Pequeño Mundo Antiguo, Antonio Fogazzaro

[Piccolo mondo antico]. Es la obra maestra de Antonio Fogazzaro (1842-1911), publicada en 1895. El argumento, de inspiración tradicio­nal, siguiendo el principio de que no exis­te verdadera justicia donde no existe es­píritu de caridad, corresponde al período del «Risorgimento» italiano, que va desde las desilusiones de 1848 hasta el desquite de 1859.

Franco Maironi (v.), un joven liberal, se casa con una muchacha de sus mismas ideas políticas, Luisa Rigey (v.), contra la voluntad de la abuela, de ten­dencia austríaca, de la que depende econó­micamente, y que amenaza con desheredar­le. Un tío de Luisa, Pietro Ribera, a lo largo de toda la novela llamado siempre «el tío Piero» (v.), allana las dificultades económi­cas de los esposos, ofreciéndoles su casa y parte de su dinero. La casa, en Oria, a ori­llas del lago Lugano, se ve pronto alegrada con el nacimiento de una niña: María, o bien Ombretta Pipí (v.), como el tío la llama; pero un desgraciadísimo día — precisamente mientras Luisa salió para denunciar la exis­tencia de un testamento favorable al ma­rido, que éste no quiere alegar porque re­sulta deshonroso para la abuela — la niña se ahoga en el lago.

Luisa, racionalista y tibia en su fe, herida en lo que tenía de más querido mientras se aprestaba a reali­zar un acto que creía justo, se considera víctima de una ciega fatalidad y está a punto de perder la razón; Franco, más contemplativo que volitivo, pero ayudado por la fe, sale regenerado de la prueba del dolor y se lanza a la acción. El drama de ideas se injerta admirablemente en el drama político. Firme, enfrentándose con las veja­ciones de la abuela no menos que con la tiranía austríaca, de acuerdo con su propio concepto de la justicia, y activa a causa de ello, Luisa vitupera al marido su idea­lismo de artista, sus creencias sobre la ca­ridad y sobre el perdón.

Pero su rígido ideal de justicia se siente siempre defraudado por otra misteriosa y fatal justicia que ella no puede comprender; siempre ocurre y triunfa cuanto le parece injusto: los mane­jos de la abuela, a la que Franco trata tan generosamente, por la que el tío Piero, que sostiene en su casa a los dos cónyuges, pierde su puesto de ingeniero imperial; la miseria consiguiente para toda la familia obliga a Franco a exilarse al Piamonte; la tragedia de Ombretta. La prueba del dolor, en tanto que endurece a Luisa, en Franco produce la resignación, el espíritu de sacri­ficio, el entusiasmo por fin ilusionado y ac­tivo hacia el ideal patriótico, al que ahora se consagra por entero. Obra de interés múl­tiple y de conmovedora complejidad, hace vibrar todas las cuerdas de lo patético y de lo cómico.

Los personajes se mueven y viven entre una multitud de figuras bo­rrosas, criaturas mediocres, de acuerdo con el restringido rincón que las ha visto nacer y las ve actuar, o, mejor dicho; holgazanear con una caña de pescar entre las manos y la pipa en la boca, sentados al sol: pequeños funcionarios, interventores, empleados de la Aduana. Todo un vivero de figuras y figurillas características que se sitúan, cuál más, cuál menos, a la luz del bonachón humorismo del autor. El paisaje, siempre intérprete, ya llore o ya ría, de los senti­mientos humanos, aparece por doquier: el ondear de árboles y estrellas en el movimien­to del lago; los cambios de color de las aguas según el color de las nubes; casas arraci­madas sobre los peñascos y colinas batidas por el viento; casas avanzando por la orilla como si quisieran beber, entre ma­cizos de laureles y adelfas.

Pequeño gran mundo poético, doblemente antiguo, hoy que del regio-imperial gobierno austríaco ya ni se habla, pero eterno con la verdad y evidencia de hombres y cosas. Es la pri­mera de una tetralogía de novelas (v. Pe­queño mundo moderno, El Santo y Leila). Traducida inmediatamente al francés y al polaco, se difundió más tarde en traducción holandesa, alemana, inglesa, húngara y sueca. Al enorme éxito de prensa y de público se añadieron los reconocimientos oficiales: nombróse al novelista senador, si bien justi­ficándolo por la cuantía de sus rentas. [Trad. castellana de María Teresa Mayol (Barcelona, 1943)].

P. Nardi

Como en Los novios, el tono es aquí -fami­liar, y no resulta duro y discordante el :paisaje, gracias a todas las gradaciones de la realidad, desde la sublimidad y el llanto hasta lo cómico y la sonrisa. Pero este libro de Fogazzaro si bien reanuda las situaciones y continúa genialmente la dirección artís­tica de aquella novela, es bastante distinto en el sentimiento que todo lo trasciende. Es de un. Manzoni, diríamos, fundido con Tommaseo, con el Tommaseo que inspiraba repugnancia o escandalizaba al escrupuloso y severo lombardo; del propio Tommaseo ha tomado el tormentoso sentido del pecado y el vigor ético; y a pesar de todo es una obra bastante original y poética. (B. Croce)

Fogazzaro tiene el poder de convencer incluso a los lectores adversos: bajo su expresión corre un fluido que inclina a la correspondencia humana, en aquel límite en que el hombre parece no distinguir entre la voz de la poesía y la de la imaginación amorosa, elegiaca y religiosa. En sus hombres creyentes y en sus mujeres sin religión re­velada, una vasta multitud de lectores halla sus propias experiencias del cerebro y del corazón. (F. Flora)