Poema del Éxtasis, Alexandr Scriábin

[Poème de Vextase]. Poema sinfónico (op. 54) de Alexandr Scriábin (1872-1915), compuesto en 1903; obra en la cual el autor consiguió realizar lo más y mejor de sus locas aspiraciones.

Raramente se ha hecho tanta violencia a la música para forzarla a expresar lo in­expresable; éste es el prototipo de la música que se ha de escuchar «con el rostro entre las manos», a la que Nietzsche, con su entu­siasmo por Carmen (v.), oponía la medi­terránea y danzante «música de los pies ligeros» y, con todo, el credo de Scriábin está particularmente nutrido de la filosofía de Nietzsche: el mito del superhombre, en­tremezclado con veleidades proféticas a lo Tolstoi, constituye la osamenta de aquella conturbada ideología en que se complacía la «inteligencia» burguesa rusa, antes de la guerra mundial. Este trozo de música sobre­abunda en patética sensibilidad, en valores expresivos, en cerebrales aspiraciones a una inaccesible trascendencia.

El material temá­tico es, naturalmente, de sello wagneriano; la masa de los instrumentos de cuerda, tra­tada por lo general con efectos de voces blancas, se extiende, al ejemplo del Tristán (v.), en rachas decrecientes y las sonoridades de la orquesta se amontonan hacia un enorme fortísimo, en que las voces de las trompas emergerán sobre las notas de los instrumentos de cuerda y de madera. La pulverización del lenguaje musical está llevada a su máximo extremo continuan­do en este loco esfuerzo para encerrar en materia sonora jirones de un mundo inaferrable incluso para el pensamiento. Scriábin llegará a la abdicación de la mú­sica ante sí misma: al experimento del Prometeo, poema del fuego de 1913, en que no sólo las voces humanas, el órgano y el piano se unen a la riquísima orquesta, sino que los colores son llamados a un ilusorio connubio con los sonidos.

Pero aquí, en el Poema del éxtasis, permanecemos, desde el punto de vista musical, en un campo más fértil y concreto, porque la vida musical del trozo es firme y convincente. Armonía e instrumentación alcanzan extremos de gran complejidad; la orquesta suena mági­camente con timbres y efectos que Strawinski no olvidará; el material temático es rico y vital. Esta música, en suma, tiene lo que le falta a la ideología en que se funda: una espina dorsal. Porque en el campo psi­cológico, no en el musical, este Poema del éxtasis naufraga: inextinguible sed de lo absoluto y de lo divino, último estremeci­miento de la fiebre romántica. Recordemos las entusiásticas páginas dedicadas por D’Annunzio en su Nocturno (v.) a Scriábin: «Esta noche Scriábin danza/con la fuerza de un arquero del príncipe Igor,/sobre su corazón inmortal/que canta la doble melo­día/del deseo y del dolor».

M. Mila

En su pensamiento el arte no era sino un medio para alcanzar una forma más alta de vida — concepción ésta esencialmente romántica. El vasto sistema metafísico y religioso por él creado puede ser aproxi­mado al misticismo hindú. (B. de Schloezer)