Poemas, Louis Le Cardonnel

[Poèmes]. Co­lección de poesías francesas que, publicada en 1904, reveló plenamente en armónico desarrollo el mundo de Louis Le Cardonnel (1862-1936), alejándose de las combativas filas de los simbolistas para buscar en el sacerdocio una nueva y más segura fe.

Des­igual e individualista en los temas terrenos de su existencia, aunque siempre inspirado en una concepción serena de la realidad, el autor muestra su franco amor por la vida, creación de Dios, en la contemplación de la belleza. Del eco de una poesía a menudo impresionista y fragmentaria (algunas com­posiciones llevan la fecha de 1889), se pasa a una pintura de las. cosas llena de sig­nificados que transforman los temas pro­pios del simbolismo en admonición religiosa, en palabra de vidente. Son notables las poesías «A Luis II de Baviera» [«À Louis II de Bavière»],- «Alabanza del sueño» [«La louange du sommeil»], «El cantero de tum­bas» [«Le tailleur de tombes»], en que las alusiones a un algo que trasciende de la vida cotidiana están continuamente dirigi­das a una nueva busca de belleza y de armonía.

Son interesantes sus referencias literarias en las poesías dedicadas a Tenny- son y Mallarmé, además de las dedicadas a su amigo Samain y a Puvis de Chavannes, pintor por él tan admirado por su vago misticismo. La parte más reciente de sus composiciones muestra un amor a la exis­tencia afirmado en su propia concepción de la fe como armonía, en un sueño plató­nico que funde su amor. a Italia con la bendición de todas las cosas en un amplio espíritu franciscano. El amor a la criatura — fin que se propone esta colección — es para Le Cardonnel la ley suprema de su vida y de su arte; el ritmo solemne de muchos de sus cantos revela en la singular indivi­dualidad del poeta sacro una libertad de temas verdaderamente rica en acentos y palpitaciones.

Es fundamental el Epílogo [Epilogue], por la afirmación de su sentida unión del poeta y del sacerdote — como en la antigua admonición de sus antepasados celtas y de los bardos de las selvas —; pues en este Epílogo están comprendidas de modo natural y como en vértice de sabidu­ría y de historia unas palabras que glori­fican aquella Roma que había dado a Le Cardonnel, en su juventud, el hábito de benedictino.

C. Cordeé