Los Amonestadores, Giovanni Cena

[Gli ammonitori]. Novela social del escritor italiano Giovanni Cena (1870-1917), aparecida por entregas en la «Nuova Antología» en 1903, en volumen en 1904 y traducida a continua­ción a varios idiomas. El autor, con un pro­cedimiento frecuente, simula haber encon­trado el manuscrito de un desgraciado jo­ven tipógrafo que, sintiendo madurar en sí, por la desesperación de una vida descon­solada, la idea del suicidio, quiere dejar un documento que evite todo equívoco sobre el significado de su acción voluntaria y consciente. Martino Stanga, un tipógrafo misántropo, vive en una buhardilla de Aerópolis, un barrio obrero de tugurios, con muchas miserias, y se encuentra con un joven poeta soñador y desilusionado,* con nombre de inclusero, Crastino. Éste tiene una hermana muy joven seducida precisa­mente entonces por un «hijo de señores», lo cual añade dolor sobre dolor en la vida del poeta cuando la muchacha muere de parto. La amistad entre ambos es un con­tinuo diálogo sobre cómo son y cómo de­bieran ser los casos de los hombres, y mu­chas páginas están iluminadas con la pa­sión reformadora de Cena; hasta que Cras­tino, que entre tanto ha estado gravemen­te enfermo, descuida la amistad de Martino por la de una rubita que vive en Aerópo­lis. Por suerte, el lugar de Crastino en el alma de Martino, queda ocupado por un alegre jovenzuelo, Quibio, un pintor con una visión rebelde y gozosa de la vida. Es un consuelo para Martino, tenerlo pró­ximo en la muerte de Crastino con su rui­dosa sensibilidad; y a continuación la amis­tad de Quibio reconcilia al tipógrafo con la vida. Pero por poco tiempo.

Quibio tiene una relación con una señora burguesa: el marido, para vengarse, le manda detener, y los dos amigos no se vuelven a ver. Lue­go Martino enviará a París los cuadros y dibujos de Quibio, detenido como peligroso anarquista. El círculo se cierra: a raíz de una huelga Martino es despedido de la imprenta y madura en él definitivamente la idea del suicidio. No puede hacer el bien inteligentemente como la profesora Lavriano, bienhechora de Aeróropis; su espí­ritu no es constructivo, y su vida quedará como ejemplo de la culpabilidad incons­ciente de nuestra sociedad. El suicidio, que Martino ha madurado mientras tanto, será la extrema protesta, la virtual conclusión de un estado de cosas. Pero aquí el autor, aconsejado por Ferraris (director de la «Nuova Antología»), deja el final en sus­penso. Los amonestadores es fruto de la aspiraciones socialistas del nuevo siglo y nacen de un alma despojada de retórica y apasionada por el problema humano. Vivir para sí es imposible para Cena; la vida es sentirse elemento activo en la vida de todos, con el fin de un mejoramiento con­tinuamente progresivo. La visión de una finalidad feliz y la imposibilidad de realizarla se resuelve en el drama de Martino. Algunas páginas de Cena están situadas en un plano de arte elevado, otras, en cam­bio, están ahogadas por la ideología y por un sentimiento expresado demasiado inme­diatamente

R. De Rada