Oaristos, Eugenio de Castro

Obra del poeta portugués Eugenio de Castro (1869-1944), publicada en Coimbra en 1890. «Oaristos» es una pala­bra griega que indica «coloquios íntimos, confidenciales», y de hecho se trata aquí de quince coloquios, o mejor dicho, confe­siones de amor (pues la Hermosa sólo abre la boca una vez, para decir que el humo de la pipa la marea), expresadas en versos alejandrinos.

El volumen, aparecido casi in­mediatamente después de la vuelta del poeta de una estancia bastante prolongada en París, durante la cual estuvo en con­tacto con los parnasianos y simbolistas (particularmente con Moréas, Viélé-Griffin y Verlaine), trataba de renovar la poesía portuguesa de la época, que languidecía sobre los temas ya caducados del Romanti­cismo, expresándose en formas pobres y vulgares.

A esta poesía, «que vivía en po­breza franciscana» (son palabras del autor), Castro trataba de oponer una poesía aristo­crática y rara, preciosamente arcaica, exu­berante de ornamentos, impecable en la métrica, renovada en parte con cesuras nunca usadas con anterioridad en el alejandrino ni en el endecasílabo. Cierta­mente Castro hacía demasiadas concesiones a lo alambicado, a lo sobrecargado, al pre­ciosismo; sin embargo su lenguaje, de espí­ritu esencialmente musical, hizo una gran impresión, y casi todos los poetas portu­gueses coetáneos suyos, jóvenes y viejos, emprendieron el camino abierto por él.

Para que el lector tenga una ligera idea de lo rebuscado en el arte de Castro, basta leer los primeros versos con los que se inicia el volumen: «En la diáfana paz de un ocaso de octubre, el sol triunfal, vesper­tino, mineralmente rojo, esparciendo el in­cienso de los espacios, se dirige a pasos lentos hacia la muerte, como esos conciertos musicales que suenan en los cortejos fúne­bres. Tras los agudos montes surge melan­cólica la luna de hermosas manos, y teje en el azur, en un telar de estrellas, un blanco lino, cándido y luminoso, para hacer señas al sol, su rojo amante». «En una hora crepuscular tan dulce, vi por primera vez, altiva e imperial, entre un rumor de sedas, a la Elegida de mi alma, la gran flor inmaculada, sutil, incomparable, el lirio tenebroso, criatura esfíngea, triste, como Artemisia, vengativa y feroz como Jesi; flor cuyo cuerpo es el oasis de abril, el cara- vanserrallo que en las noches febriles van buscando en vano las largas caravanas de mis deseos nómadas…»

Es superfluo añadir que dicha elegida misteriosa está rodeada del lujo más raro: mantos de seda negra recamados de dragones llameantes, almo­hadones de plumas y alfombras de Oriente, joyas preciosas, flores raras, aromas exóti­cos; clava en los terciopelos más espesos sus uñas puntiagudas, y muerde con los dientes la seda más delicada. Eternamente aburrida, no sabe ni leer, ni cantar, ni tañer, y escucha distraída las declaraciones de su poeta, que, a decir verdad, no sabe encontrar nunca un verdadero acento de pasión, sino que acumula imágenes y me­táforas creadas por el cerebralismo más frío.

Decorador soberbio, verdadero imagi­nativo, como el D’Annunzio de Isotteo y La quimera (v.), pero insensible y frío; tal es De Castro. No ha de asombrar que D’Annunzio pronunciase aquel juicio que tan a menudo y fuera de lugar recuerdan los portugueses: «En Europa sólo hay dos poetas: yo y Eugenio de Castro», porque entonces D’Annunzio parecía preocuparse exclusivamente de la forma, afirmando que «el verso lo es todo», según el programa del Parnasianismo (v.) al que en un momento dado pareció quererse acercar. Pero muy pronto supo liberarse de todo aquel peso inútil y movió las alas hacia nuevos hori­zontes de la lírica, el drama y la novela, mientras el poeta portugués no supo librar­se casi nunca de toda aquella «fumistería» y «chinería» de orfebre y de ebanista, cuyas huellas encontramos en su producción pos­terior, en Salomé (v.), en el Rey Galaor y sobre todo en Belkiss, reina de Saba.

G. Battelli

Su gloria, la que ha de satisfacer a su alma de excepción, no es ciertamente la ciega y panúrgica fama popular, tan lison­jera para la mediocridad; es la gloria de ser comprendido por quienes pueden com­prenderlo. (Darío)