Los Amantes de Teruel

El célebre mito amoroso de los amantes de Teruel ha tenido especial fortuna en la literatura es­pañola y está ilustrado por una larga tra­dición de obras que llegan al siglo XIX. Dicha tradición da constantemente a la le­yenda una base histórica, ambientándola en la España del siglo XIII, pero la crítica ha demostrado que sus orígenes son específica­mente literarios y hay que buscarlos en la traducción española de una novela del Decamerón («Girolamo y Salvestra», v. jor­nada IV, novela 8). La primera referencia a la leyenda aparece en el libro de viajes El peregrino curioso y grandeza de España de Bartolomé de Villalba y Estaña, publi­cado en 1577. Micer Andrés Rey de Artieda (1549-1613) extrajo, de ella, una trage­dia en cuatro actos, Los amantes (v.), que inició el éxito teatral de la leyenda. El mé­dico Jerónimo de Huerta la versificó en el poema caballeresco polimétrico Florando de Castilla (Alcalá, 1588).

*      Siguió la epopeya trágica en 26 cantos Los amantes de Teruel de Juan Yagüe de Salas (siglo XVII), publicada en Valen­cia en 1616. En Teruel, dos jóvenes enamo­rados no pueden ser felices porque la fami­lia de la joven se opone al matrimonio: el novio es demasiado pobre y la novia dema­siado rica. No hay más que una solución: que el joven salga de Teruel y busque for­tuna por €;1 mundo; durante cierto lapso de tiempo la hermosa le esperará. Pasan los años y el joven efectivamente consigue una envidiable posición, pero la desgracia quiere que vuelva a Teruel demasiado tarde: su prometida se ha desposado, aquel mismo día, con un rival suyo. Desesperado el joven sigue a la amada hasta el tálamo y, en el frenesí de las recriminaciones, cae muerto a sus pies. La joven esposa se dirige al día siguiente a la iglesia para rezar sobre el ataúd del amante, y su dolor es tan fuerte que la encuentran muerta. Tan tenaz fide­lidad tiene su premio, y los dos desgracia­dos son enterrados en la misma tumba. El poema de Juan Yagüe de Salas se extiende pedantemente a narrar la historia de Teruel y la del reino de Aragón, incluso con el fin de demostrar la verdad histórica del trá­gico suceso.

A. R. Ferrarin

*      Existe también una obra dramática en tres jornadas, titulada Los amantes de Te­ruel, atribuida al autor español Tirso de Molina (seudónimo de fray Gabriel Téllez, 1584-1648), procedente de la Segunda par­te… (Madrid, 1627). Doña Isabel de Segura es requerida de amores por Don Gonzalo, noble y rico caballero aragonés. Ella, sin embargo, está enamorada de Don Diego Marsilla, noble también, pero pobre. Don Rufino, padre de Doña Isabel, decide respe­tar la voluntad de los enamorados y conce­de a Don Diego un plazo de tres años y tres días para que haga fortuna. Si pasado este plazo Don Diego no vuelve, ella debe­rá casar con Don Gonzalo. Parte Don Die­go a la guerra de África. La primera jornada termina con la magnífica escena del desfile de las tropas. Don Diego en el ata­que a la Goleta y en la campaña de Túnez adquiere gran fama como soldado, y llega incluso a salvar a Carlos I, por lo que el emperador le recompensa generosamente. Entretanto, en Teruel Don Gonzalo, de acuerdo con Don Juan (que ha vuelto de la guerra), dispone la noticia de que Don Diego ha muerto (Jornada II); Doña Isabel a pesar de esta noticia ha decidido esperar a que termine el plazo. Pero Don Diego llega a Teruel dos horas después. Como en El caballero de Olmedo (v.) de Lope, oye cantar por el camino una copla alusiva a su inminente desgracia; y al llegar a Teruel encuentra la ciudad en fiestas por el casa­miento de Doña Isabel con su rival. Duran­te la celebración del banquete, la dama se retira a su aposento. De detrás de unos cor­tinajes se le aparece Don Diego, a quien ella creía muerto. Una vez desecho el equí­voco, Don Diego se da cuenta de que ya no tiene ningún derecho sobre Doña Isabel. Le pide solamente un abrazo, que ella le nie­ga, y cae muerto a sus pies. Don Gonzalo, tras esclarecer las causas de aquella extraña situación, se lleva el cadáver de Don Diego que más tarde han de encontrar su viejo padre y su servidor Laín. En el momento del entierro, aparece Doña Isabel, se echa sobre el cadáver y muere instantáneamen­te. Don Rufino manda que sean enterrados juntos (Jornada III). De todas las versiones que poseemos de Los Amantes de Teruel, la obra de Tirso es la más equilibrada y coherente. Por una parte es superior a la de Montalbán, y por otra tiene mayor uni­dad que la de Harzentbusch. La escena fi­nal del entierro de Don Diego —la mejor de la obra — no pudo ser superada ni por la versión romántica de este último.

