Los Recuerdos, Giacomo Leopardi

[Le ricordanze]. Poesía de Giacomo Leopardi (1798-1837), com­puesta en 1829 y publicada en la edición de los Cantos (v.) de 1835.

En ella se con­centra la esencia primera de todos los mo­tivos leopardianos; incluso en dimensiones es la poesía más extensa del autor y en ella se encuentran las fuentes de toda su poe­sía: los recuerdos de infancia, que ha con­siderado siempre como los gérmenes más profundos de su poesía. De manera que éste no es tan sólo un canto de recuerdos, sino que es el canto mismo de la memo­ria, madre de la poesía. ¿Qué acuerdo hubo jamás en el alma del poeta más intenso que éste en que todos sus afectos más se­cretos se concilian con las teorías de su mente laboriosa? La elegía de su propia vida es también la elegía del doloroso mun­do, sobre el cual, empero, la memoria y el canto esparcen una eterna serenidad.

Las palabras adquieren aquí, como en los más altos momentos leopardianos, un valor lleno de fantasía, y lo terrenal queda su­perado; una elevada serenidad ha vencido la amarga reflexión de los Opúsculos mo­rales (v.); por ello no puede prestarse oído dudoso al «canto» de la juventud, puesto que el poeta no coloca ya, como podría parecer, un ideal de vida totalmente mate­rial en el «amado tiempo de la juventud: más querido / Que la fama y el laurel, más que la pura / Luz del día, y el respirar»; pero crea precisamente el canto de la ju­ventud. La invocación y la exclamación: «Oh de la árida vida única flor» es im­pulso afectivo, redimido por la belleza poé­tica, convertido por ello en el eterno valor del espíritu bajo la forma de la poesía, aunque pueda parecer una negación de aquella profunda espiritualidad. Añora la juventud, y, sin embargo, no había tenido nunca una verdadera juventud; añora la juventud que habría querido tener, la de sus deseos de adolescente. Incluso la ma­teria del canto es ya tan etérea, que casi parece inmaterial.

Las palabras son tan plá­cidas e íntimas que parece que hayan sido retenidas en el corazón el mínimo indis­pensable para hacerles perder la violencia de la novedad, el mínimo indispensable pa­ra que se acostumbrasen las más dispares a estar juntas y cantasen en un tierno coro. Parecen palabras no dichas o cantadas sólo dentro de un aura límpida y al mismo tiempo densa; no tienen la clara violencia de la voz, sino la delicadeza de un eco en el que todos los sones se han agrupado y han adquirido una nueva dulzura. También las filigranas técnicas, convertidas en au­téntica materia de esta fantasía, se han fundido con el todo, incluso las preferen­cias de vocabulario, que aquí son siempre el fruto nativo de la educación del poeta. El tiempo de las palabras se ha gastado, o mejor, olvidado. Diríase que, entrado en el círculo musical de este principio, y hallado su tono, incluso los versos menos bellos y polémicos del segundo tiempo contra su salvaje pueblo natal, pierden toda violencia y expresan con suave melancolía el dolor del poeta ingenuo.

Con esto, no digo que sean bellos. Pero como nosotros pronun­ciamos cada día audaces metáforas que si fuesen oídas en su violencia parecerían im­pronunciables por una persona juiciosa, de la misma manera que decimos «se me parte el corazón», etc., sabiendo que el tiempo y el uso han gastado lo que de violento ha­bía en la imagen, del mismo modo que el uso gasta las monedas, así, las palabras de Leopardi, aunque duras, tienen tal poten­cia de metáfora, que pierden su terrestre sentido polémico.

F. Flora

Aquel humor denso de una melancolía negra y sólida se había deshecho en esa melancolía dulce que huye de la desventu­ra real y busca refugio en la imaginación. El mundo externo nunca había sido para él cosa sólida; ahora queda borrada toda huella de este o de aquel mundo histórico y también de la sociedad contemporánea. Vive solitario con sus fantasmas y con sus ideales; vive en su imaginación fuerte y cálida. (De Sanctis)