[Fierre et Jean]. Aparecida en 1888, es la cuarta y, a juicio de muchos, la mejor novela de Guy de Maupassant (1850-1893). En ella el autor, manteniéndose entre límites voluntariamente modestos, consiguió igualar la intensidad de efecto de sus cuentos más vigorosos.
El señor Roland, buen hombre, limitado y vulgar, maniático de la pesca, ha dejado París y su modesto negocio de joyero para retirarse a Le Havre, donde pasa sus días en el mar; su mujer, bastante más refinada que él, dulce, quieta, afectuosa, madre ideal, vive completamente encerrada en el círculo de la familia y con el afecto de sus hijos, quienes resultan bastante diferentes tanto física como moralmente. El mayor, Pierre, de unos treinta años, moreno, delgado y nervioso, atormentado por grandes proyectos e inesperadas inquietudes, después de haber iniciado y abandonado diversos estudios, se ha doctorado, por fin, en medicina; Jean, cinco años menor que él, gordo, rubio y plácido, se ha doctorado en leyes y se dispone a ejercer tranquilamente su profesión de abogado.
En el afecto que une a ambos hermanos hay siempre una especie de rivalidad (el menor fue siempre puesto como modelo, debido a su vida plácida y regular, al desordenado Pierre), que se manifiesta más viva con ocasión de una excursión en barca en la que es invitada la hermosa y rubia Madame Rosémilly, jovencísima viuda de un rico capitán de marina. La misma noche la tranquila vida de la familia es agitada por una noticia; ha muerto en París un tal señor Maréchal, viejo y muy fiel amigo de la casa desde hacía muchos años, y deja como único heredero de su considerable fortuna al hijo menor de los Roland, Jean. Mientras los demás se entregan a la alegría y empiezan a hacer proyectos, Pierre es presa de los celos; y en dicho sentimiento se insinúa otro pensamiento, atrozmente insidioso, despertado por ciertas frases de sus conocidos, que muy pronto lo obsesiona.
Mientras Jean, con el prestigio de la reciente riqueza, se declara a la viuda y consigue de ella una promesa, el desventurado Pierre, avergonzado de sí mismo y torturado por los remordimientos, prosigue una penosísima investigación, desgarrando a su madre, que ha adivinado sus planes, y pierde lentamente a sus ojos su serena fascinación de mujer de afectos puros. Una noche no puede contenerse y, en una disputa con su hermano, le revela su descubrimiento, sin preocuparse por su madre, que sin duda le oye desde la habitación vecina. Jean, turbado, obtiene al poco tiempo de su madre la confesión de la verdad. Pero su carácter plácido y práctico supera muy pronto el contratiempo: compensará a su hermano renunciando a su favor el pequeño patrimonio familiar; y entretanto, como Pierre, atormentado y vergonzoso, no se siente con ánimos de vivir en la casa, facilitará su embarco como médico de a bordo en un gran transatlántico.
Así sucede, mientras el señor Roland acepta todo sin sospechar la reciente tragedia. El estilo de Maupassant, pintoresco y vigoroso como siempre, aparece aquí rico en matices, penetrante y mesurado como en las mejores páginas de sus cuentos. El mismo autor hizo preceder al libro, a modo de prefacio, por una especie de estudio breve; «La Novela». En él, no sin destellos polémicos, razona sensatamente sobre el oficio de la crítica y la gran variedad de escritos narrativos que se suelen agrupar bajo el nombre tradicional de «novela», pasando luego a explicar y justificar la nueva escuela «realista» o «naturalista». Se advierte en el ensayo la influencia de las ideas de Flaubert más que las de Zola. No tiene en conjunto especial valor doctrinario y es poco más que un interesante documento.
M. Bonfantini
Guy de Maupassant, con su aguda y mordaz ironía y su estilo vivo y áspero, despoja la vida de los pocos pobres andrajos que todavía la cubren y nos muestra la llaga inmunda y fétida que empeora. (Wilde)

