Poesías de Italia, Wilhelm Waiblinger

[Gedichte aus Italien]. Colección de poesías de Wilhelm Waiblinger (1804-1830), escritas en los cuatro años que pasó en Italia (1826-1830), antes que la muerte lo sorprendiera en Roma «errante y pobre», pero feliz por morir en suelo romano.

Publicadas en ocasiones di­versas, por lo general en revistas y periódi­cos, fueron reunidas en dos volúmenes por Grizebach, en 1881. El poeta canta a Roma y a la «Italia del Sur» en metros diversos, ora con clásica objetividad, ora con pasión romántica, pero siempre con igual intensi­dad de afecto y sinceridad de expresión, que suplen en cierta manera, en los momentos en que falta, a una verdadera inspiración poética. Este poeta que vagaba por las calles de Roma con la ropa destrozada, los zapa­tos rotos y la melena al viento, como está representado en un boceto de Bonaventura Gonelli, expresa en su poesía todo su entu­siasmo por las bellezas naturales y artísti­cas de Italia, su amor — que no fue es­caso— por las mujeres y el vino, y su vivo interés por las escenas populares, tomadas a menudo del natural con ironía juguetona y juvenil desenfado.

Es áspera, en cambio, su sátira contra sus connacionales («El ar­tista alemán en Roma») y más todavía, y sobre todo, contra los turistas ingleses, a menudo e intencionadamente puestos en berlina. Prendado del hechizo del ocaso en el cielo romano, Waiblinger nos describe en una sátira cómo el sol se pone tras las siete colinas mientras las campanas to­can al avemaría; en otra elegía revive un anochecer romano contemplado desde el Janículo. La Torre de Nerón y el Panteón, el Arco de Tito y «Ponte rotto», la Tum­ba de los Escipiones y la de Cecilia Metela, el Pincio y el «Campo vaccino» son canta­dos en dísticos o en odas sáficas y alcaicas de gran pureza formal. «Los tres himnos de Olevano», con su tono hölderliniano, nos recuerdan el trato que había tenido con Hölderlin en su país, mientras los cinco «Cantos de Nazarena», en forma de con­traste entre la muchacha y el poeta, nos hacen asistir a su idilio con una joven campesina de Olevano que quería hacerse monja para poder de esta manera ir a Roma y estar más cerca de su amado.

El desenfreno y la confusión del «Carnaval Romano» en la Roma de los Papas nos son descritos en ocho canciones que figuran entre sus obras mejores. Albano y Nemi, Nápoles con su golfo y sus islas, Amalfi y Gaeta, Pompeya y Sicilia, etapas diver­sas de la vida errabunda de Waiblinger, son el tema de otras numerosas composiciones. Y además se nos muestra en ellas como uno de los más típicos intérpretes de la idílica y festiva «poesía alemana o nór­dica» acerca de la Italia de aquella época. Ahora el poeta reposa a la sombra de la pirámide de Cayo Cestio, donde había de­seado ser sepultado, en un momento de melancolía, y después de haber exclamado «bella es la muerte en Roma, pero más bella es la vida».

A. Manghi