Con algunas variantes, la leyenda fue utilizada por Richard Wagner (1813-1883) en su Lohengrin, ópera romántica en tres actos, de la que él mismo escribió el texto y la música. Fue estrenada en Weimar, en 1850, bajo la dirección de Liszt. La obra fue compuesta entre 1845 y 1847.
La elaboración wagneriana del asunto es la siguiente: en la asamblea de nobles de Brabante, junto a Amberes, en presencia del rey Enrique de alemania, el conde Federico de Telramondo, instigado por su ambiciosa mujer Ortruda, acusa a Elsa de haber dado muerte a su hermano menor Godofredo, heredero del trono de Brabante, que él reivindica ahora para sí. Convocado el juicio de Dios, Elsa se confía a un caballero misterioso de quien no sabe el nombre; a la segunda llamada del heraldo, después de una ferviente plegaria de Elsa, se adelanta Lohengrin sobre las aguas del Escalda, en una barquilla arrastrada por un cisne. El recién llegado, después de despedirse afectuosamente del cisne, toma la defensa de Elsa y vence en duelo a Telramondo. En el segundo acto, Telramondo es instigado a la venganza por la pérfida Ortruda, que empieza a insinuar la duda en el ánimo de Elsa, aprovechando la prohibición que le ha hecho Lohengrin de preguntarle quién es y de dónde viene.
El tercer acto se inicia con el cortejo y ceremonia nupcial (con la célebre marcha); sigue un largo y bellísimo dúo amoroso en el que Elsa va pasando poco a poco desde la embriaguez de su primer amor a los celos más insensatos por el misterio con que su esposo rodea su nombre, origen y pasado. Telramondo paga con la vida el intento de asesinar a Lohengrin en su morada. Pero ahora el destino está decidido. Ya que Elsa lo exige, Lohengrin revelará, en presencia del rey y de la asamblea, de dónde viene y quién es: viene de Montsalvat, místico castillo donde se conserva el Graal, cáliz precioso usado por Jesús en su última cena y en el cual José de Arimatea recogió la sangre del Redentor crucificado. Los caballeros del Graal tienen poder sobrehumano cuando bajan al mundo en defensa del derecho y de la inocencia; pero si revelan su secreto, deben huir inmediatamente de las miradas profanas. Lohengrin, hijo de Parsifal (v.), es uno de estos caballeros. Reaparece el cisne; Lohengrin lo saluda afectuosamente y se dispone a partir entre la consternación general, cuando Ortruda revela malignamente que el cisne no es otro que Godofredo, transformado así por ella misma con sus sortilegios.
Lohengrin se recoge en una plegaria, y he aquí que desaparece el cisne y en su lugar aparece una paloma que se lleva para siempre al invicto caballero, mientras de las aguas sale Godofredo, a quien los nobles de Brabante aclaman por señor. Elsa expira en los brazos de su hermano, agobiada por su culpa y por la pérdida de su esposo. En este poema de la separación y de las despedidas no es difícil descubrir reflejos biográficos, y en Lohengrin, «el hombre superior que posee el conocimiento y quiere el amor sin que se le pregunte el porqué de su actos» (Graziosi), un hermano ideal de Wagner. Se acercaba la revolución de 1848 y Wagner alimentaba inquietas veleidades mesiánicas. Además, un tipo de vida conyugal en que el marido no debiera dar cuenta de sus actos iba a contar en aquel tiempo con toda su simpatía. Más tarde, Wagner dijo que lo había inspirado particularmente el mito de Júpiter y Semele, el dios que intenta acercarse a la humanidad y fundirse con ella a través del amor, pero se ve obligado a aniquilar a la mujer amada «para huir del más profundo impulso del amor, que es el afán ilimitado de conocimiento» (Pourtalés).
Y Wagner añadía que había aceptado con desconfianza el contorno misticizante de la leyenda cristiana. Declaración de la que no hay que hacer ningún caso (bastaría a desmentirla la vuelta de Wagner, en sus últimos años, al tema de Graal, en el Parsifal), porque, bien al contrario, el núcleo poético en que se enciende la genuina inspiración musical de la ópera es el misticismo lohengriniano, y se concentra sobre todo en el último acto (compuesto antes que los demás) y en el célebre preludio (compuesto al final) que simboliza el descenso del Graal a Montsalvat en un vuelo de ángeles. En el célebre efecto instrumental que lleva todavía el nombre de «lohengriniano» – un trémolo de violines divididos en iridiscente ión, mágica aparición de cándida luz – en el temamístico y solemne del Graal y en el tema afín, el suave motivo de Elsa con su encantado fluir de armonías, en cuyo interior late, no obstante, una viril firmeza de ritmo, reside la verdadera vida y originalidad de la ópera. «La acción musical se desenvuelve entre tres tipos fundamentales del mundo sonoro: mayor, menor y acorde armónico.