A. Comas

*      Una refundición intencionada de la co­media de Tirso se encuentra en la comedia del mismo nombre Los amantes de Teruel de Juan Pérez de Montalbán (1602-1638), publicada en 1638. Diego Marsilla e Isabel Segura se aman desde niños y, ya crecidos, han decidido declarar a sus padres dicho amor. Pero una prima de Isabel, Elena, prendada también de Diego, para no perder al joven piensa crear obstáculos a las bo­das y hace creer a Don Fernando de Gam­boa, admirador de Isabel, que la joven está enamorada de él. Don Femando y Diego se encuentran para pedir el mismo día la mano de Isabel y los padres prefieren al primero porque es riquísimo. Diego, enton­ces, pide un plazo de tiempo para probar fortuna y ofrecer a Isabel las mismas ri­quezas que Don Fernando. Se le conceden tres años y tres días. Diego parte de Te­ruel, participa en la empresa de Túnez, si­guiendo a Carlos V, y se enriquece. Pero los tres años están a punto de vencer y, como Elena cree que ha muerto, el padre de Isabel dispone las bodas de la joven con Don Fernando. Transcurrida una hora de las bodas, Diego se presenta en el palacio para pedir que se cumpla la promesa; se entera del matrimonio acaecido, ve a Isabel, tam­bién el corazón de la joven palpita en su pecho, pero ya pertenece a otro y rechaza a Diego. Éste muere entonces de dolor, acude Don Fernando y, mientras van a llevarse al muerto, Isabel cae sobre el cuerpo de Diego y su alma vuela tras la del amado. La refundición de Montalbán captó el nú­cleo dramático y poético del asunto que los predecesores, y el mismo Tirso, había tra­tado más narrativa que escénicamente. Los temas fantásticos del amor y de la fidelidad están definidos en un juego escénico que conserva a las figuras su hálito romántico y elegiaco.

*      Tras Montalbán, el argumento fue tra­tado todavía, pero sin especial relieve, por Francisco Mariano Nifo y Luciano Fran­cisco Cornelia y Villamitjana.

*      El tema había de encontrar en la época romántica una refundición definitiva en la obra de Juan Eugenio Hartzenbusch (1806- 1880). Los amantes de Teruel, drama histó­rico en cinco actos, escrito en 1836 y re­presentado en 1837, es una de las más be­llas expresiones del romanticismo espa­ñol. El autor combina la leyenda tradicional con el material coloreado y novelesco de los «romances fronterizos» (v. Romancero español) y el gusto de la intriga de honor del teatro del XVII. Diego se retrasa en su vuelta a Teruel por los amores de la reina mora de Valencia que inútilmente se enamo­ra de él. Isabel se sacrifica a casarse con el otro pretendiente (que se llama Azogra) para ocultar el deshonor de su madre, cu­yas pruebas están en manos del futuro esposo. Hartzenbusch intentó tres elabo­raciones distintas de la obra (la primera es la mejor) consiguiendo encerrar la rica materia del drama en un equilibrado orga­nismo escénico donde, por otra parte, los motivos líricos están traducidos con huma­na sencillez.

*      Eusebio Blanco (1844-1903) hizo repre­sentar una parodia del drama de Hartzen­busch con el título Los novios de Teruel.

*      Del drama de Hartzenbusch el composi­tor Tomás Bretón (1850-1923), escribió el libreto y la música para una ópera en cinco actos representada en el Teatro Real de Madrid en 1889. La ópera de Bretón es notable por lo adecuado de la música, el clima del asunto y los rasgos instru­mentales y armónicos de seguro efecto.