Novela de Gustave Flaubert (1821-1880), publicada en 1857. Charles Bovary (v.), modesto médico de pueblo, se ha casado con Emma (v. Emma Bovary), hija de un agricultor acomodado, educada como una señorita en un convento, con la cabeza llena de lecturas y sueños románticos.
El enamorado marido y la sencillez de su vida dejan insatisfecha a la mujer; ni siquiera el nacimiento de una niña llena su vacío. Un pasante de notario, Léon, despierta su interés, pero ella resiste y él marcha del pueblo, dejándole cierta nostalgia; un elegante de provincias, Rodolphe, la conquista fácilmente, la inicia en el amor tan ansiado y le hace creer que se ha realizado su sueño. Ante el marido, cada vez más mezquino, piensa en escaparse, en huir con el amante, quien al final, asustado, la abandona. Ella casi muere de dolor, luego se repone e incluso pasa por una breve crisis de misticismo. Vuelve a encontrar a Léon, ahora más atrevido, e inmediatamente se entrega a él. Es una aventura tranquila, hecha sólo de sensualidad, y con ella vienen las mentiras, las ficciones para disimular la culpa. Para adornarse y rodearse de un poco de lujo, ha acumulado deudas y más deudas; un mercader usurero, después de haberla favorecido, quiere ser pagado y hace embargar los muebles.
Inútilmente acude ella desesperada a Léon, que ya está algo cansado, y a Rodolphe (cuya negativa es el golpe final); luego llega la absoluta desesperación, el veneno. El marido se entera más tarde de las culpas de Emma, la perdona y sigue amándola, y ella muere al poco tiempo. Su publicación en una revista, en 1856, suscitó un proceso por ofensa a la moral pública y a la religión; Flaubert fue absuelto y el escándalo favoreció al libro, que encontró detractores y encomiadores, y muy pronto inició su éxito, cada vez mayor, hasta ser reconocido como una de las mayores novelas de todas las literaturas. Además de recoger muchos datos de la experiencia del autor, figuras y lugares de su país normando, la novela arranca de un suceso real, el suicidio de la mujer infiel de un médico, Delfina Couturier-Delamare. Parece ser que el asunto le fue aconsejado por unos amigos y aceptado por Flaubert, para ceñir a un asunto prosaico su irrefrenable lirismo. Sólo que, mientras realzaba el trivial argumento con el prestigio del estilo, en la pobre realidad, entre los odiados burgueses, se encontraba de nuevo a sí mismo; en la protagonista hallaba a su alma sedienta de sueños, su romanticismo valerosamente humillado, mortificado e incluso secretamente compadecido.
La mujer de la que habla algunas veces con desprecio, se convierte en una heroína, hecha de su misma carne, de su alma. De un choque del ardor y la razón, de la condena y el amor, nace la criatura, nace el libro, todo él arte y humanidad. Lo mismo ocurre en el Quijote (v.), que es lícito recordar a propósito de la obra maestra de Flaubert. La realidad limitada, satisfecha, triunfa empero en el farmacéutico Homais (v.), donde el odio anti burgués del autor ha creado una figura magnífica, intensa, representativa. El marido suscita la más sencilla compasión humana, pues es mezquino y bueno, así como el padre de Emma y la vieja criada. El libro lleva la huella de la época, parnasiana y pesimista, con el sentimiento sometido a la perfección formal; pero aquí el estudio del arte es en el fondo amor a la vida, que induce a buscar la verdad más profundamente, venciendo los prejuicios «estéticos» del autor. Y la frialdad que algunos advierten en las trabajadas obras maestras del escritor, se advierte menos en la dolorosa Bovary. [La primera traducción, muy libre, es la de Armancio Peratoner, bajo el título de ¡Adúltera! (Madame Bovary), Barcelona, 1875. Existe, además, la de Miguel Ángel Orts Ramos (Barcelona, 1901) y las de T. de V. (Barcelona, 1912); José Pablo Rivas (Madrid, 1920), la de Pedro Vanees Cuevas (Madrid, 1923) y la de Ramón Xuriguera, en Catalán (Barcelona, 1966)].
V. Lugli
La obra es enteramente impersonal. Es una gran prueba de fuerza. (Sainte-Beuve)
Volvemos a encontrar bajo la intriga minuciosa de Madame Bovary, las altas dotes de ironía y de lirismo que iluminan a ultranza las Tentaciones de San Antonio. (Baudelaire)
Después de nuestro gran Balzac, el padre y maestro de todos nosotros, Flaubert fue el inventor de una realidad quizá tan intensa como la de su predecesor, e incontestablemente de una realidad más artística, de una realidad que dijérase conseguida con un objetivo perfeccionado, de una realidad que pudiera definirse como un «d’après nature» riguroso, logrado con la prosa de un poeta. (E. de Goncourt)
Madame Bovary es probablemente la obra maestra de la novela contemporánea; es una obra de observación minuciosa y ceñida, en una forma al mismo tiempo espléndida y sobria. (Lanson)
Pocos libros son tan desoladorámente pesimistas como Madame Bovary. Pese a ello, Emma Bovary, con quien el autor es inexorable, se hace amar por los lectores… La piedad nace de las mismas cosas, de la misma representación artística que, al ser plena y verdadera, es al mismo tiempo tremenda y lamentable. (B. Croce)
La importancia de Madame Bovary puede ser comparada a la del Cid y de las Méditations, en el sentido de que así como Corneille eleva al más alto, grado literario la tragedia fabricada por Hardy, y Lamartine la desbordada elegía clásica del siglo XVIII, Flaubert lleva al plano del «estilo» el realismo que la escuela de Henry Monnier y de Champfleury cultivaba no sólo sin estilo, sino contra el estilo. (Thibaudet)
Perdura como el museo que nunca ha de dejar de frecuentar todo joven novelista que no renuncie deliberadamente a convertirse en artista. (Du Bos)
En el momento de escribir lo que pienso de Madame Bovary, me detengo. Vuelvo a leerla por deber; cada vez desciende un poco; no puedo remediarlo. (Alain)

