Niña de Luzmela, Concha Espina

Obra de la novelista española Concha Espina (1877-1955), publicada en 1909. Una criatura deliciosa y delicada, Carmen, hija natural y no confesada de un hidalgo montañés, al quedarse huérfana del mismo (que actúa como «padrino» protector de la niña) va a parar a casa de una hermana de don Ma­nuel, doña Rebeca, que le tiene envidia porque sabe que es hija del hidalgo y que a ella irá la mayor parte de su fortuna.

Don Manuel habló con Salvador, joven mé­dico por él protegido y que albergaba la secreta esperanza de ser también su hijo natural (pues tampoco conoce a sus pa­dres), para recomendarle el cuidado de la niña, autorizándole para que intervenga de hecho y derecho si ve que doña Rebeca y sus hijos — cuatro fieras, aunque una de ellas no lo aparenta — no tratan bien a Carmencita. Lo cual ocurre fatalmente: ma­los tratos, asedio grosero por parte de dos de los hijos de la señora, y galante por la del tercero; envidia de la hija, Narcisa, tan arpía como su madre, dan lugar, por fin, a que Salvador saque de aquella endia­blada casa a la pobre jovencita, medio muerta de pasión de ánimo y de enferme­dad de nervios a causa de tanto sufrimien­to como le ha causado la desventurada fa­milia de su «padrino».

Los jóvenes se con­fían una al otro, y el médico, enamorado de la niña, le declara su amor y su afán de casarse con ella. Antes, recibió ella un desengaño de Fernando, el hijo marino de doña Rebeca, guapo y enamoradizo, que piadosamente rechaza el amor de la niña porque se sabe indigno de él. Andrés y Ju­lio, uno borracho y mujeriego y el otro anormal y malvado, han herido por su parte, cada cual a su modo, la sensibilidad de Carmencita. Y ella, que a la lectura del Kempis que le regaló el párroco de Luzmela, había decidido consagrarse a la san­tidad, imprescindible para resistir el ase­dio feroz de la familia de su tía, se rego­cija santamente ante el amor y la abnega­ción de Salvador que, después de salvarla, le promete la felicidad en el mundo.

C. Conde