todo un mundo nuevo bajo el sol de primavera.
El cuadro se va componiendo con la simbólica figura de la Honrada Actividad, que abre la ventana del poeta para que penetre la naturaleza, a fin de que él pueda contemplarla con los mismos ojos con que la vio Albrecht Dürer. Y las demás figuras simbólicas — la de la Historia, de la Locura, del Amor por la bella criatura — se agrupan, reales y concretas, en torno a él, reuniendo en un solo gran cuadro al hombre y a la obra, a la manera de las xilografías del gran pintor que renovó la pintura alemana, como Hans Sachs renovó la poesía. No menos fiel a la realidad, pero a una realidad más inmediata, es la composición siguiente, «A la muerte de Mielding», el constructor del teatro de Weimar, colaborador fiel e inteligente de Goethe en el comienzo de sus entusiasmos teatrales.
La figura del hábil y apasionado artífice tiene como fondo los escenarios y los juegos de luces, que relampaguean y se suceden rápidos y multicolores, fugaces imágenes suscitadas por la fantasía y por la mano experta de Mielding. Si Goethe termina el monumento poético dedicado a Hans Sachs coronando al poeta con la corona de laurel, en éste una gentil muchacha coloca una guirnalda de mirto sobre el féretro del excelente hombre, al que la malicia humana siempre respetó. Esta poesía está fechada en 1782; Goethe le concedió, así como a la dedicada a Hans Sachs, una importancia particular, como se desprende de sus palabras escritas en 1788 desde Roma: «Si me hubieran de sepultar al pie de la pirámide de Cestio, estos dos poemitas podrían servirme de elogio fúnebre». A la vida de la corte de Weimar, al paisaje del Gran Ducado, nos transporta en cambio la poesía siguiente «Al Ilmenau», de septiembre de 1783, que elogia la obra emprendida por el joven príncipe de Weimar, el cual, siguiendo el consejo del poeta, se dispuso a mejorar económicamente su bella provincia.
La composición, toda ella lirismo paisajístico, se relaciona con las anteriores por el intento moral de exaltar una labor realizada. Las otras dos, «El epílogo a la campana de Schiller» y «Las reliquias de Schiller», están dedicadas a la memoria del gran amigo perdido. «El epílogo a la campana de Schiller», escrita en 1805, fue leída al final de un solemne recital de la Canción de la campana (v.) que se hizo en Landstátt, en el teatro estival de la corte de Weimar. La evocación de la figura de Schiller en la década que vivió en Weimar es muy distinta a la de Hans Sachs o de Mielding. El poeta pasa ya transfigurado por su obra y por su gloria,, casi deshumanizado; sólo se sienten de él la luz y el calor: «Fue nuestro…». El último verso compara a Schiller con un cometa que al desaparecer «une su luz a la luz infinita». En las «Reliquias», escritas en 1826, cuando ya los restos de Schiller habían sido desenterrados y su cráneo colocado en un pedestal erigido en su honor en el teatro de Weimar, Goethe, sereno ante el último misterio de la vida, aparece como el olímpico que medita y puede elevar en vigorosos tercetos dantescos un canto que va más allá de la muerte.
Él, que conoció hasta dónde llegaba el puro espíritu del amigo poeta, pudo, a pesar del horror de los desenterrados huesos, a pesar de la angosta y fría fosa, percibir una sensación de libertad y de calor, «como si la muerte fuera manantial de la vida». El fragmento titulado los «Misterios» termina la primera serie de estas poesías. Fue comenzado en 1872 y se inspira en los idéales humanos de Herder. El hecho de estar incompleto lo hacía tan oscuro, que en 1816 el propio Goethe contó cómo, sabiendo que una sociedad de estudiantes de Königsberg se había propuesto discutir el significado de estos versos, él se creyó obligado a aclararlos en un artículo en el «Diario de la mañana» [«Morgenblatt»] del editor Cotta, ofreciendo una explicación de lo que habría debido ser la obra completa. Un joven monje, Marco, perdido entre las montañas, encuentra en un vallecito un crucifijo enguirnaldado de rosas a la puerta de un magnífico castillo, donde doce caballeros hacen vida conventual y contemplativa, bajo la guía de otro caballero, que ya está a punto de dejarles y que narra su prodigiosa vida al acólito que tomará su puesto, después de un sueño revelador.
En este punto termina el fragmento. En la intención del poeta, el poemita habría debido presentar a hombres elegidos que, procedentes de todas las partes del mundo, bajo la guía del maestro Humanus, adoran de diversa manera al mismo Dios. A pesar de su ropaje místico, estos versos van dirigidos a sostener la idea de que el hombre «sólo puede hallar la felicidad y el reposo en su propia intimidad», y manifiestan aquel momento filosófico de tránsito que sufrió Goethe, antes de su encuentro con Spinoza. La segunda serie de poesías, ya recogidas en 1806, pero no publicadas juntas hasta 1815, son otros tantos hitos que señalan momentos culminantes de la vida del poeta. Desde el «Lamento de la noble mujer de Asán Aga», de 1773, que comienza con un cuadro de blanco sobre blanco con luz semíoriental, y desenvuelve con riqueza de tonos el trágico destino de la mujer repudiada, de la madre separada de los hijos, de la mujer esclava, se pasa al «Canto de Mahoma» de 1774, que pertenece al fragmento dramático Mahoma (v.).
«El viaje invernal en el Harz», de 1777, nos lleva a otro clima; la cabalgata solitaria por las abruptas rocas eleva a poesía toda la pasión de Goethe por la naturaleza y constituye la superación abierta de su primera gran obra, Las cuitas del joven Werther (v.). La célebre fábula de «El águila y la paloma», también de 1773, en la que el águila herida es consolada por la paloma que le enseña las alegrías con que ella se contenta, y el águila, aunque a su pesar se resigna, constituye una anticipación del «Canto de Prometeo» (v. Prometeo), en el que se despliega en toda su fuerza el titanismo del joven poeta, que hasta se atreve a desafiar a las divinidades en la embriaguez de la fuerza creadora que siente agitar y remover su gran espíritu. La pieza siguiente, «Ganimedes», de 1779, es un vuelo hacia cielos cada vez más elevados en una especie de embriaguez primaveral, en tanto que «Los límites de la Humanidad», de 1781, representa ya el alejamiento de este titanismo que se aplaca con el reconocimiento de la omnipotencia y eternidad divinas.
«Lo divino», de 1783, es la conciencia del valor del hombre frente a la naturaleza, gracias al momento ético que le lleva a reconocer la existencia de seres superiores. Otras composiciones, como «El Parque de Lili», de 1775, son piezas en las que, como observa con acierto Gundolf, «el paisaje y lo sensible en general» que en las poesías anteriores a Goethe «parecían sólo servir de contraste con lo infinito de la eternidad», representan el instante en que «es él mismo eternidad». Y en efecto, en esta pieza, como en otra posterior, «Visita a la amiga durmiente», de 1789, y en «La copa» y en «A Lida», dedicada a Charlotte von Stein, y en todas las amorosas en general, la fuerza creadora y evocadora de Goethe acierta a expresar con perfecta belleza la armonía eterna existente en él y no fuera de él. f Traducción española de Rafael Cansinos Assens, en Obras completas, tomo I (Madrid, 1950)].
G. F. Ajroldi
La poesía goethiana, maravillosa de espontaneidad, libertad de movimiento y variedad de inspiración. (B. Croce)
Es sin duda el último hombre de Europa que haya alcanzado la perfección. (P. Valéry)

