Los Vilanos del Haragan, Panait Istrati

[Les chardons du Baragan]. Novela social del rumano Panait Istrati (1884-1935), escrita en francés y publicada en el año 1928. El tema pertenece a la historia contemporá­nea rumana y la novela refleja un san­griento episodio nacional: el de la revuelta campesina de 1907.

El Baragan es la plani­cie rumana, vasta región que se extiende sobre el delta del Danubio, de veranos deslumbrantes, otoños fértiles y ásperos in­viernos, barrida implacablemente por el viento procedente de Rusia. A esta plani­cie desolada llegan buscando fortuna Ma­rine, olteniense desarraigado, y su hijo Mataké (Oltenia es una provincia rumana del Sur, cuya población campesina suele emigrar en gran parte hacia el interior del país, atraída por el comercio ambulante). El padre es flautista, hombre soñador y, sobre todo, mal preparado para una exis­tencia que exige grandes esfuerzos, tena­cidad y vigor físico. Mataké, apenas un muchacho, ya se siente acuciado por el afán viajero. Las lejanías del Baragan, aquellos anchos horizontes grises azotados por las tempestades, le fascinan. Como todos los chiquillos del país, juega a los vilanos y sobre un firme tallo de cardo «echa a volar», impulsado por el viento, como un velero que surcase el espacio sin límites. De pronto estalla la revolución campesina. Intervienen cañones y corre la sangre.

El inocente flautista es tomado, por agente instigador y fusilado inmediatamente. Ma­také queda solo, solo ante aquel gigante que es el Baragan. Apunta la primavera, se apacigua el viento y los vilanos ya no vuelan. ¿Qué puede hacer Mataké? Su va­cilación no es larga. ¿Acaso el mundo no debe ser tan vasto como el Baragan? Se irá «por el mundo» con los vilanos. Los vilanos del Baragan reflejan un período sombrío de convulsiones sociales rumanas cuya fase crítica tuvo su desarrollo hacia los años 1907-1909, fecha que ve el estable­cimiento de un régimen propicio por com­pleto a los terratenientes y que provoca el empobrecimiento y la esclavitud de la clase campesina. El autor fustiga a los explota­dores identificándose con la miserable suer­te de los explotados, para los que encuen­tra acentos de grande y generosa humani­dad. La presencia del Baragan le incita al alto vuelo lírico a través de bellas descrip­ciones de aquella naturaleza cruel y pri­mitiva que enmarca el fuerte, relato, en donde lo noble se mezcla con lo abyecto, y el amor es vecino de la muerte.

Panait Istrati maneja un francés «aprendido» a lo largo de su errante existencia, un lenguaje «osado, de una rústica solidez», según ca­lificativo de H. Clouard en su Historia de la literatura, francesa, lenguaje que el novelista rumano pretendía haber perfeccio­nado con la lectura de Voltáire, Fénelon, Rousseau… Evidentemente, la prosa fran­cesa de Panait Istrati no posee la maliciosa concisión de la de Voltaire ni la fluidez de la de Fénelon; en cambio, su instinto de campesino danubiano le confiere una rudeza y un exótico colorido de gran ori­ginalidad. Numerosas expresiones aparecen, no obstante, traducidas literalmente al francés, e incluso, a veces, se intercalan palabras netamente rumanas, lo que no deja de tener sus riesgos.