Los Revolucionarios, Wolfgang Goethe

[Die Aufgeregten]. Drama inacabado de Wolfgang Goethe (1749-1832), escrito en 1793. Repre­senta, con el Gran Cofta, el Ciudadano general (v.) y La hija natural (v.), la ac­titud de Goethe ante la Revolución fran­cesa y sus repercusiones en alemania.

Breme de Bremenfeld, cirujano y barbero de aldea, típica figura de noble arrui­nado, ha absorbido las ideas revoluciona­rias que vienen de Francia y, a propó­sito de un largo proceso acerca de ciertos derechos de propiedad de la condesa que gravitan sobre la población, urde un com­plot para arrancarle a la fuerza un docu­mento que ponga fin a aquella causa en fa­vor del pueblo. Pero la condesa ha regresa­do de París y, sin que nadie lo sepa, tam­bién se ha convertido a las nuevas ideas y ha resuelto abolir abusos y ceder frente a sus campesinos; pero no encuentra ya aquel documento porque un administrador infiel lo ha sustraído para negociarlo con la parte adversaria. Después del tercer acto sólo se nos ha conservado un resumen en que se perfila la figura de la condesita Federica, hija de la condesa, especie de aristocrática Diana, que en el cuarto acto, apuntando con viril resolución el fusil al pecho del administrador, le hace restituir el documento.

Del quinto acto no queda más que el plan, del cual se deduce el final feliz de la obra. Federica entrega so­lemnemente el documento a Breme, que aprovecha la ocasión para pronunciar un discurso social. Este carácter de Federica es el más interesante; ella no renuncia a sus propios derechos y concede justicia, pero no cede a la fuerza. La condesa per­sonifica la actitud que debiera adoptar la aristocracia alemana frente a la amenaza­dora revolución; es menester no dejarla venir de abajo. Mientras que Breme, que sin menosprecio ninguno para los aristócratas, quiere hacer valer los justos derechos del pueblo, representa la conducta ideal de la clase burguesa. El ambiente de la obra es revolucionario, pero se trata de una re­volución contenida en las clases dirigentes, y no desenfrenada en la masa. No faltan entre los discursos los toques idílicos para animar el diálogo y la acción, y dar al conjunto cierto sabor de comicidad. Caro­lina, hija de Breme, a quien su padre tiene por una santita, se deja seducir por el diso­luto joven barón, primo de la condesa; am­bos son símbolos de la frivolidad y corrup­ción del pasado siglo XVIII rococó. Mien­tras, forman contraste con ellos Luisa, so­brina de Breme, y el consejero, que se quieren con amor sosegado y honesto, como conviene al siglo de la moralidad.

G. F. Ajroldi