[Oda a la Patria]. Así se ha venido generalmente designando la poesía catalana de Bonaventura Carles Aribau (1798-1862) que en rigor se titula: La Patria, Trovas [La Patria, Trobes].
Se publicó en el número del 24 de agosto de 1833 de la revista literaria barcelonesa «El Vapor». En 1933 se descubrió una copia autógrafa, junto con una carta, fechada en Madrid el 10 de noviembre de 1832, en la que Aribau ruega a un amigo suyo en Barcelona, el autor dramático Francisco Renart, revise los «informes alejandrinos» que un compromiso le ha forzado a componer, y los lleve a la imprenta de Bergnes de las Casas.
El hallazgo permitió restablecer un texto más genuino y quitó todo valor a ciertas conjeturas y dudas a que algunos críticos se inclinaban acerca de la génesis y contenido de las trovas y aun acerca de la sinceridad de Aribau. Constaba que éste las había escrito para felicitar los días de su patrón y paisano el banquero Gaspar de Remisa, establecido en Madrid.
La referida carta precisa que los empleados de Remisa habían acordado felicitarlo en varios idiomas: a Aribau le correspondió el catalán. El tono, el tema y el movimiento de las trovas quedan explicados por este detalle. Para contender eficazmente con otras lenguas más felices, Aribau hace la apología de la suya y la eleva a la pureza y dignidad con que fuera antaño cultivada.
En la lengua nativa, viene a decir el poeta, se le hace presente la Cataluña alejada, no sólo en el espacio, sino también en el tiempo: paisajes familiares que quizá no volverá a ver, afectos enraizados en la infancia que dejó atrás, glorias históricas, tradiciones perennes; usándola, un catalán bien nacido se encontrará siempre a sí mismo, en la más auténtica forma de su pensar y su sentir, experimentará, no ya sólo un consuelo a sus nostalgias, sino un orgullo para sus realizaciones y asegurará inmortalidad a lo que exprese.
Tales conceptos flotaban en el ambiente barcelonés, penetrado por el romanticismo; las trovas de Aribau los condensaron con suma energía poética y en un idioma concebido de nuevo según una idea absoluta de su perfección. Así, desde que se divulgaron, la juventud renacentista catalana tuvo con ellas un manifiesto, un punto de partida y un modelo.
C. Riba

