Música Para Instrumentos de Cuerda, Percusión y Celesta, Béla Bartòk

 [Musik fur Seiteninstrumente, Schlagzeug und Ce­lesta]. Composición para orquesta de Béla Bartòk (1881-1945), escrita en 1936 y estre­nada en Basilea (1937).

Tal vez sea ésta una de las páginas más expresivas del maestro húngaro; el sonido está liberado de toda función tonal, y precisado e indivi­dualizado como un «timbre» que no se pierde en esfumaturas o en color pulveri­zado como en los impresionistas, sino que se fija de una manera estable en el ritmo meramente constructivo.

De los cuatro tiem­pos, el primero («Andante tranquillo») es ciertamente donde la emoción está resuelta con mayor intensidad, en una rigurosa construcción contrapuntística: un tema de naturaleza melódica casi atonal (quizá se pueda encontrar un centro en la tonalidad del «la»), perfila, con la entrada sucesiva de las vo­ces de los arcos a intervalos de «quinta», una forma de «fuga» donde las sonoridades llegan a la exasperación de sonidos muy agudos; aquí la celesta y los timbales, en su relación sonora con los instrumentos de cuerda, producen una atmósfera de timbres muy nuevos.

La emoción del artista se re­suelve en la más pura abstracción sonora y al mismo tiempo más rica en valores in­teriores; en él se funden la tradición (que es sangre del canto popular húngaro) y la «expresividad» del mundo interior del ar­tista, y se desenvuelven constructivamente con la misma fuerza casi bárbara que se observa en la Consagración de la prima­vera, donde la tradición rusa de un Strawinsky ha encontrado de nuevo su lenguaje en contacto con el clima europeo de París. El segundo tiempo gira alrededor de la tonalidad de «do» y está construido rigu­rosamente según el esquema característico de la sonata.

El tercero quizá sea el más interesante; al principio el xilófono hace resonar pianísimo un «fa» agudo, que se repite en tres compases aumentando pro­gresivamente los valores rítmicos; entran los timbales con unos sones prolongados, y los violoncelos y los contrabajos con pro­fundos temblores; las violas enuncian lue­go un tema fragmentario. El mundo tímbrico predomina aquí en absoluto. El último tiempo tiene una coherencia menor con respecto a los otros tres; parece más bien el Bartók de diez años antes; domina el mundo tonal, y los acentos folklóricos pa­recen menos resueltos y más exteriores.

En esta Música, Bartók encuentra realmen­te su representación total; es el músico sa­lido del expresionismo alemán, para quien la forma musical es algo dolorosamente ín­timo (como en Schónberg), que se hace sonido de una manera inmediata, aparición del mundo real interior más allá de cual­quier ley de la tradición.

L. Rognoni