Odas, Simónides

Un centenar de frag­mentos, en su mayoría de pocos versos e incluso de pocas palabras, es todo lo que nos queda de la vasta y diversa producción poética de Simónides de Quíos (556-468 a. de C., aproximadamente).

Literato de pro­fesión, Simónides adoptó su ingenio fino y vario a las exigencias de los ambientes que frecuentó durante su larga vida aventurera, ya en las cortes de los tiranos de Tesalia y de Sicilia, ya en la democrática Atenas de Temístocles.

Se le clasifica tradicional­mente entre los poetas corales, y, en efec­to, en las formas dorizantes de los coros líricos compuso encomios de príncipes, epi­nicios para atletas vencedores, himnos para fiestas religiosas y, especialmente, cantos fúnebres («threnoi»), celebrados por su pa­tetismo. Pero en realidad trató con éxito casi todas las formas líricas entonces en uso: elegías, yambos, escolios (canciones de banquete).

Fue llamado el precursor de los sofistas, a los cuales se asemeja, entre otras cosas, por cierto escepticismo y rela­tivismo moral, por lo que pudo interpretar con igual acierto expresivo tendencias va­rias y tal vez íntimamente dispares: por eso se le opuso al aristocrático Píndaro, que habla de igual a igual con los grandes de la tierra e impone con severa coherencia su propio concepto de la vida.

Documento de la filosofía sofística de Simónides es el escolio a ‘Escopas, citado e interpretado con minuciosidad semiseria en el Protágoras (v.) platónico: «No existe el hombre perfecto… Yo alabo y amo a todo el que no haga voluntariamente nada vil.

Pero contra la fatalidad ni los dioses combaten… Es innumerable la raza de los estúpidos, y ya es harto bello aquello con lo que, por lo menos, no hay mezclado nada feo» (fr. 4). Simónides sabía alternar con las sutilezas conceptuales la suavidad y la in­tensidad de sentimiento tal como palpita todavía en la conmovedora pintura de Danae, abandonada con el pequeño Perseo sobre el mar tempestuoso (fr. 13).

Su enco­mio para los muertos de las Termopilas, aun en los pocos versos que de él quedan (fr. 5), es un ejemplo famoso de poesía celebrativa. Su capacidad de esculpir y representar con pocas frases la imagen de un acontecimiento o de un personaje fue aprovechada por Simónides en los epigramas, género de poe­sía en el cual alcanzó fama singular. No es fácil identificar los auténticos entre los muchos que le fueron atribuidos; de todas maneras son muy célebres los que conmemoran las glorias de las guerras persas (fr. 83, 88, 90, 91, 92, etc.).

A. Brambilla