Océano, Leónidas Andreiev

Drama en siete cuadros del escritor ruso Leónidas Andreiev [Leonid Nikolaevic Andreev, 1871-1919], estrenado en 1911.

El centro de este drama extraño y oscuro, que es sin duda donde mejor ha expresado Andreiev su concepción dua­lista de la vida y del mundo, reside en el antagonismo entre el Océano y el órgano: el Océano es símbolo del salvaje y furi­bundo caos que está en el fondo de las cosas, y el órgano, que con sus voces toma­das a la tempestad intenta hablar a Dios y llevar hasta Él el alma humana, es símbolo de los esfuerzos con que ésta trata de domar al salvaje Caos.

Xorre, un borracho incons­ciente y amoral, es el hombre del Océano; desembarcado, con Haggarth, de la nave pirata en la que es contramaestre, siente la nostalgia profunda del mar. Desprecia a los pescadores, que no se aventuran a surcarlo más que cuando está en calma, y lo aman como a una cabra a la que ordeñan, pero temiéndolo y quizás odiándolo en lo pro­fundo de su corazón.

Daño es el hombre del órgano, y cuando el Océano, con la voz de las olas, exhala su profunda y tenebrosa angustia, con los sonidos del órgano le con­trapone la apasionada angustia del alma humana y habla a Dios de las más graves cosas. Ambos se odian sin comprenderse y, entre ellos, Haggarth, el capitán de la nave pirata, es el hombre que se disputan el Océano y el órgano.

Ha huido del Océano, cuya desenfrenada vida ha vivido, y en tierra ha buscado alivio para el remordi­miento de sus delitos, primero en la em­briaguez y después en el trabajo y en la familia, sin poder encontrarlo. El Océano le habla siempre con voz de misterio y de dolor, lo fascina y, por fin, lo engulle en su torbellino: Haggarth mata a un hombre.

Pero en la noche del asesinato se eleva el canto del órgano, y el criminal, con las manos ensangrentadas, corre a la iglesia a escuchar la voz misteriosa y solemne. Por fin se arranca a la tierra, en la que se viven los sueños espantosos del bien, del ideal, de Dios, y se restituye definitivamente, lleno el corazón de un inmortal dolor, al Océano.

¿Triunfan, pues, definitivamente el Océano, la Naturaleza y el Mal? No, porque mientras Haggarth se embarca en la nave pirata, en tierra Daño recoge los tubos del órgano, que Xorre al partir ha destruido con rabia feroz; el Órgano será reconstruido y nueva­mente hablará a Dios. Durante toda la eter­nidad los dos principios del ser estarán frente a frente.

Acaso ningún escritor ha llegado a comunicar al Océano la vida pro­digiosa que se siente en este drama. Su imagen real se incorpora estrechamente a su significado simbólico y metafísico, y se nos presenta como una fuerza viva, angus­tiada y malvada, de la que surgen las suges­tiones y tentaciones.

La locura y el crimen son, como el mugir de las olas y el silbar del viento, actos de vida del Océano. Ha­biendo perdido el hombre sus caracteres diferenciales, la frontera entre él y las cosas está borrada, y todo vive una vida de deli­rio, de pesadilla, de terror. [Trad. española de A. Ruste (Madrid, 1922)].

A. Filgher