Poesías, Ausiás March

Colección de ciento veintiocho poesías en lengua cata­lana, en su mayor parte en endecasílabos dispuestos en un número variable de estro­fas de ocho versos, escritas por el caballero valenciano Ausiás March (1397-1459), perteneciente a la corte de Alfonso el Magná­nimo.

En su obra es evidente la estrecha dependencia de la poética trovadoresca provenzal, como suele ocurrir en la poesía catalana de aquel tiempo; pero esta depen­dencia en Ausiás March se limita a tradu­cirse en la utilización de los aspectos ex­teriores y estilísticos que van de ciertos caracteres de la concepción amorosa y caba­lleresca de los provenzales, a algunos voca­blos consagrados por la lírica de los trova­dores. Ausiás March es un poeta sobre el cual ejerce gran influencia la Escolástica (v.), la cual no sólo, da a su poesía un sen­tido filosófico y cristiano, sino que le ofrece además elementos y temas para someter sus sentimientos y sus pasiones a un análisis minucioso y sutil, muy a menudo despia­dado y doloroso que le consiente dar vida a un tipo de lirismo nuevo y profunda­mente personal.

Plantéanse una serie de complejos problemas de conciencia y de vida que el poeta, más que resolver, intenta presentar desnudamente en forma poética, por lo cual a menudo se encuentran mezcladas a sus vigorosos y fuertes endecasílabos má­ximas aristotélicas, de Santo Tomás o San Bernardo, sin que esto le impida utilizar las distinciones y clasificaciones del amor codificadas por Andrea Capellanus en su De Amore. La exterior tradición trovado­resca y el profundo contenido escolástico de esta poesía, se renuevan a veces con un lirismo renacentista bajo la influencia de Dante y Petrarca, que de todas maneras no es exagerada porque la del primero es esporádica y la del segundo permanece algo vaga.

El eje central de Ausiás March es el amor: de él derivan todos los graves con­flictos y las contradicciones morales que mantienen al poeta en lucha constante, porque de todo ello discute en un plano superior y transcendental. El problema cen­tral es el de la salvación del alma estric­tamente conexo con el del amor porque la mujer no es ya — para Ausiás March — la sublimación de un ideal intangible y purificador, como para algunos trovadores (cf. Canciones de Montanhagol) y para el «Stil novo» (v.), sino que se convierte en un ser profundamente humano, capaz de conde­narse— tal vez por culpa del propio amor del poeta — y de arrastrar a la perdición eterna a la persona amada. De aquí el con­flicto entre el amor verdadero y el amor falso, y el contraste entre la sensualidad y la inteligencia de la dama (cuando se dirige a ella el poeta cela su nombre bajo el «senhal», o pseudónimo, de «plena de seny», esto es, sensata).

Por esta razón, después de la muerte de la dama, la duda y el remor­dimiento corroen el alma del poeta y llega a preguntarse si su amada no estará ahora en el infierno por culpa de él. Pero desde el momento de su muerte él siente que el amor en lugar de disminuir aumenta y — lo que es más — queda purificado, porque ,con la muerte del cuerpo de ella, murió también el deseo; desde este momento en la vida del enamorado dominará la razón y no la sensualidad. Todo esto va a parar de un modo natural a un profundo senti­miento religioso que tiene su más alta ex­presión en el célebre «Cántico espiritual» en que el poeta pide a Dios ayuda y — al mismo tiempo — la muerte inmediata por­que se halla en estado de gracia: sabe que una prolongación de la vida puede ser oca­sión de nuevos pecados y quiere aprove­charse de este instante de sincero arrepen­timiento para abandonar el mundo; pero al mismo tiempo, es tal su apego a la vida que pregunta a Dios angustiado, con rasgo humanísimo, cuándo llegará el instante en que será libertado del terror de la muerte.

Y esto convierte el canto en impresionante confesión. La poesía anecdótica en la pro­ducción de Ausiás March se reduce a poca cosa. Merecen, con todo, ser recordadas al­gunas composiciones, como aquella en que pide un halcón a Alfonso el Magnánimo (el poeta revistió el cargo de halconero real), la canción en honor de Lucrecia de Alagno, amante del rey; la disputa acerca de los ojos y las orejas con Tecla Borja, sobrina de Calixto III. El estilo de Ausiás March es generalmente seco y tiende a cier­ta severa rudeza, que es debida en muchos casos a las dificultades que se presentan al poeta, el cual lucha entre la acumulación de los conceptos y la rígida métrica en que quiere encerrarlos. De esto deriva que Au­siás March haya sido tenido por poeta difí­cil y oscuro; dificultad y oscuridad que no presuponen ninguna tendencia determinada, ni ningún hermetismo consciente, sino un continuo amontonarse de ideas que a veces turba la expresión normal.

Su tono alti­sonante e imprecatorio alcanza a veces efec­tos impresionantes como cuando invoca a los que murieron de amor: «Oh vós, mesquins qui sots térra jaeu/del colp d’Amor ab lo eos sangonent,/e tots aquells qui, ab cor molt ardent,/han bé amat, prec-vos no us oblideu!/Veniu plorant, ab cabells es- campats,/oberts los pits, per mostrar vostre cor,/com fon plagat ab la sageta d’or/ ab qué amor plaga els enamorats». Su inde­pendencia moral adquiere un impulso ex­traordinario en versos como éstos: «Jo són aquell qui en lo temps de tempesta,/quan les més gents festegen prop los focs,/e puc haver ab ells los propis jocs,/vaig sobre neu descal?, amb nua testa/servint senyor qui jarnés fon vassall». Ausiás March ejer­ció gran influjo en la poesía del Siglo de Oro español, como se revela en Boscán, Garcilaso de la Vega, Hurtado de Mendoza, Gutierre de Cetina, Sa de Miranda, Fer­nando de Herrera, Villamediana, etc. Exis­ten dos traducciones castellanas clásicas de las obras de Ausiás March. La primera es la de Baltasar Romaní (Valencia, 1539) y la segunda, incompleta, del famoso poeta y novelista Jorge de Montemayor (Valencia, 1560), ambas en verso. M. de Riquer

Castísimos son aquellos versos que escri­bió Ausiás March en lengua lemosina y que tan mal y sin entenderlos Montemayor tra­dujo(Lope de Vega)

Si el mayor triunfo de la poesía lírica es la revelación del hombre interior, Ausiás March lo alcanzó en grado sumo y con pro­cesamientos extraordinariamente sencillos. (Menéndez Pelayo)