[De rerum natura]. Poema de Tito Lucrecio Caro (98-55 a. de C., fechas dadas indirectamente por Suetonio), en el que expone, vivificándolos con sus versos, los fundamentos de la filosofía de Epicuro. El título sigue la tradición de la poesía filosófica de Parménides y de Empédocles, y al mismo tiempo reproduce el de una de las obras capitales del maestro (v. Naturaleza). El poema fue publicado póstumamente, y si no hay motivo para negar que su editor fuese Cicerón, poco cuenta, en cambio, la afirmación de que éste «lo enmendó».
Los seis libros que componen la obra conservan la forma y el orden dados por el poeta; si esta forma es la primitiva, o si debía ser la definitiva, no interesa. El fin que el poeta se propone es la exposición de la doctrina física de Epicuro, pero no entendida fríamente como fin en sí misma y como sólida estructura de un sistema interpretativo de los fenómenos del universo, sino como auténtica interpretación poética de aquella doctrina, contemplada en el armonioso y fatal componerse y disolverse de las cosas y en la posición del individuo, parte de un todo destinado a perecer sin aniquilamiento.
Ésta es la esencia de la «poesía» de Lucrecio, esencia que por todas partes se transparente, incluso en la trama de los versos más duros, temblorosa y conmovida ante la profundidad de los misterios que la sabiduría del maestro revela al ojo asombrado del mortal; se alejan las tinieblas, se derrumban los muros del mundo, la mirada del poeta llega hasta la contemplación de los dioses y de las sedes tranquilas, a las que no llegan los vientos procelosos, ni las nubes profanan con su lluvia, ni las gélidas nieves ofenden, sino que permanecen siempre rodeadas de un aire puro y sin cambios, bañadas ampliamente de una luz sonriente; nada puede jamás atentar a la paz del ánimo que ha vencido los misterios, igualmente pavorosos, de la vida y de la muerte.
Las partes más celebradas del poema, los vigorosos episodios que lo embellecen, son lugares en que el sentido poético de las cosas y de los acontecimientos, siempre latente y aun evidente, alcanza a manifestarse con potente aliento. Limitándonos a lo esencial, la materia está distribuida en los diferentes libros del modo siguiente: en los dos primeros, los principios que explican la naturaleza del universo, los átomos y el vacío; nada puede formarse de la nada y nada se. reduce a la nada; existen cuerpos invisibles tales como los vientos, el olor, el calor, el frío, la voz, que aunque no se ven, demuestran por sus efectos poseer naturaleza corpórea; vemos que las cosas se consumen imperceptiblemente, precisamente por la huida invisible de los átomos.
Junto a la materia se halla el vacío, de cuya existencia aporta el poeta múltiples pruebas: materia y vacío constituyen la Naturaleza y no hay más elemento que éstos (I, 430 ss.); los cuerpos están constituidos por átomos, que se agrupan según sus propias leyes; es por tanto falsa la teoría de los físicos jónicos, Heráclito, Anaxágoras; falsa también la concepción de Empédocles de los cuatro elementos; el primer libro termina con la demostración de la infinitud de la materia y del espacio. El segundo libro comienza determinando el proceso de formación y disolución de los cuerpos, desarrollando este tema en todos sus detalles; movimiento, forma de los átomos, indicada por la sensación que el hombre tiene de las cosas: lo que acaricia los sentidos está formado de átomos lisos, lo que es áspero y molesto consta de átomos angulosos o en forma de gancho (II, 422 ss.).
Muchas son las figuras de los átomos y de cada clase existe un número infinito; en la tierra hay los átomos que forman los alimentos y los medios de vida, aptos para conservar la diversidad de las razas. Estos átomos carecen de color por su misma inmutabilidad, pero con su variedad de formas dan lugar a variadas impresiones; en conclusión, están privados de color, así como de olor, de jugo y de temperatura. Le falta explicar al poeta cómo nace lo sensible de lo insensible, demostrándolo con los gusanos que nacen del estiércol, con el paso de la materia para formar otra materia y con otra larga serie de pruebas aparentes sostenidas contra las diversas teorías.
