Sátira en forma dramática de Jakob Michael Reinhold Lenz (1751-1791), compuesta en 1775 pero publicada póstuma en 1819, en que el poeta del Preceptor (v.) y de los Soldados (v.) nos ha dejado, en una serie de escenas y tipos esbozados con espíritu aristofanesco, un cuadro vasto y movido del mundo cultural alemán del siglo XVIII.
En esta obrita no destinada a la posteridad (en los dos manuscritos dejados por el autor está escrito «No se imprime» [«wird nicht gedruckt»]), Lenz ha podido aquí mejor que en sus obras de mayor empeño, dar rienda suelta a su humor extravagante y caprichoso, en un caleidoscópico juego de luces e imágenes diversamente reflejadas, que supera la sátira resolviéndola en poesía.
Los protagonistas de la fantástica aventura son Goethe y el propio Lenz, en su ascensión al Parnaso germánico (primer acto) y su ingreso en el Templo de la Fama (acto segundo). En el tercer acto, que consta de una sola brevísima escena, se sube del mundo fantástico real al mundo metafísico, donde toda voz humana se calla, y sólo se oyen voces de espíritus.
Idealmente, la perspectiva se prolonga de acto en acto: a la escaramuza a que asistimos en el primer acto entre los dos paladines del Renacimiento germánico y las fuerzas adversas personificadas en las cuadrillas de sus imitadores (II escena), de los «filisteos» (III escena) y de los periodistas (IV escena), que en vano se esfuerzan por escalar el monte sagrado, sucede en el segundo acto, en una serie de movidos cuadros (siete escenas, subdivididas cada una en varios episodios), la vasta visión histórica del desarrollo de la poesía alemana del siglo XVIII, en su lento y gradual proceso de liberación del influjo francés, hasta que con la aparición de la gran tríada Klopstock, Lessing, Herder, se afirma triunfalmente el principio de la originalidad; en el tercer acto las voces que resuenan en la eterna noche producen las dudas, las ansias, las secretas aspiraciones del alma humana, a las que responde desde lo profundo, la voz del Eterno Espíritu, que señala al mundo, en Klopstock y en Herder, los profetas y heraldos de una nueva era.
La estructura del drama, en la gradual ascensión de la realidad contemporánea, atravesando por el mundo del devenir histórico hasta el mundo ideal eterno, corresponde por lo tanto al ritmo interior que gobierna toda la obra de Lenz: el proyectarse la acción dramática sobre una triple y única pantalla, por lo cual, el tiempoo en sus dos dimensiones, de la simultaneidad y de la sucesión, es sentido como símbolo, en el mundo fenoménico, de la omnipresencia y eternidad de la obra creadora de Dios.
Por lo que se explica la ardiente invocación que el poeta dirige al tiempo en uno de los trozos líricos más bellos de la obra. «¡Tiempo! Artífice divino, tú cuentas todos los arcanos decretos del cielo, eterno como el mismo Dios, como Él omnipotente, infatigado destructor y regenerador del Todo, que sólo por virtud tuya asciende a la última perfección».
Al genio solar de Goethe, Lenz se subordina con justo sentido de sus propios límites. En la primera escena del primer acto vemos a Goethe subir seguro y ligero, de peña en peña, hasta alcanzar la altísima cumbre donde Klopstock reposa sereno en su olímpica majestad; Lenz, en cambio, después que Goethe se ha alejado de él, trepa fatigosamente por la áspera pendiente. En Goethe ve él a su hermano mayor: «Bruder Goethe!».
Al final del drama, después que Lenz ha expuesto a aquellos tres grandes su propio programa de un nuevo arte religioso, en conformidad con las ideas por él desarrolladas en sus Notas sobre el teatro (v.), la recíproca posición de los dos poetas es definida claramente una vez más.
Aunque Lenz no haya conseguido realizar su programa, le quedará sin embargo el mérito de haber señalado a los hombres venideros el camino de la nueva poesía; el cumplimiento de la obra por él iniciada pertenece a Goethe. Y por la actitud diversa que los dos poetas adoptan en el curso de la acción frente a la mezquindad del mundo que les rodea se muestra clara la diferencia que Lenz establecía entre él y su amigo: éste goza de la comedia humana, porque en todo acto humano, cualquiera que sea, ve la expresión de una naturaleza o de un carácter, Lenz por el contrario padece con ello, porque querría que los hombres fuesen mejores.
En Goethe predomina el genio artístico, en Lenz el momento eticorreligioso. Éste es el fondo serio, la moralidad de la obra, que por el voluble entrelazarse de los motivos cómicos y burlescos adquiere mayor resalte. En torno a los héroes del espíritu se agita una muchedumbre de pigmeos gárrulos, licenciosos y pagados de sí mismos, imagen de aquella frívola sociedad del siglo de las luces que Lenz conocía bien.
En el campo del arte estos hombrecillos, incapaces de elevarse a una visión propia de la vida, son víctimas de los extranjeros, y ni el recuerdo ni el ejemplo de los grandes pueden sacudirlos de su inercia. A este mundo burdo y mezquino, Lenz, con su agudo espíritu de observación lírica, ha sabido dar una vida y un alma.
Los mutuos elogios que se intercambian los diversos Weisse, Michaeles y Schmidts, mediocres poetas y mediocrísimos críticos; el buen Gellert, que, después de haber rasguñado en una comedia suya el tipo de la beata, se arrepiente de su atrevimiento y se retira a un rincón a llorar y salmear; los periodistas, que para entrevistar a Goethe y Lenz se levantan en una aeronave de su invención, y así tocan la cima del Parnaso, se transforman primero en moscones y después en innumerables hombrecillos minúsculos que trepan agarrándose piernas arriba del titán; J. G. Jacobi, el poeta de las Gracias que disfrazado de amorcillo es despreciado por los poetas franceses, que desde una tribuna asisten divertidos al mudable espectáculo de la vida literaria alemana, en el mismo Templo de la Fama; la metamorfosis de Wieland de pietista en poeta galante; las quejas del Pastor y del Sacristán contra el Anticristo Goethe, que con las Cuitas del joven Werther (v.) ha traído la revolución al fino mundo de los enamorados, persuadiéndolos a suicidarse; éstos son los tipos y los episodios donde mejor.se demuestra la vis cómica del autor del Pandaemonium.
Del contraste entre uno y otro elemento, el serio y el burlesco, nace aquel conjunto tragicómico que había en la imaginación del poeta y que mejor correspondía a su genio.
C. Grünanger

