[Les Dieux ont soif]. Con este libro, de 1912 el autor intentó la gran novela histórica, sin abandonar por ello las formas que le eran más queridas, ya que la narración se presenta dividida como en una serie de cuadros; conversaciones, discursos, digresiones de toda suerte abundan por doquier, sin faltar el consabido personaje culto y razonable, filósofo mundano encargado de comentar los hechos y de juzgarlos en forma elegante y paradójica.
El filósofo, en esta ocasión es el ciudadana Brotteaux des Ilettes, ex financiero dei Antiguo Régimen, escéptico y epicúreo, que bajo ,el Terror, lleva plácidamente una vida mísera, fabricando chucherías en su escondite. Pero el verdadero héroe del cuento es el joven pintor Evaristo Gamelin, un alumno del gran David, revolucionario, austero y fanático, que se ha consagrado en cuerpo y alma a la gran causa de la Revolución, personificada por Marat y Robespierre. Desde su sección pasa a la Comune, y llega a miembro del Tribunal Revolucionario. Las relaciones de su arte le ligan con violento amor a Elodia Blaise, la bella hija de un gran editor y traficante en cuadros, cuya muestra es «Amour peintre»; y el austero revolucionario divide, así, su vida en dos partes. Alrededor de él se mueven otras figuras; su madre, mujer del pueblo; su hermana que ha huido al extranjero con un aristócrata; una dama elegante e intrigante que se mueve mucho por su estudio, desde hace un tiempo amiga del ex-financiero Brotteaux, coinquilino de Evaristo; un sacerdote «no juramentado»; el barnabita Longuemare, hospedado por el mismo Brotteaux…
Todo este mundo aparece allá envuelto por el gran torbellino de los acontecimientos: Marat es asesinado, la Vendée está en conmoción, las armas europeas invaden Francia, Robespierre y sus secuaces ponen el terror a la orden del día. Un vendaval de locura sanguinaria nubla los espíritus: los dioses tienen sed. El infeliz Evaristo, persuadido de que cumple como juez un deber atroz, pero necesario, no titubea frente a su destino: cuando estalla la rebelión de Termidor se aleja de los brazos de la demasiado tierna Elodia y corre a morir al lado de su Robespierre. Casi todos los personajes de la obra perecen en la guillotina. Tras la reacción, comienza una nueva vida de lujo y corrupción, la sociedad del Directorio; y la voluptuosa hija del editor encuentra, pronto, un sustituto del desventurado Evaristo.
Se considera el libro como el más vigoroso de France, y hay en él páginas de rara perfección. De este modo, midiendo sus fuerzas con tan grande argumento, France, en cierta manera, ha descubierto sus límites: en parangón con un Stendhal, con un Balzac, con un Flaubert, se nos presenta como un espléndido escritor de segundo orden, y la tragedia de Evaristo Gamellin resulta más una tragedia expuesta críticamente, que una tragedia profundamente vivida. El arte refinado de France triunfa, por lo demás, en todos los personajes secundarios, en la penetrante finura con que percibe el sentido de los acontecimientos, en el reflejo de hechos e ideales sobre las costumbres, la atmósfera y la mentalidad de la vida de la época.
M. Bonfantini

