Nocturnos, Fryderyk Franciszch Chopin

Son éstas las composiciones que abrieron el camino del éxito a Fryderyk Franciszch Chopin (1810- 1849) y que determinaron la configuración tradicional del «Nocturno». Título y forma se deben al irlandés John Field, que quizá había intentado referirse a la poesía del siglo XVIII de las «Noches», melancólica y meditativa, inaugurada por Young.

Pero Chopin no tardó en apoderarse de la nueva forma. Fue el mejor vehículo de expresión de su trepidante lirismo subjetivo, donde el sentido del dolor no se amplía hasta llegar a resonancias universales, sino que perma­nece estrechamente personal. El paisaje de los Nocturnos es completamente interior y psicológico; ni siquiera la sombra de una referencia a la noche estrellada, a la cla­ridad lunar. Los movimientos del alma son la única substancia de este arte que tiene como ambiente fundamental el caracterís­tico «zal» polaco: aquella melancolía nos­tálgica que casi cada pueblo suele expresar con un vocablo típico.

El panorama psico­lógico del que surge la música de los Noc­turnos puede resumirse en la fórmula de Ferrero: «poesía de la adolescencia»; sobre un fondo de dolorosa insatisfacción, propia del hombre que no sabe captar la vida, florece un mundo de fantasías y de sueños, de deseos, de nostalgias y de esperanzas. Nada se adapta mejor a este fantasear vago que la apariencia de improvisación a me-^ nudo advertida en la música de Chopin. La inspiración abandona con gusto el preesta­blecido hilo del discurso para encaminarse a divagaciones, a sugerencias inesperadas: para coger una flor en el borde del camino.

Ahora es la fascinación de un adorno, o una sonoridad agradable, un paréntesis vago o una delicia armónica; todo ello confiere a la música de Chopin su desarrollo vaci­lante y deliciosamente incierto. El famoso «rubato» con el que el ritmo de la ejecu­ción quedaba definitivamente alejado de la rigidez del metrónomo y reconducido a una elasticidad pulsada, es una de las manifestaciones más vistosas de esta pal­pitante sensibilidad. Liszt decía: «Suponed un árbol que se agita con el viento. Entre sus hojas pasan los rayos del sol: la luz temblorosa que resulta es el rubato». Algo turbio, enfermizo, fermenta indudablemen­te bajo la apariencia quizá celestial de los Nocturnos: es el mal romántico de la inep­cia para vivir, la sustitución de la vida por el arte, el temor de la realidad y el anhelo insatisfecho de sueños quiméricos.

Pero, bajo esta descomposición romántica apenas incipiente, un perfecto clasicismo formal realiza artísticamente un mundo espiritual inestable y fugitivo. La grandeza de las mejores creaciones de Chopin se halla en la helénica pureza de formas, en la instin­tiva coherencia artística en la que se co­ordina todo el inspirado divagar sentimen­tal. El primer Nocturno, op. 9, n.° 1, en «si bemol menor» (1833), ha merecido la definición tradicional de «elegiaco». La sen­cillez de estructura lo emparenta bastante estrechamente con los modelos de Field, pero su cualidad melódica es muy diversa. Éste, como la mayoría de Nocturnos que seguirán, se presenta en cierto modo como un tríptico, donde una sección central con­trasta con la que constituye el principio y el final de la pieza: melodía dudosa y fluctuante, con blandas ondulaciones de voca­lismos pianísticos.

El largo pasaje central es en cambio una ^efusión de canto, algo enigmático debido a su ritmo hecho vaci­lante por las frecuentes acentuaciones so­bre los tiempos débiles, que muere en un juego de ecos armónicamente variados. El op. 9, n.° 2, en «mi bemol mayor» (1833), es una creación muy tenue, sin estructura ternaria; vive de una hermosa melodía, dul­cemente patética, dotada de alguna eficaz cadencia de repetición, pero diluida en una amplificación algo vacía, de improvisación de salón. El acompañamiento uniforme de la romanza es armónicamente inerte. El op. 9, n.° 3, en «si mayor» (1833), expresa más bien gracia y coquetería, en lugar de la languidez acostumbrada, pero la melodía es pálida.

