Los Natchez, François René de Chateaubriand

[Les Natchez]. Obra de François René de Chateaubriand (1768- 1848), escrita en su juventud y no publi­cada hasta 1826, en una colección de sus Obras completas (1826-31). Ya habían sido publicadas las dos narraciones Atala (v.) y Rene (v.), consideradas por el autor como «episodios» de su gran epopeya india de Los Natchez.

El argumento está inspirado en un hecho histórico: el exterminio de una tribu india rebelde, hecho por los franceses en 1727 en Luisiana. A la sombra de los bosques americanos el autor quiso escribir «la epopeya del hombre de la Na­turaleza» y, al mismo tiempo, cantar la tragedia de un pueblo del que no queda más que el recuerdo, puesto que en nues­tro tiempo los mausoleos de los reyes no conmueven tanto como la tumba de un indio bajo la encina de su patria. Un fran­cés, René (v.), llegado a la Luisiana, junto a los salvajes natchez, es recogido por un viejo indio, Chactas, quien le narra un viaje que durante su juventud hizo a Fran­cia para visitar el reino de Luis XIV.

En el recuerdo del anciano se entreteje el amor de una muchacha, muerta en dolorosas circunstancias, Atala (v.), que ya en la obra del mismo nombre había inspirado al au­tor páginas profundas. La gran tristeza de René, enternecida a veces por el espec­táculo de la Naturaleza, halla un motivo de paz en el amor de la nieta de Chactas, la joven Celuta; pero el nacimiento de una hija no aporta la deseada serenidad: como en la obra famosa (v. René), es demasiado amargo su desengaño de la vida, y la an­gustia que le acompaña hasta la muerte no le da tregua. Finalmente René es ase­sinado a traición por un jefe indio, rival suyo, que ultraja a Celuta, y es muerto a su vez por el hermano de ésta, vengador así del doble crimen.

El exterminio de los natchez en una batalla concluye la obra y da a la evocación de la infeliz tribu el sello de una grandiosa epopeya. En una nota publicada como apéndice, el autor, junto con el resumen de la obra histórica de un misionero, procura dar mayor ca­rácter de verosimilitud a su relato. La obra es singular, pues indica en su varia composición (de epopeya y de narración novelesca, casi por partes separadas) al­gunos aspectos del arte de Chateaubriand.

La exaltación de las bellezas naturales del mundo americano sugiere la forma del poema en prosa, mientras, que las vicisi­tudes de los personajes, hacia el final de la obra, están realzadas por el interés psi­cológico que distingue las figuras de Atala y René, y les da un sentido más sutilmen­te poético. El tono bíblico y apasionado de algunas partes no se concilia con las ne­cesidades de una compleja trama narrativa. En sustancia, de esta tentativa de crear la epopeya de un nuevo mundo, iluminado por la luz del Cristianismo gracias a la obra de los misioneros, queda el valor descriptivo de ciertos fragmentos, dignos todavía de figurar en una antología.

Ya el autor, al aislar los dos mejores relatos, se había dado cuenta de la deficiencia del conjunto. [Trad. española de José Mariano Sicilia (París, 1827); de J. March (Barcelona, 1829); trad. anónima en Obras completas, tomos XI y XII (Valencia, 1844) y de Ma­nuel M. Flamant (Madrid, 1853)].

C. Cordié

En Los Natchez, igual que en Los Már­tires, Chateaubriand ha querido enfrentar dos mundos y dos tipos históricamente opuestos de la fluctuante humanidad. En Los Natchez el Nuevo Mundo y el mundo antiguo, el hombre de la Naturaleza, el sal­vaje, y el hombre civilizado, el europeo; en Los Mártires también un viejo y un nuevo mundo: el mundo pagano y el mun­do cristiano, la belleza fascinadora y la santidad sublime. (Lanson)