De mayor valor y poder es el Orestes de Vittorio Alfieri (1749-1803), una de sus tragedias más afortunadas.
Ideada al mismo tiempo que el Agamenón (v.) en 1776 y publicada en 1783, continúa su acción, narrando la venganza que en Egisto (v.) y Clitemnestra (v.) toma Orestes (v.), el hijo del asesinado Agamenón (v.), milagrosamente salvado, y vuelto, ya mayor de edad, a su patria para vengar a su padre y recuperar el trono que le han quitado.
Pero está impregnada de un espíritu muy diferente, penetrada de una furia de acción, que desde la primera réplica hasta la última mueve a los personajes arrojándolos unos contra otros durante los cinco actos. Alfieri lo ha convertido en expresión de su sentimiento de admiración y de horror por sus pasiones gigantescas que derraman en la acción enorme y frenética.
La figura típica es el protagonista Orestes, que ha vivido obsesionado por un solo pensamiento: la muerte de su padre y el recuerdo de aquella trágica y lejana noche de su infancia, y no anhela nada más sino la venganza, ignorando los límites que debería imponerse para cumplirla; de manera que al presentarse en el palacio real de Egisto con su amigo Pílades (v.) es reconocido y encarcelado con Pílades y con su hermana Electra (v.), luego, dejado en libertad por un imprevisto cambio, mata no sólo a Egisto, sino, sin reconocerla, a su propia madre, trastornado por su loco furor.
No son diferentes los restantes personajes: Electra, que junto a Clitemnestra y Egisto ha vivido durante años y más años esperando al vengador; Clitemnestra, enajenada por el delito cometido, que acude ora a uno, ora a otro de los personajes para defender a sus hijos o a su marido y cómplice; Egisto, en fin, que sólo experimenta un odio desmesurado hacia los hijos de Agamenón, en especial a Orestes, a quien, al descubrir su personalidad, le grita: «lo te conobbi / Al desir che d’ucciderti sentía» (…te he conocido/Por el deseo que sentía de matarte).
Esta materia está dominada por el poeta con mano maestra: así vemos la acción desarrollarse gradualmente desde el monólogo inicial de Electra, que recuerda la muerte del padre: «Notte, funesta, atroce, orribile notte/Presente ognora al mió pensiero…» (Noche funesta, atroz, horrible noche/Presente siempre en mi pensamiento…), y del choque de ella con su madre y con Egisto, a la aparición de Orestes y de Pílades, vibrantes de juvenil arrojo; y a su encuentro con Helena, con quien traman la venganza ante la falsa noticia que traen de la muerte de Orestes y la aflicción de Clitemnestra; la gran escena del acto IV, cuando todos los personajes están enfrente y Egisto envía a sus aborrecidos adversarios a la cárcel y a la muerte, y finalmente al cambio de situación del acto V, cuando, liberados los prisioneros, ya no importa el diálogo, sino las figuras de los personajes que acuden, buscan, huyen, se matan, y la tensión exasperada de sus actos precedentes halla finalmente su desahogo y se aplaca en la fúnebre calma del final.
La tragedia, que se distingue entre las de Alfieri por el neto predominio de la «acción» sobre el discurso poético tradicional, debe precisamente a este elemento, en comparación con las otras, la más duradera fortuna escénica que compartió y sigue compartiendo con su Saúl (v.).
M. Fubini