A la esfera de la tonalidad mayor, límpida y delicada, pertenecen los fenómenos del mundo superior, todo cuanto viene del Graal, como la aparición de Lohengrin que domina todo el primer acto después del suave sueño de Elsa, el saludo al cisne, el «racconto» del tercer acto. Tan sólo la prohibición de preguntar, en menor, ensombrece estas tonalidades luminosas. El medio mecánico del paso de una tonalidad a otra, es un acorde armónico que se convierte en símbolo musical de la duda; en la escena nocturna entre Ortruda y Federico las tonalidades en modo mayor tienen la misma importancia que en el primer acto, y está en la base de las preguntas de. Elsa en la cámara nupcial, que truncan la divina dulzura del amor apenas iniciado» (Oberdorfer). Frente al cándido fulgor del mundo místico, se encuentra otro, en el que ya se inspira Tannháuser (v.) y que en los Maestros cantores (v.) habrá de producir una obra maestra: el altivo y rudo aspecto de la alemania medieval. Pero este elemento no triunfa en el Lohengrin, y en cambio es responsable de mucha superabundancia en escena de trompetas, heraldos, rumorosos y bien dispuestos finales de acto, y dos personajes completamente desdibujados: el rey Enrique y Telrámondo.
A este mismo orden de imágenes se liga el aspecto «caballeresco» de la melodía, ya presente en Tannhauser y que aquí logra algún buen efecto (como la misma marcha nupcial), pero más a menudo se revela como vacío y pomposo (coro de la iglesia en el segundo acto) Con todo, va adscrito a este elemento el mérito de asegurar, incluso en los momentos de inspiración mística, aquella robustez rítmica que impide que el conjunto de la obra degenere en monotonía. En efecto, así como la música del Tannhauser es varonil y enérgica, rebosante de sensual energía y fuego juvenil, en el Lohengrin se aplaca en una atmósfera más pura y recogida, y presenta contornos más muelles y atenuados (a excepción de una sola pieza, toda la ópera está escrita en ritmo binario). Y sin duda, Lohengrin es la más vocal de las óperas wagnerianas (razón no última de su popularidad, especialmente en Italia). La vocalidad se entiende naturalmente en función de la voluntad wagneriana de reforma, empeñada entonces totalmente en el esfuerzo de destruir la forma cerrada del aria para prolongarla en una ilimitada declamación dramática. Y madura rápidamente hacia sus aspectos definitivos en la parte de Ortruda, sorprendente carácter dramático, verdadera antagonista de la intriga.
Aquí se forma lo que habrá de ser el canto de Brunhilda y de las Walkirias: aquel proceder por súbitos saltos ascendentes de quinta y sexta, que los primeros oyentes italianos hallarán tan ingrato, como ásperos gritos que surgieran de un indistinto murmullo, como súbitas fulguraciones luminosas sobre fondo oscuro en una técnica pictórica propia de Caravaggio. En la rica vocalidad del Lohengrin, no siempre la orquesta halla su definitiva disposición. A menudo se la sacrifica en largos trémolos de los arcos o en prolongadas notas de los instrumentos de viento, que preceden siempre de medio compás al cantante para darle el tono: cauto artificio que no tarda en descubrirse y que da lugar a cierto tedio. Otras veces se empeña en una misión complicada de relativa autonomía, pero difícilmente logra abrirse paso bajo la riqueza de las voces: se pierden los detalles y nace una impresión de escritura demasiado densa; se piensa por contraste en la preciosa esencialidad de Mozart.
M. Mila
Dibuja melódicamente el carácter de sus personajes y de sus pasiones principales y estas melodías afloran en el canto y en el acompañamiento cada vez que las pasiones y los sentimientos que expresan entran en juego. (Liszt)
Se diría que Wagner ama con un amor predilecto las pompas feudales, las asambleas homéricas en que yace una suma de fuerza vital, las multitudes entusiastas, reservas de electricidad humana, de las que el estilo heroico fluye con ímpetu natural. (Baudelaire)

