Morte d’Arthur, Thomas Malory

En el siglo XV, el inglés Thomas Malory desarrolló de nuevo la vieja narración en su Le Morte d’Arthur, que es el resultado de la traducción y la fusión de varias le­yendas del ciclo artúrico, sobre todo del Lanzarote (v.). Este libro, escrito en 1470, fue publicado en 1485 por Caxton, el pri­mer impresor inglés. El autor, de quien antes se conocía sólo el nombre, fue iden­tificado con un noble del Warwickshire, quien, entregado a una vida aventurera, toda ella violencia y latrocinios, acabó en la cárcel, donde murió después de haber escrito, en quince años de trabajo, su fa­mosa novela. Consta de veintiún libros, divididos en tres partes: en la primera es narrado el nacimiento del rey Artús y la fundación de la Tabla Redonda, la historia de Balín y Balán (los dos hermanos pala­dines que, por error, se matan uno a otro en duelo) y la de Gareth y Lineth (el es­cudero despreciado por la doncella confiada a su protección); en la segunda, la leyenda de Tristán e Isolda (v.); en la tercera, en fin, además de la novela de Lanzarote y Ginebra, hallamos la historia del San Graal (v. Historia del Graal) y la muerte de Artús (v. Bruto).

La leyenda del Graal es la más extensa y ocupa cerca de siete libros (XI-XVII). Cuando Lucifer se rebe­ló, un enorme rubí, engastado en su yelmo, fue desprendido por un golpe de la espada del arcángel Miguel y cayó al mar. Sa­lomón lo encontró por medio de sus artes mágicas e hizo de él una copa de la que había de servirse Jesús en la última Cena, y en la cual fue recogida por S. José de Arimatea la sangre del Salvador a los pies de la Cruz. La preciosa reliquia, llevada por S. José a Inglaterra, desapareció, y los más valerosos paladines de la Tabla Redon­da hicieron de su hallazgo el principal fin de su vida de aventuras. Pero solamente Galahad, el joven de blanco escudo con roja cruz, hijo, por encantamiento, de Lanza- rote y la reina Elaine, muerta de amor por él, consigue encontrarla porque sólo él tenía ojos lo bastante puros para verla, y a la muerte de Galahad, a quien había sido confiada la copa, los ángeles la vuelven a llevar al Paraíso.

Narrada con muchos por­menores, e interrumpida a menudo por largas digresiones y repeticiones, esta le­yenda adolece del defecto principal de toda la obra: una falta de continuidad debida a la circunstancia de que el autor compiló su novela sin ningún sentido crítico ni cri­terio de selección. Pero, a pesar de ser su materia muy desigual y desarrollarse la narración muchas veces de manera con­fusa y lenta, la unidad de la obra es man­tenida por el estilo, que no tiene desigual­dades y al que es debido el fuerte atrac­tivo que en todas las épocas ha ejercido esta novela en los lectores. Estilo llano y armonioso, personal, de períodos sencillos e ingenuos, en los cuales el autor se reve­la, ya en la clásica objetividad de la na­rración, ya en la feliz musicalidad del texto, como el primer artífice de la prosa inglesa, Malory cuenta las maravillosas empresas de los caballeros como cosas absolutamente reales, sin asombrarse, sin analizar ni co­mentar, y todo aquel mundo fantástico, re­gido por ideales de pureza y de justicia, vive por medio de sus palabras en una serena, irisada atmósfera que nada viene nunca a turbar. Muchos artistas de los siglos posteriores se sintieron atraídos por el hechizo que Malory supo dar a las le­yendas artúricas; entre ellos están Spenser en la Reina de las hadas (v.), Tennyson en los Idilios del rey (v.), Morris y Swimburne.

L. Krasnik