Nerto, Frédéric Mistral

Poema del autor provenzal Frédéric Mistral (1830-1914), aparecido con la tra­ducción francesa en 1884, año del cuarto centenario de la unión de la Provenza a Francia. La acción se desarrolla en el si­glo XV.

El barón Pons, señor de Chateaurenard, cuyas violencias y rapiñas tienen aterrorizado a todo el país, siente con pa­vor llegar su última hora. Le atormenta un terrible recuerdo. Una tarde que él había perdido en el juego toda su fortuna, armas y castillo, se le presentó el diablo y le ofreció una maravillosa noria cuyas gotas se transformaban en pepitas de oro. Pero Satanás puso una condición a este regalo: en el plazo de trece años, la hija del cas­tellano, la dulce y encantadora Nerto, de­bería pertenecer al Infierno.

El término fatal se aproximaba, y el caballero, a las puertas de la muerte, confía a su hija su pacto. Sólo veía para ella una posible sal­vación: que marchase a ver al Papa, Pedro de Luna, que reinaba en Avignon, bajo el nombre de Benedicto XIII. Chateaurenard está cerca de Avignon, sobre la orilla iz­quierda del Durance; el trayecto sería rá­pido y fácil si la ciudad papal no estuviese sitiada por Boucicaut, enviado de Car­los VI.

Pero bajo el río existe un pasadizo secreto, cuyas llaves entrega el señor de Chateaurenard a su hija. De este modo podrá ella, además de solicitar la ayuda de Benedicto XIII, ofrecer a éste un medio de evasión. Nerto ejecuta las órdenes pater­nas. El sobrino del Papa, Rodrigo de Luna, un joven pervertido, recibe a la muchacha y la conduce a su tío. Gracias al subterrá­neo secreto, Benedicto XIII sale de Avignon y llega a Chateaurenard. Pide hospi­talidad a Luis II, duque de Anjou que se dispone a hacer valer sus derechos sobre la corte de Nápoles, y le casa con Yolanda de Aragón.

Con motivo de ello hay suntuo­sas fiestas. Nerto ha seguido al Papa, y encuentra de nuevo a Rodrigo de Luna, que, en las arenas de Arlés, mata a un león en el instante en que iba a arrojarse sobre la muchacha. Pero ella sabe que le acecha un mayor mal, y pide al padre de todos los fieles que la proteja. Benedic­to XIII le indica que entre en religión y se retire a la vida monástica en el convento de San César: ella obedece con cierto pesar, al que no es por completo ajeno Rodrigo de Luna. Apenas ha pronunciado Nerto sus votos, cuando Rodrigo de Luna asalta el monasterio al mando de un grupo de ban­didos y rapta a la muchacha.

Se entabla un vivo combate entre los raptores y la vigi­lancia, atraída por el toque de rebato. Antes de prestar ayuda a los suyos, Ro­drigo deposita a la joven, medio desvane­cida, junto a las tumbas de Aliscamps, pero a su regreso no la encuentra. El joven ca­ballero, desesperado, invoca al Diablo. Se le aparece el Maligno y le promete satis­facer su deseo. Inmediatamente surge en Laurade un espléndido castillo, cuyas siete salas, presididas cada una de ellas por uno de los siete pecados capitales, nos son lar­gamente descritas.

Nerto, que, tras haber huido de Aliscamps, ha sido recogida por un ermitaño y ha conocido múltiples pe­ligros, se presenta ante la diabólica man­sión. Rodrigo la acoge con arrebato y le confiesa su amor. Pero Nerto le responde que no sabría corresponderle en este mun­do: sus almas tan sólo podrán unirse en otra vida, e inspira a su enamorado el arre­pentimiento de sus crímenes. Al punto apa­rece el Diablo, la hora fatídica está al so­nar.

Nerto debe serle entregada. Rodrigo se interpone y avanza hacia el Diablo y mostrándole la empuñadura de su espada en forma de cruz le rechaza en nombre de la Santísima Trinidad. Resuena un terrible trueno y la tempestad arrasa el palacio mal­dito. Nerto ha sido libertada, «realiza su entrada triunfal en el cielo, en compañía del brillante caballero que, llevando la cruz en su mano, ha sido rescatado por el bau­tismo del arrepentimiento y del heroísmo». Desde entonces y para siempre una abadía de piedra existe en el centro de las ruinas de aquel lugar.

Compuesta en pleno impulso del movimiento felibre, y cuando ya Mis­tral conocía la popularidad, este poema se esfuerza en resucitar algunos fastos de la antigua Provenza, al modo de los trovadores y los poetas épicos de los cantares de gesta. Y así, los fragmentos extraídos del acervo folklórico y de la leyenda, o sim­plemente inventados, se sitúan en lugares reales y particularmente famosos: el Aviñón de los Papas, el Durance y sus ori­llas, Aliscamps, las arenas de Arlés, las rui­nas de la Laurade…, todos ellos rodeados de una poética atmósfera.

Los efectos es­tán perfectamente logrados; el retrato de Nerto, el instante en que pronuncia sus votos, la descripción del castillo diabólico, etc. Como música de fondo se deja escu­char la vieja filosofía cátara, de la que la poesía de «oc» había tomado sus mejores acentos, y según la cual el verdadero amor no podía cumplirse carnalmente, ni hallar aquí abajo su total desarrollo y felicidad. Sin alcanzar la calidad de Mireya (v.) ni incluso la de Calendal (v.), esta obra ocu­pa un lugar importante en el florilegio de la poesía provenzal.