Los Misterios de Madrid, Juan Martínez Villergas

Obra del escritor español Juan Martínez Villergas (1816-1894), aparecida en 1844-1845. Este autor, de azarosa vida política que le obli­gó a salir de España y viajar por Francia, Cuba, México y Argentina, escribiendo casi siempre en periódicos políticos, se distin­guió principalmente en la poesía satírica y por sus artículos de crítica que, sin embar­go, no pecan de objetivos. Imitador de Eu­gène Sue — a quien imitaron todos los no­velistas «por entregas» de la misma época — escribió varios novelones entre los que se encuentra Los misterios de Madrid.

El ar­gumento de esta novela tiene cierta seme­janza con el de María, la hija de un jor­nalero de Ayguals de Izco: feroz anticle­ricalismo, ideas liberales, pugna contra la aristocracia que olvida sus deberes morales, enfrentándola — como a los frailes y a los jesuitas — con el pueblo; si bien a éste no le resta su culpabilidad cuando desciende a actuar como criatura desalmada sin re­ligión verdadera y sin más temor que al patíbulo, al cual oposita constantemente. Los sucesos a que dio lugar la encarnizada lucha entre carlistas y constitucionalistas, con las consideraciones de toda índole que al autor inspiraron, se historian abultando sin duda sus peores relieves. Una banda de ladrones y asesinos – (entre quienes se cuenta el legendario Luis Candelas, cuya simpatía personal y su diligencia para el robo a los ricos mientras ejercitaba pro­tección a los desvalidos, se destaca diri­gida nada menos que por un jesuita en nombre y para provecho de la Compañía, vive aliada con unos cuantos aristócratas ( ¡encumbrados a sus títulos después de sus fechorías y como premio de las mismas!) para hacer y deshacer vidas, hacienda y honor, en críticos momentos madrileños.

El propio autor confiesa que «hincha» sus pá­ginas por la necesidad de componer «en­tregas» a todo pasto, medio de que dispone para satisfacer sus diarias necesidades eco­nómicas. Semejante literatura placía a una muchedumbre de incultos y atolondrados lectores, cuya pasión política, irreflexiva, se veía cumplidamente atendida con seme­jantes historias, que, además; carecían de pies y de cabeza.

C. Conde