Novela del escritor alemán Hermann Sterh (1864-1939), publicada en 1929. Es la narración de la trabajosa existencia de un curtidor silesiano, que, comprometido en los movimientos revolucionarios de 1848, buscó refugio en Prusia.
Pero antes de pasar la frontera, sobre la áspera cadena de montes, encontró a un pobre hombre llamado Grossmann, que vivía solo con su hija Paula, en la espera desesperada de un hijo que había desaparecido en las revueltas populares y del que lleva ya más de tres años sin noticias. La madre murió de dolor, el padre está como preso de una idea fija, de tal modo que al ver a Maechler cree reconocer en él a su propio hijo, y cuando éste, tratando de cruzar la frontera se pierde en el bosque y cae presa de la fiebre, él lo recoge y lo cura en su cabaña. Paula, naturaleza salvaje, crecida en el dolor, sin nadie a quien volverse en busca de afecto, desde el primer momento siente por él, el único/ hombre que la suerte parece haber arrojado en su camino, un amor violento y morboso al que no sabe resistir.
Maechler cede, pero apenas logra reponerse un poco trata de sustraerse a aquel ambiente en que la parte de su naturaleza gobernada por los impulsos incontrolados amenaza continuamente dominarlo. Cuando por fin pasa la frontera, se da cuenta de haber entrado en un mundo más pacífico. En él logra, en efecto, reconstruir su existencia. Le ofrecen trabajo en la casa de un curtidor, embrutecido por los golpes del destino y por el odio de un rival. Wennrich, el dueño, se deja guiar poco a poco por su subordinado y en pocos años consigue restablecer la prosperidad de su negocio y reconquistar la estima de sus paisanos y el antiguo bienestar. Su hija, Lotte, muchacha fina, inteligente y silenciosa, no logra sofocar un sentimiento de afecto y de reconocimiento por el que ha logrado dar nueva vida a su familia, y a su vez Maechler experimenta un sentimiento de inmenso respeto y devoción por ella; pero ambos son tan reservados y orgullosos, que cada uno espera en silencio a que el otro le confiese su amor.
Es un juego de altibajos, de alusiones lejanas, en el que las dos almas se prueban, con peligro de perderse, hasta que en una crecida que amenaza inundar la tenería y que provoca la muerte del viejo Wennrich, una palabra del moribundo une para siempre a los dos retraídos enamorados. Aquí podría terminar el asunto con una-nota optimista, pero la parte obscura de la vida de Maechler sale también por sus fueros. Mientras vive respetado y honrado con su mujer y con un hijo en su país de adopción, estalla la guerra entre Austria y Prusia. En la frontera se sabe que una mujer, tenida por loca, atrae a los soldados prusianos para luego darles muerte mientras duermen; tiene un hijo, una especie de bandido, violador de muchachas y que al fin, perseguido por los soldados, se mata.
Entonces, el mundo parece derrumbarse sobre Nathanael Maechler; él sabe demasiado bien quiénes son aquella mujer y aquel desgraciado: son Paula Grossmann y «su» hijo. El pasado, con todo su peso, le oprime tan terriblemente el corazón, que no sabe callar y pregunta a Lotte, a la que todo se lo confiesa, si todavía es capaz de amarle. La pobre mujer le escucha y luego le besa llorando, llena de afecto y de compasión; pero su débil corazón no resiste y aquella misma noche muere. Maechler, consciente de su culpa, lleva adelante su existencia, para salvar al hijo y ser de provecho al país.
Un tormento íntimo lo consume, hasta que un día, tras un esfuerzo sobrehumano, va al párroco y confiesa todo su trágico pasado. Desde aquel momento hasta su tranquila muerte, la narración prosigue en’ un bellísimo «ralentando». Las violentas disonancias se transforman en acordes de paz. La figura dominante de Nathanael Maechler está dibujada con gran seguridad de contornos, pero también las otras parecen tomadas de la vida de aquel mundo silesiano en el que las pasiones y los sentimientos entrechocan violentamente. El mismo Sterh sintió la madurez artística alcanzada en esta obra y continuó la historia de la familia Maechler en otras dos novelas: Los descendientes [Die Nachkommen, 1933] y Damián Maechler (1935).
R. Paoli