El libro termina hablando de la infinidad de los mundos y de la manera como éstos deben formarse en el infinito universo atómico gracias a una fuerza que les es propia; el crecimiento y la gradual decadencia de nuestro mundo. forman la visión última, llena de profundo vigor poético. Tema del tercer libro es la doctrina del alma humana, cuya mortalidad es demostrada mediante una serie de pruebas; de la demostración de las funciones del alma y el ánimo, y del carácter perecedero del agregado atómico que los forma, se deriva, como necesaria conclusión, la vanidad de lo que más inquieta a la vida humana, esto es, de la muerte.
A la parte fisiológica está dedicado el libro cuarto: percepción, reflexión, sentimientos y deseos son analizados en su esencia y en su función; desde la teoría de los simulacros y de las imágenes, a través de las explicaciones de los fenómenos visibles y auditivos, hasta los sentidos del gusto, del olfato (sensaciones fundadas en la impresión producida por minúsculas partículas que emanan de los cuerpos), impresiones físicas, sueño y ensueños, para llegar finalmente a los goces y dolores de Venus, que forman la conclusión de este libro, merecidamente famoso por el vigor del verso y de las imágenes, a la altura del tormento y de la profundidad del sentimiento. El quinto libro contiene la demostración de que el mundo no es eterno, la explicación de cómo se formaron cada una de sus partes hasta llegar al reino vegetal y animal, y termina describiendo, con arte admirable, el desenvolvimiento gradual de la humanidad y de su cultura.
El último explica determinados fenómenos celestes y terrestres, para exponer luego el mecanismo del contagio con la descripción de la devastadora peste de Atenas, otra de las partes más célebres del poema. Cada uno de los libros tiene su proemio, y en cada uno de ellos se alternan los elogios al inventor de la doctrina, Epicuro, maestro de la sabiduría humana, y los encomios a la filosofía, que da a los hombres la serenidad; se encuentran, además, al comienzo del primer libro, en una especie de introducción general a la obra, el famoso himno a Venus, fuerza generadora de la naturaleza, por cuya obra sonríe el universo y germina en mil vidas, protectora de Roma y de la estirpe de Memmio, a quien está dedicado el poema; este himno enriquece con vivas luces poéticas esta parte del poema, en la que se detiene la solicitud del poeta, y en la que se refleja la altura por él alcanzada y a la que quiere conducir a los demás con la clara exposición de su doctrina. [Trad. castellana en endecasílabos del abate Marchena (Madrid, 1897); en prosa, de M. Rodríguez Navas (Madrid, 1893); en prosa, de Lisandro Alvarado (Caracas, 1950); en hexámetros, de Gabriel Méndez Planearte (México 1946); trad. de trozos selectos en Lucrecio, por Eduardo Valentí (Barcelona, 1949)].
L. Castiglioni
Abunda en relámpagos geniales, sin perjuicio de una gran perfección; técnica. (Cicerón)
Los cantos del sublime Lucrecio vivirán mientras viva la tierra. (Ovidio)
La primera voz de la trompa épica latina. (Leopardi)
Hay que hablar con respeto de Lucrecio. Sólo lo encuentro comparable a Byron, y Byron carece de su gravedad y de la sinceridad de su melancolía. Pero lo que hace a Lucrecio insoportable es su física, que él da como positiva. Su debilidad consiste en no haber dudado bastante; le gustaba demasiado explicar, concluir. (Flaubert)
¡Qué terrible poeta latino es Lucrecio, bajo cuya aparente serenidad y ataraxia se oculta tanta desesperación! (Unamuno)
Para que la posición científica se transmute en poesía, es necesario un poeta altísimo, y la ciencia tuvo en Lucrecio a su único gran poeta. (C. Marchesi)

