Los dioses tienen sed, Anatole France

[Les Dieux ont soif]. Con este libro, de 1912 el autor intentó la gran novela histórica, sin abandonar por ello las formas que le eran más queridas, ya que la narración se pre­senta dividida como en una serie de cua­dros; conversaciones, discursos, digresiones de toda suerte abundan por doquier, sin faltar el consabido personaje culto y razo­nable, filósofo mundano encargado de co­mentar los hechos y de juzgarlos en forma elegante y paradójica.

El filósofo, en esta ocasión es el ciudadana Brotteaux des Ilettes, ex financiero dei Antiguo Régimen, es­céptico y epicúreo, que bajo ,el Terror, lleva plácidamente una vida mísera, fabri­cando chucherías en su escondite. Pero el verdadero héroe del cuento es el joven pintor Evaristo Gamelin, un alumno del gran David, revolucionario, austero y faná­tico, que se ha consagrado en cuerpo y al­ma a la gran causa de la Revolución, perso­nificada por Marat y Robespierre. Desde su sección pasa a la Comune, y llega a miem­bro del Tribunal Revolucionario. Las rela­ciones de su arte le ligan con violento amor a Elodia Blaise, la bella hija de un gran editor y traficante en cuadros, cuya muestra es «Amour peintre»; y el auste­ro revolucionario divide, así, su vida en dos partes. Alrededor de él se mueven otras figuras; su madre, mujer del pueblo; su hermana que ha huido al extranjero con un aristócrata; una dama elegante e intri­gante que se mueve mucho por su estudio, desde hace un tiempo amiga del ex-financiero Brotteaux, coinquilino de Evaristo; un sacerdote «no juramentado»; el barnabita Longuemare, hospedado por el mismo Brotteaux…

Todo este mundo aparece allá envuelto por el gran torbellino de los acon­tecimientos: Marat es asesinado, la Vendée está en conmoción, las armas europeas in­vaden Francia, Robespierre y sus secuaces ponen el terror a la orden del día. Un ven­daval de locura sanguinaria nubla los espí­ritus: los dioses tienen sed. El infeliz Eva­risto, persuadido de que cumple como juez un deber atroz, pero necesario, no titubea frente a su destino: cuando estalla la rebe­lión de Termidor se aleja de los brazos de la demasiado tierna Elodia y corre a morir al lado de su Robespierre. Casi todos los personajes de la obra perecen en la guillo­tina. Tras la reacción, comienza una nueva vida de lujo y corrupción, la sociedad del Directorio; y la voluptuosa hija del editor encuentra, pronto, un sustituto del desven­turado Evaristo.

Se considera el libro como el más vigoroso de France, y hay en él páginas de rara perfección. De este modo, midiendo sus fuerzas con tan grande argu­mento, France, en cierta manera, ha descu­bierto sus límites: en parangón con un Stendhal, con un Balzac, con un Flaubert, se nos presenta como un espléndido escri­tor de segundo orden, y la tragedia de Eva­risto Gamellin resulta más una tragedia expuesta críticamente, que una tragedia profundamente vivida. El arte refinado de France triunfa, por lo demás, en todos los personajes secundarios, en la penetrante fi­nura con que percibe el sentido de los acontecimientos, en el reflejo de hechos e ideales sobre las costumbres, la atmósfera y la mentalidad de la vida de la época.

M. Bonfantini