El cuarto Nocturno es el prime­ro del op. 15 (1834), en «fa mayor». Conti­núa la elaboración de la estructura terna­ria y se profundiza el contraste de la parte central, dramática y con fuego, envuelta en una cantinela lánguida y dulce. Pero mucha más novedad en la escritura pre­senta el op. 15, n.° 2, en «fa sostenido ma­yor», sobre todo en el agitado episodio cen­tral: uno de aquellos pasajes nacidos en el teclado que concentran en sí los mayores méritos de la improvisación pianística. Un optimismo eufórico algo indolente, veteado de melancolía, es el ambiente sentimental de la primera y última parte del Nocturno, cuyo final delicadísimo disminuye y se des­vanece en un soplo.

El op. 15, n.° 3 — el «segundo Hamlet», el Nocturno «enigmáti­co», según muchos comentaristas — se ini­cia con -una melodía triste y sencilla que, después de una reiterada exposición, se quiebra armónicamente, revelando el arte, que Chopin poseyó en alto grado, de su­mergir momentáneamente un motivo en la sombra de las tonalidades más lejanas, para reconducirlo luego, con elegante agilidad, al fundamental: como una faz crispada por arrugas de descontento que se aclarase con la sonrisa. Pero la gran característica de este Nocturno es el coral central (al que se llega por una modulación quizás artificiosa): religioso y solemne, casi con sonoridades de órgano, forma en su recogida austeri­dad un original contraste con la languidez melancólica de la primera melodía.

El op. 27, n.° 1, en «fa sostenido menor» (1836), es uno de los grandes Nocturnos de Cho­pin. El «larghetto» es de una tristeza abis­mal: son típicos los amplios arpegios del bajo que se colorean con las armonías más cambiantes. En el «piü mosso» central se encuentra la repetición fatal e imperiosa de una figura rítmica que expresa una ame­naza obsesionante. Una declamación solemne del bajo reconduce al «larghetto», que termina en uno de aquellos típicos finales de Chopin, en los que el sonido parece desmaterializarse. El op. 27, n.° 2, de es­tructura unitaria como el segundo Nocturno, es algo italianizante en la desnudez de la melodía vocalista, adornada con abundantes florituras que aumentan la nobleza del so­nido del piano. Todo ello expresa una me­lancolía tranquila y suave, que palpita de ternura afectuosa en algún pasaje de ter­cias y sextas. De menor importancia son los dos Nocturnos del op. 32 (1837), especial­mente el segundo en «la bemol mayor».

El primero, en «si mayor», monotemático, es un idilio de paz y de serenidad. La calma del tiempo parece no ser rota ni por las fracturas rítmicas ni por los síncopes. Sólo los pocos compases del final elevan sobre aquel paisaje insólitamente optimista un horizonte amenazador. El op. 37, n.° 1, en «sol menor» (1840), recuerda, en propor­ciones aumentadas, el sexto Nocturno por la inclusión de un solemne coral entre la presentación y la repetición de una melodía elegiaca; esta última, sobre la eficaz ambientación de una quejumbrosa figura del bajo, está sometida en la repetición a una ascendente transmigración cromática de to­nalidad, hasta que, alcanzada la tonalidad fundamental en la octava superior, vuelve a caer con gesto cansado lleno de gracia y de pureza.

La audaz sencillez del op. 37, n.° 2, en «sol mayor», ha merecido a me­nudo el desprecio de los críticos. En rea­lidad, sólo una gran interpretación puede salvar esta pieza de su monotonía y desta­car su extraordinario mérito. Es una barca­rola y consta de dos motivos repetidamente alternados según el esquema ABABAB, sin otra variación que la incesante peregrina­ción armónica. Pero el segundo, un movi­miento de columpio soñoliento, tiene una misteriosa nostalgia. El op. 48, n.° 1, en «do menor» (1841), es quizás el Nocturno más importante de Chopin. No tiene la acostumbrada estructura de tríptico, pues la inspiración irrefrenable derrumba todo dique formal.

