Los Juegos Rústicos y Divinos, Henri De Régnier

[Les jeux rustiques et divins]. Colección de poesías de Henri De Régnier (1864-1936), publicada en 1897. En la vasta producción literaria de su autor, representa un retorno a las formas tradicionales, ocasionado sobre todo por la exigencia de una absoluta lim­pidez estilística. A través de cierta adhesión al movimiento simbolista pero más fielmente al parnasiano, Régnier se expresa con sencillez en las evocaciones de mitos clásicos, casi al modo de Heredia. A este maestro va, en efecto, dedicada «Aretusa» («Aréthuse»), que toma nombre de la fuente a la que van a beber las sirenas. Pero a pesar de la sua­vidad de sus pinceladas, no siempre la voz de la poesía se libera de los artificios ni del preciosismo. En las partes de la colección tituladas «Las cañas de la flauta» («Les roseaux de la flüte») y «La canasta de las ho­ras» («La corbeille des heures»), hay una vaporosidad dieciochesca que intenta con­vertirse en música.

También dieciochesco cuando habla de ninfas y sátiros antiguos (como en sus descripciones del parque de Versailles en la Ciudad de las aguas, v.) el poeta manifiesta su inspiración en poe­sías levísimas, en bocetos, en confesiones llenas de suspiros. Hay en esta colección un no sé qué de delicado y fugitivo (como en los pequeños cuadros del «Fauno del espe­jo» («Le faune au miroir») y en la fantasía de la «Hora de otoño» («Heure d’automme»), pero en su conjunto predomina un tono que se podría aproximar más a un Samain que a un Verlaine. El poeta en otros luga­res se refugia en imágenes tensas y lumi­nosas, que se proponen tener su razón de ser en el juicio que dan acerca de la vida; como en «El óbolo» («L’obole») donde el viviente se dirige a la sombra; o en las «Inscripciones para las trece puertas de la ciudad» («Inscriptions pour les treize portes de la ville»), que ambiciosamente forman una especie de poema evocador, donde se habla de las costumbres de las sacerdotisas, de los guerreros, de los pastores, de los as­trólogos, de los mercaderes, de las actrices, de las cortesanas, de los viajeros, de los mendigos, y también de las bodas, de los muertos, de los desterrados y del mar.

Se advierte ya por esta lista una búsqueda de imágenes y sensaciones, que no se funden bien en su complejidad lírica: algo de esa manera de poetizar se había de mostrar más tarde, también a ejemplo de Régnier en los Laudes (v.) de D’Annunzio, pero en la literatura francesa contemporánea ésta y otras colecciones del poeta dan una lección de armonía, comparadas con otras manifestaciones más ruidosas de vanguardia. En este sentido toda la obra de su autor, aun en sus cuentos y novelas, halla su justifi­cación histórica y por otra parte la de su fortuna académica.

C. Cordíé