Obras, Cristóbal de Castillejo

Las obras del autor español Cristóbal de Castillejo (1490-1550), monje en el convento de San Martín de Valdeiglesias y secretario de don Fernando, hermano de Carlos V, no se conocen en su primitiva redacción, sino en edición expurgada en Madrid en 1573.

Se agrupan en tres series: la primera de ellas la cons­tituyen las llamadas «Obras de amores». Hay coplas dirigidas a varias mujeres, es­pecialmente a doña Ana de Schaumburg y a doña Ana de Aragón.

Merece citarse la titulada «Un sueño»; las glosas de varios villancicos y romances, como el de «La bella malmaridada»; algunas traducciones de Ovidio (Metamorfosis), como la «Histo­ria de Píramo y Tisbe» y el «Canto de Polifemo»; la que principia «Vuestros lindos ojos, Ana», se inspira, parcialmente, en Catulo; la dedicada «A una dama que se decía Julia», que traduce un epigrama de la an­tología latina, recogido por Burmánn, y, sobre todo, el «Sermón de amores, por el maestro Buen Talante, llamado Fr. Nidel, de la Orden del Tristel» (1542).

En la pri­mera edición apareció arreglado por Juan López de Velasco, con el título «Capítulo de amor». El lema es: «¿A dónde iré? ¿Qué haré?/iQué mal vecino es amor!», tomado de la Cárcel de amor, de Diego de San Pe­dro; obra celestinesca y de subido color, que sigue la línea de Boccaccio y de los arci­prestes de Hita y de Talavera. La segunda serie está formada por las «Obras de conversación y pasatiempo». «La fiesta de las chamarras» es una suave crítica de cier­tas leyes suntuarias (1537); en ella existen alusiones a personajes contemporáneos.

La «Transfiguración de un vizcaíno, gran be­bedor de vino», que «mudó la figura huma­na/y quedó hecho un mosquito», satiriza a los devotos de Baco, en amena narración, aunque el autor parece aficionado a él, a juzgar por la composición «Al agua, habién­dole mandado que bebiese vino». En el «Diálogo que habla de las condiciones de las mujeres» (1546) son «interlocutores Aletio, que dice mal de mujeres, y Fileno, que las defiende»; consiste en una feroz diatriba contra el sexo femenino, sacándose a relucir las cualidades de las «doncellas, monjas, viudas, solteras» y terceras.

El «Diálogo entre el autor y su pluma» expone con tristeza «los dolores de servir y no medrar». Castillejo culpa a la péñola de haber per­dido treinta años sin mejorar de fortuna; la pluma le dice que la causa no será ella, sino que él no es bullidor ni a propó­sito para vivir en la corte. En el romance «Tiempo es ya, Castillejo» — calcado sobre uno antiguo — se contienen muchos datos autobiográficos. Finalmente, la tercera serie está constituida por las «Obras morales y de devoción».

Estas últimas son pocas y de escaso interés. Entre las morales son nota­bles: el «Diálogo entre la memoria y el ol­vido», que es una de las más bellas compo­siciones del poeta, de intención profunda­mente filosófica: «La Memoria pone de relie­ve sus méritos, que son contradichos por el Olvido, que a su vez insiste en sus naturales excelencias; deduciéndose de la conclusión, según la mente del poeta, que el Olvido, calmando los dolores y miserias del hom­bre, le proporciona más beneficios que la Memoria».

El «Diálogo entre la Verdad y la Lisonja» y, sobre todo, el «Diálogo y dis­curso de la vida de Corte», el más impor­tante quizá de los escritos por Castillejo, en que son interlocutores Prudencio, viejo y desilusionado, y Lucrecio, joven corte­sano con esperanza de medrar (alusión al autor en ambos estados), tratan de modo discreto de la vida en los palacios reales, no tan brillante como muchos piensan, para los cortesanos: «Verlos heis muy estirados/ y ufanos al parecer,/voceando de enfadados/de esperar para comer/a la una,/que­joso, según su cuenta,/con su pobreza im­portuna,/de la contraria fortuna,/que les fue tan avarienta/de favor,/con cuidado del se­ñor/si cabalga o no cabalga,/y fuera del corredor/esperándolo que salga…».

La farsa «Constanza», actualmente perdida, de gusto menandrino, se reducía a una disputa entre los esposos Antón y Marina, Gil y Cons­tanza, echándose en cara sus faltas. Un fraile predica el «Sermón de amores». El cura los descasa y cambian de mujeres mu­tuamente. Castillejo fue un partidario acé­rrimo de las formas métricas antiguas cas­tellanas, que tan perfectamente manejaba. Escribió «Contra los que dejan los metros castellanos y siguen los italianos», recordán­doles muy donosamente a poetas como Jor­ge Manrique, Garci-Sánchez, Cartagena, etc., doliéndose del desprecio que los italiani­zantes mostraban por las formas españolas, y señalando el hecho de hallarse ya en Juan de Mena endecasílabos.

Cita como in­novadores a Boscán, Garcilaso, don Diego de Mendoza y Luis de Haro. La ausencia de España y el no haberse impreso sus Obras completas hasta el año 1573 fueron causa de que la campaña de Castillejo con­tra la nueva métrica no resultase muy efi­caz, felizmente. Pero su ejemplo debió dé contribuir a que los metros antiguos siguie­ran empleándose junto con los italianos (Mendoza, Polo, Alcázar, Lope de Vega), lo cual fue venturoso, y realmente vemos que no necesitó Castillejo acudir a modelos extranjeros para escribir, por ejemplo, «Un sueño», donde se lee: «Agua muy clara corría,/muy serena al parecer,/tan dulce si se bebía/que mayor sed me ponía/acabada de beber./Si a los árboles llegaba,/entre las ramas andaba/un airecico sereno,/todomanso, todo bueno,/que las hojas meneaba».

Castillejo se distingue por su agudeza y su gracia, por su sencillez picaresca y por su nativa inspiración castellana, dentro de la escuela métrica de que fue corifeo. Es de notar en él cierto epicureismo, trasunto a veces del de Catulo y otros clásicos latinos, que sin duda marcaron alguna huella en el inquieto espíritu del fraile secretario de un rey.

C. Conde