De un «lento» tristísimo se origina — a través de una transición en mayor de amplísimos acordes arpegiados que despiertan vibraciones y resonancias por todo el teclado — un episodio heroico de grandeza apocalíptica, al que sigue, re­doblando el movimiento, una tercera y úl­tima parte afanosamente agitada. El op. 48, n.° 2, en «fa sostenido menor», vive a la sombra de su gran compañero, pero es una página noble y reflexiva, algo debilitada por la desnudez melódica de la parte ini­cial y final, mal apoyada por un débil acom­pañamiento. La parte central es, contrariamente a lo acostumbrado, un movimiento más lento y es lo mejor de la obra por su concentrada profundidad de expresión. El op. 55, n.° 1, en «fa menor» (1844), dedi­cado a miss Jane Stirling, es una página suave que recuerda en cierto modo la ac­ción confortadora y pacificadora atribuida a la rubia inglesa en los últimos años de vida del músico.

Termina mal, con vanas amplificaciones. De sencilla estructura uni­taria, el op. 55, n.° 2, en «mi bemol mayor», presenta una melodía algo turbia y rebus­cada, donde no se advierte la usual espon­taneidad del primer Chopin. Es rico y com­plejo el 17.° Nocturno, op. 62, n.° 1, en «si mayor» (1846): la riqueza de la orna­mentación está llevada hasta un fausto ba­rroco, culminando en la famosa cadena de trinos que corona la sección central. Más que nunca parece que Chopin quiera aquí elevar la música por encima de la materia­lidad del sonido, haciendo de ella un brillo iridiscente de cristales, una evaporación de aromas llevados por el viento. Así encuen­tra una especie de justificación el título de «Nocturno de la tuberosa» que los comen­taristas han puesto a este fragmento.

La melodía inicial, en lugar de la acostumbra­da languidez subjetiva de Chopin, tiene una «Gemütlichkeit», una cordialidad típicamen­te alemana: es una de las pocas veces en que cabe captar en la obra de Chopin re­flejos de la gran floración romántica ale­mana (sobre todo de Schumann). Nos hace pensar que Chopin iba evolucionando hacia un arte más complejo, contrapuntísticamente robusto, espiritualmente maduro. Impre­sión que queda confirmada por el op. 62, n.° 2, en «mi mayor», donde, empero, de dicho posible desarrollo sólo podemos des­tacar algún síntoma en el provisional en­marañamiento de la melodía, quizá desti­nada a adquirir una fisonomía radicalmente distinta. El último Nocturno, op. 72, en «mi menor», es en realidad el primero, obra del Chopin de diecisiete años: patético, gracias a efectos fáciles de tercias; monótono en el acompañamiento, de poco interés armónico; la estructura tripartita con contraste de la sección interna es embrionaria.

M. Mila

El último de los músicos más recientes que ha contemplado y adorado toda la be­lleza del estilo de Leopardi: el polaco Cho­pin, el inimitable — cuantos vienen antes y después de él no tienen derecho a tal epí­teto —, tenía la misma distinción princi­pesca de lo convencional que Rafael mues­tra en el uso de los colores más sencillos y tradicionales, pero no en cuestión de tin­tas, sino en razón de los usos melódicos y rítmicos. (Nietzsche)

Comparados con los ejemplos ingenuos c idílicos de Field, los Nocturnos de Chopin son a menudo demasiado refinados, dema­siado lúgubres, demasiado tropicales: asiá­ticos es la palabra, y tienen el gusto exó­tico del invernadero, no el fresco perfume de las flores que brotan al aire libre… Son músicas de noche propiamente dichas; al­gunos, cargados de sensaciones agitadas y colmadas de remordimiento; otros, vistos solamente de perfil, mientras la mayor par­te puede decirse que es similar a los su­surros crepusculares: la atmósfera de Ver­laine. (Hunekex )