Los Ratones, Gerhart Hauptmann

[Die Ratten]. Comedia trágica publicada en 1911. Esta definición, «comedia trágica», podrá pare­cer un juego de palabras, pero responde plenamente al carácter de la obra, que encierra en sí una comedia y una trage­dia al mismo tiempo.

En su autobiografía, Hauptmann cuenta de dónde extrajo el mo­tivo de esta obra: por la época en que vivía en Erkner, cerca de Berlín, se le ocu­rrió ir a tomar lecciones de declamación de un ex director del Teatro Real de Estras­burgo, el cual, al dejar su cargo, se había traído una cantidad extraordinaria de tra­jes, muebles y otros objetos de teatro, para guardarlos, en espera de mejor suerte, en un viejo cuartel, donde, para ganarse la vida, daba lecciones. El protagonista de la comedia es precisamente una de estas figu­ras de director de teatro venido a menos que se dedica a dar lecciones de declama­ción; aunque sus discípulos no resultan grandes actores, en aquel falso escenario reina cierta animación, y hasta en él se combina, entre otras cosas, algún matrimo­nio. Junto a la comedia se desenvuelve la tragedia de una mujer que, desengañada en su anhelo de maternidad, roba el hijo de una madre soltera e intenta dar a entender a su marido que es de él; cuando el engaño se descubre, aquella mujer se mata.

Las dos tramas de la obra, con su propia serie de personajes, se entrelazan bastante bien, pero en determinado momento una adquiere necesariamente predominio sobre la otra, y entonces lo que se requiere para completar la comedia echa a perder la efi­cacia de la tragedia, y viceversa. El juego de este contrapunto escénico se vuelve, en suma, cada vez más libre. Esta obra de Hauptmann ha suscitado, por una parte, las adhesiones más convencidas y, por otra, grandes desilusiones. En su aspecto pura­mente estético o, si se quiere, arquitectóni­co, aquel entrelazamiento de tramas, diver­sas por su tono y por su carácter, sabe un poco al estilo de melodrama, y puede causar perplejidad. Por otra parte, muchos críticos afirman que, como descripción de ambiente, pocas veces Hauptmann había logrado re­presentar con tanta variedad situaciones paradójicas de la vida berlinesa de su tiem­po.

El enlace de sus argumentos, con toda la incongruencia de ciertas situaciones, pa­rece haber querido reflejar, pues, la típica confusión de la gran ciudad, donde, junto al que llora, está el que ríe alegremente, y no los separa ni siquiera una pared; vi­ven, por decirlo así, hombro con hombro, y casi no se dan cuenta unos de otros. El juicio definitivo, en este caso, ha de remitirse a cada uno, para que resuelva por su cuenta el auténtico problema, esto es, si el arte puede proponerse exclusivamente la fiel y aun fantástica evocación de un am­biente, o debe exigir algo más.

R. Paoli