[Nocturnes]. Tres composiciones para orquesta, escritas por Claude Debussy (1862-1918), entre 1897 y 1898. El primero y el segundo («Nubes», «Fiestas») fueron estrenados en 1900; el tercero («Sirenas»), escrito para orquesta y coro femenino, en 1901.
Más aún que el Preludio a la siesta de un fauno (v.), esta obra es típicamente representativa del momento impresionista del arte de Debussy. Y de neta inspiración impresionista son los motivos que sugirieron dicha música al compositor, aunque no exista ningún motivo que la inspirase. El mismo Debussy redactó la nota explicativa: «El título de Nocturnos tiene aquí un significado más general y más decorativo. No se trata por lo tanto de la forma usual de los «Nocturnos», sino de cuanto dicha palabra contiene de impresiones y luces particulares. «Nubes» es el aspecto inmutable del cielo, con la marcha lenta y melancólica de las nubes, terminando en una gris agonía delicadamente teñida de blanco.
«Fiestas» es el movimiento, el ritmo danzante de la atmósfera con brillos de luz inesperada, así como el episodio de un cortejo (deslumbrante y quimérico) que atraviesa la fiesta y se confunde con ella; pero el fondo permanece, se obstina y es siempre la fiesta y su mescolanza de música, de polvo luminoso que participa en un ritmo total. «Sirenas» es el mar y su ritmo innumerable: allí, entre los rayos plateados de la luna, se escucha, ríe y pasa el canto misterioso de las sirenas». Comparándola con la Siesta de un fauno la materia sonora de los Nocturnos tiene mayor consistencia, ya no aparece aquel estado de fluidez casi inasequible. Lo cual no desmiente, sin embargo, la referencia que se ha hecho al impresionismo, pues en sus valores más íntimos, los Nocturnos legitiman una decidida aproximación de la música debussyana a dicha pintura : precisamente por una adherencia casi natural y física al tema, aunque éste quede más profundamente transfigurado.
Parece que desde el puente de la Concordia el músico observara el desfile gris de las nubes y, en el Bois de Boulogne, una fiesta popular con intervención de la Guardia Republicana. El tercero, por el contrario, con su vaga referencia pictórica al mar, anticipa en más de un aspecto los esbozos sinfónicos de El Mar (v.) aparecidos en 1905. Con los Nocturnos se precisa un carácter fundamental de la música de Debussy que lo colorea todo de modo casi uniforme: una melancolía ya leve, ya grave, un sentido reflexivo y cuidado, una especie de interrogación suspendida sobre la vida y que será la atmósfera en la que vivirán las criaturas de Pelléas y Mélisande (v.). Una melancolía que no se trunca ni en Fêtes, donde la alegría y luminosidad de una iluminación nocturna está vista con la mirada cansada y casi ajena de quien permanece fuera contemplándola encerrado en sí mismo, sin tomar parte en ella.
Es un complejo de estados de ánimo que, en cierto sentido, están iluminados por estas palabras del mismo Debussy: «¿No buscan todos el olvido en el arte y no es el olvido un aspecto particular de la mentira? Nuestra finalidad es mantener al mundo en sus ilusiones y no arrancar bruscamente a los hombres de sus sueños para mostrarles la cruda realidad». Estado de ánimo que en el músico se disfrazaba de sutil y atenuada ironía.
A. Mantelli
Debussy violó todas las fórmulas convencionales, sustituyéndolas por otras nuevas, no menos hermosas y mucho más adecuadas para expresar las fugitivas sensaciones y las delicadas emociones que le gustaba retratar. Fue el incomparable pintor del misterio, del silencio y de lo infinito, de la nube pasajera y del estremecimiento de la ola iluminada por el sol: medias tintas que nadie, antes de él, fue capaz de sugerir. Su capacidad expresiva no es menor por el hecho de ser contenida e intolerante con cualquier exceso y cualquier énfasis: su fuerza no es superficial. (H. Pruniéres)

